El Informe PISA: incertidumbre al servicio de la economía

Los resultados de las próximas evaluaciones, que se publicarán en 2023, arrojarán sorpresas tras la pandemia

Existe un gran interés en analizar y evaluar la calidad de los diferentes sistemas educativos. El Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA) es de los más importantes, por su amplia cobertura geográfica, el compromiso trienal, la colaboración y participación internacional con soporte pedagógico y científico y el carácter orientador para la toma de decisiones. El próximo informe del programa se publicará en el año 2023 y se espera con una gran incertidumbre que, en promedio, los estudiantes sufrirán una pérdida de aprendizaje fundamentalmente debido al impacto del Covid-19. Influirá negativamente en la adquisición de habilidades tanto cognitivas como no cognitivas, y puede tener importantes consecuencias a largo plazo además de las presentes.

El Informe PISA fue creado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en el año 2000 para medir y evaluar las habilidades, conocimientos y rendimiento académico de los estudiantes de 15-16 años, en lectura, matemáticas y ciencias más una competencia innovadora. En el actual ciclo esta última será el pensamiento creativo. A finales de los 90, PISA dejó clara su responsabilidad y compromiso al supervisar los resultados de los sistemas educativos en términos de rendimiento de los estudiantes, sin olvidar la incertidumbre constante que asola al planeta a través de crisis, desequilibrios, tensiones políticas e incluso limitaciones que repercuten en las mediciones y evaluaciones del instrumento.

Aun así, la OCDE, a través de los resultados de PISA, ofrece su granito de arena a nivel mundial, mediante acciones en políticas socioeducativas. No cabe duda de que los métodos de enseñanza mejoran los logros del aprendizaje y la prosperidad económica.

Decenas de países llevan meses preparando las pruebas con el objetivo de cerrar con los mayores éxitos el programa trienal de PISA. Durante la primavera de este año miles de estudiantes (se calcula alrededor de 600.000) fueron seleccionados para el programa por la OCDE. El resultado, en 2023, generará el conocido Informe PISA, en donde se evaluará de forma sistemática lo que los jóvenes saben y son capaces de hacer al finalizar la Educación Secundaria Obligatoria (ESO).

Tal es la importancia de los resultados que se publica una clasificación o ranking de cada país y economía participantes en función del rendimiento de cada área temática: lectura, matemáticas y ciencias. Dichos resultados son utilizados por los gobiernos de todo el mundo para comparar las fortalezas y debilidades de sus sistemas educativos. Brinda, por tanto, la oportunidad de contrastar los logros a nivel internacional y aprender de las políticas y prácticas de otros países.

Estos planes, normalmente fijados como hoja de ruta por los Ministerios de Educación, sugieren la necesidad de modernizar los estándares e identificar las necesidades de formación de cada especialidad. Y para ello, proponen modificaciones como la activación de programas de formación docente, se solicitan cambios en los libros de texto, se vincula el desarrollo profesional con la evaluación del desempeño, etc. Pero las bases para crear un camino hacia mejores resultados comienzan con una instrucción eficaz en la primera infancia y la primaria.

Los resultados del presente ciclo arrojarán sorpresas. Por ejemplo, la pandemia de Covid ha aumentado las desigualdades en muchos espacios de la sociedad. Igualmente, los recursos tecnológicos y las conexiones a internet, cada día más importantes en el sector educativo, se han reflejado débiles o inexistentes en muchos hogares o sectores de la sociedad. En la misma línea, los prolongados cierres de los colegios, a veces injustificados en muchos países, acrecentarán esta situación provocando retrocesos en los niveles de rendimiento y competencias de los estudiantes.

Los estados sociales y emocionales de los estudiantes presentarán grandes debates. La OCDE extrae parámetros que incluyen fuentes contextuales (políticas educativas, diversidad, problemas globales, tendencias, etc.) y próximas (familia, maestros, recursos del hogar) que afectan al bienestar de los estudiantes, con el objetivo de mejorarlo. En el actual periodo, la inmigración ha crecido en casi todos los países; persisten las brechas territoriales entre grupos de población; la tasa de empleo de los jóvenes se desploma en muchos países y la precariedad laboral aumenta; el acoso e intimidación presenta índices altos en muchas zonas o comunidades; la guerra en Ucrania está dejando secuelas sin precedentes en muchos jóvenes; etc. Esta convulsa situación pasará factura en los estados sociales y emocionales de millones de jóvenes estudiantes.

En definitiva, el estudio de la OCDE tiene como principales objetivos el conocer el grado de preparación de los estudiantes para seguir aprendiendo e incorporarse en un futuro mercado laboral. Y para ello, no solo se debe buscar el éxito académico, sino que se debe ayudar a los estudiantes a desarrollar habilidades sociales y emocionales, que serán necesarias a lo largo de su vida, con empatía, confianza y un carácter fuerte. Así mismo, es necesario, en casi la totalidad de los países, que las escuelas sean más inclusivas, que se reduzca el absentismo escolar, que aumente la escolarización gratuita, que se promueva una mayor conciencia de los beneficios de la escolarización y que se asiente la formación en línea; de esta forma mejorarán los sistemas educativos y, en conclusión, el crecimiento económico y la vitalidad de los países.

Juan José Prieto es Profesor de la Universidad Complutense