Los efectos de la crisis de la energía se extenderán a lo largo de los años

Los Gobiernos podrían adoptar medidas insensatas a corto plazo, y la solidaridad de la UE, empezar a romperse

Central térmica de RWE en Neurath (Alemania).
Central térmica de RWE en Neurath (Alemania). reuters

Políticos, consumidores y empresas europeas se centran, como es lógico, en cómo pasar un invierno difícil. Pero que nadie se engañe pensando que la crisis del gas en el continente terminará en primavera. La escasez de energía es un problema que durará varios años y que hará que Europa sea más pobre y menos competitiva, además de cargar con una mayor deuda pública. Si se aborda esta cuestión al tiempo que la alta inflación, se producirán desórdenes que se extenderán a lo largo de los años.

Las crisis energéticas suelen desencadenar traumas que se prolongan durante muchos años, como señala Helen Thompson en su libro Disorder: Hard Times in the 21st Century (Desorden: Tiempos difíciles en el siglo XXI). Por ejemplo, la crisis del Canal de Suez de 1956, cuando Gran Bretaña, Francia e Israel abortaron su invasión de Egipto tras la oposición de EE UU. Ello contribuyó a convencer a muchos países europeos de que debían recurrir a la URSS para abastecerse de hidrocarburos, cuyas consecuencias vemos hoy.

O tomemos como ejemplo la guerra del Yom Kippur en 1973. Llevó a un aumento enorme de los precios del crudo, alimentando una inflación galopante a la que solo puso fin la dura medicina monetaria y las terribles recesiones a ambos lados del Atlántico a principios de los ochenta. Es probable que la invasión de Ucrania provoque un trauma duradero similar. Europa está especialmente expuesta.

Una forma de cuantificar el golpe es ver cuánto subirán las facturas de energía, basándose en los futuros del gas. Goldman Sachs calcula que los clientes tendrán que pagar en 2022 1,3 billones de euros más que en 2021, incluso si los precios se limitan a un nivel que impida a las generadoras obtener beneficios excesivos.

Por supuesto, otras partes del mundo se han visto perjudicadas. Japón depende del gas natural licuado y los países en vías de desarrollo se están quedando fuera del mercado del gas al tiempo que afrontan la subida del carbón. Pero a EE UU y China les va mejor. EE UU es un gran ganador porque está llenando el hueco dejado por Rusia, suministrando a Europa gas shale a precios altísimos.

China no produce mucho crudo ni gas en su país. Pero está mejor situada que Europa, dice Alastair Syme, jefe mundial de investigación energética de Citigroup. Ha reducido algunas importaciones de gas y ha llenado el vacío con carbón extraído en el país. Además, ha comprado crudo ruso con descuento respecto al precio del mercado mundial. En el futuro debería de poder obtener también grandes descuentos en el gas, ya que el Kremlin no tendrá otros grandes compradores a los que recurrir.

Europa siempre iba a pagar un alto precio por dejar de consumir gas ruso, tras ignorar las señales de advertencia: la invasión de Georgia en 2008 y la anexión de Crimea en 2014. La desesperada lucha por encontrar suministros alternativos ha llevado los precios a niveles estratosféricos.

No son solo los precios a corto plazo los que se disparan. El precio del gas este invierno ronda los 215 euros por megavatio hora (MWh), siete veces más que hace un año. Pero para el próximo invierno sigue costando cerca de 200. Además, para convencer a los proveedores del norte de África, por ejemplo, de que aumenten su producción, Europa tendrá que firmar contratos a largo plazo a precios altos y construir gasoductos y otras infraestructuras caras.

Por supuesto, los líderes europeos acelerarán el despliegue de la energía verde, que ahora es una propuesta de inversión aún más atractiva. Pero como EE UU y China también están creciendo en renovables, la construcción de parques eólicos y paneles solares no será tan barata como antes.

Todo ello erosionará la competitividad de Europa. La zona euro, que antes tenía un gran superávit comercial con el resto del mundo, ha pasado a ser deficitaria. La bajada de los tipos de cambio puede compensar en parte esta situación: el euro y la libra han caído un 10% y un 13%, respectivamente, frente al dólar en lo que va de año. Pero la devaluación empobrece Europa y no salvará por sí sola a las industrias de alto consumo energético, como la siderúrgica, la química y la papelera, que ya han recortado su producción.

Según los libros de texto, las fuerzas del mercado ayudarían a reducir la demanda de gas para adecuarla a la oferta, y la industria pesada se trasladaría a partes del mundo con energía más barata. Los Gobiernos se centrarían en ayudar a los más pobres a pasar el duro invierno y en reciclar a los trabajadores de las industrias que han dejado de ser competitivas.

Pero los políticos están siendo mucho más intervencionistas porque temen que los votantes se nieguen a pagar sus facturas o recurran a políticos extremistas. Reino Unido anunció la semana pasada un paquete para congelar los precios a los consumidores durante dos años que los analistas de crédito de DBRS Morningstar prevén que cueste 170.000 millones de euros, es decir, el 6% de la renta nacional.

La UE también está trabajando en un enorme paquete. Parte del plan consistirá en romper el vínculo entre los precios del gas y la electricidad. Es sensato. Pero hay dos problemas con las subvenciones generalizadas. Primero, no hacen lo suficiente para contener la demanda. El resultado es que los precios son más altos de lo necesario y seguirán siéndolo durante más tiempo. Segundo, el coste de los megasubsidios se sumará a la deuda del Gobierno, que ya había subido por los rescates de la pandemia. Como parece que los precios mayoristas del gas seguirán altos, puede que no sea políticamente posible acabar con estos paquetes de ayuda.

El papel de los Gobiernos es pedir préstamos para ayudar a la sociedad a superar una crisis. Pero la deuda adicional tiene un coste. Habrá que subir los impuestos, o que reducir el gasto, o que inflar la deuda, a costa de los ahorradores. Europa ya afronta una alta inflación, mientras los tipos suben. Los días en los que los Gobiernos podían confiar en los bancos centrales para comprar su deuda –dándoles de hecho tarjetas de crédito sin límite de interés– han terminado. Mientras los Gobiernos aflojan la política fiscal, el BCE y el Banco de Inglaterra podrían endurecer aún más la política monetaria.

Las dificultades económicas podrían envenenar la política. Los Gobiernos podrían adoptar políticas más insensatas a corto plazo, los políticos extremistas podrían tener más facilidad para ganar el poder y la solidaridad entre los países de la UE podría empezar a resquebrajarse. Se avecinan tiempos difíciles, y no solo este invierno.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías