El impuesto a la banca y el uso del ‘agitprop’

Es difícil entender que Escrivá, que ha hecho carrera en el sector, no avisara a Sánchez del maniqueísmo del anuncio

Agitprop significa propaganda y agitación. El término nació del Departamento de Agitación y Propaganda del Partido Comunista de la Unión Soviética. La propaganda fue en origen una comunicación para informar a las masas de los logros, las medidas políticas y la situación del Gobierno soviético. Era entendida como una comunicación política elaborada que condensaba las ideas esenciales que el campesino debía conocer.

Comprender y asimilar esos mensajes no estaba al alcance del gran público, y para lograrlo se simplificó el mensaje político a una o muy pocas ideas, apelando a los aspectos más emocionales para llegar a las masas, y usando además de la palabra escrita, el discurso oral o la imagen en carteles, fotografías o películas.

En su obra de 1902 Qué hacer, Lenin explica en qué consiste esta técnica: “Hasta ahora creíamos (…) que si un propagandista trata, por ejemplo, el problema del desempleo, debe explicar la naturaleza capitalista de las crisis, mostrar la causa que las hace inevitables en la sociedad actual, exponer la necesidad de transformar la sociedad capitalista en socialista, etc.; en una palabra, debe comunicar muchas ideas, tantas, que todas ellas en conjunto podrán ser asimiladas en el acto solo por pocas (relativamente) personas. En cambio, el agitador, al hablar de este mismo problema, tomará un ejemplo, el más destacado y más conocido de su auditorio —pongamos por caso el de una familia de parados muerta de inanición, el aumento de la miseria, etc.— y, aprovechando ese hecho conocido por todos y cada uno, orientará todos sus esfuerzos a inculcar en la masa una sola idea: la idea de cuán absurda es la contradicción entre el incremento de la riqueza y el aumento de la miseria; tratará de despertar en la masa el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia, dejando al propagandista la explicación completa de esta contradicción.”

No solo los soviéticos recurrieron a esta táctica; los nazis, inspirados en las doctrinas de Carl Schmitt, que defendía que para afirmar la identidad de una nación basta con formarse un enemigo, la aplicaron con ahínco.

El impuesto a la banca responde perfectamente al esquema del agitprop, tanto en su anuncio como en los lugares comunes con que se intenta justificar, la puesta en escena para darlo a conocer y los comentarios falaces sobre la banca que la coalición de Gobierno expresa en público. Es difícil entender que ministros como Jose Luis Escrivá, que ha desarrollado su carrera profesional en la banca (en BBVA), como jefe de estudios y como director del área global de negocio con Gobiernos, o Joan Subirats, vinculado a La Caixa como director de la Colección de Estudios Sociales de la Fundación, no hayan advertido al presidente del Gobierno tanto del maniqueísmo del anuncio como, aún peor, del absurdo económico y fiscal de la medida.

Autoridades en la materia ya han expuesto la incoherencia y los efectos contraproducentes del impuesto, así como la arbitrariedad del procedimiento y el negativo coste e impacto económico que va a producir. Pero este no es un debate técnico; si fuera así, no se habría actuado por la espalda utilizando la sorpresa para reforzar el golpe, sin detalles de la medida y sin la preceptiva evaluación por parte del Gobierno de la relación coste-beneficio que debe llevar aparejada toda norma.

Es la aplicación del agitprop de manual, que consiste en decidir algo en función de lo que un Gobierno quiere que suceda y, a continuación, configurar una versión de los hechos. Al hablar de beneficios “extraordinarios”, conscientes de que el adjetivo puede entenderse como “excesivos”, el Gobierno está creando sus propios hechos para justificar una medida que, en términos de agitprop y desde su punto de vista, es aleccionadora. Una parte de los miembros del Ejecutivo sabe, por su formación y profesión, que si un banco dice que ha ganado 2.000 millones, el público lo verá como una exageración; sin embargo, ese beneficio en relación con el capital invertido es posible que genere, como así ha pasado y sigue pasando en una época de tipos de interés negativos, una rentabilidad muy baja, tanto que no cubre el coste del capital, que es lo que espera cualquier inversor. Por tanto, es una idea falsa que los bancos ganan mucho dinero, porque todavía no alcanzan la rentabilidad que deberían.

Los bancos deben mantener un nivel mínimo de capital que les permita financiar su actividad y llevar a cabo proyectos estratégicos a largo plazo sin dañar su calificación ni poner en peligro su nivel de solvencia. Para ello cuentan con unos recursos propios, formados, entre otros, por el capital y las reservas, que son utilizados como cobertura de riesgos y para permitir la asunción de pérdidas inesperadas. Asimismo, el directivo bancario tiene la obligación de obtener una rentabilidad sobre esos recursos propios que le han sido confiados, que ha de ser superior siempre al coste de oportunidad exigido por los accionistas; de lo contrario, estos colocarían sus fondos en inversiones alternativas o incluso descapitalizarían la entidad. Los fondos propios sirven también para proteger los intereses de los agentes involucrados (acreedores, empleados, fondo de garantía de depósitos, etc.) y, desde el punto de vista de la autoridad monetaria, se utilizan para garantizar el mecanismo de pagos y el control de la política monetaria.

En realidad, este agitprop está tratando de ocultar un hecho preocupante, una situación de “fase tardía del ciclo de la deuda a largo plazo”, denominada así por Ray Dalio, y que se produce cuando un Gobierno se queda sin dinero debido al gran déficit, por tener muchas deudas y perder el acceso al crédito en condiciones adecuadas. Sus opciones son entonces aumentar los impuestos, recortar el gasto o imprimir mucho dinero y, por el camino, depreciar su valor. Quienes pueden imprimirlo lo hacen porque es el camino más fácil, aunque lleva a los inversores a perder dinero. Quienes no pueden, tienen que subir los impuestos y recortar el gasto, lo que lleva a quienes tienen recursos a salir del país.

En esta situación cabe esperar más de quienes nos gobiernan y no este modo de agitación que tacha de amigo de la banca, y no del pueblo, a quien se opone al nuevo impuesto. En la historia hay abundantes ejemplos de qué puede ocurrir cuando se practica esa política.

Carlos Balado es profesor de OBS Business School y director de Eurocofín