Las razones que explican el ‘ubergate’

Cómo una marca, emblema de la nueva economía, ofrece los mismos tics del viejo modelo analógico

El concepto es sencillo. Coges un negocio tradicional como el taxi, le añades valor a través de la digitalización y lo transformas en un negocio millonario que expande sus tentáculos al negocio del reparto a domicilio, e inspira negocios, también aparentemente basados en la economía colaborativa como Airbnb o Ubeeqo (carsharing). En el fondo, la aportación al negocio tradicional no es otra que una aplicación para móviles que en esencia te permite pedir un servicio de taxi desde el móvil, conocer el precio final a destino y pagar a través de la aplicación sin sacar la cartera. Y no es poco…

Las nuevas generaciones de usuarios digitales, acostumbrados a vivir conectados con su entorno a través de su aparato móvil, no pueden concebir que antes de Uber la gente tenía que esperar simplemente a que pasase un taxi libre, levantar la mano y esperar a que te vieran, rezar para que la carrera no fuese muy cara, pagar con dinero… qué antigüedad.

La tecnología en la que se basa Uber es maravillosa y aporta ventajas impresionantes al usuario, pero una cosa es crear una ventaja y competir con ella, en condiciones de igualdad, y otra, pretender competir con el negocio tradicional, sin pagar los peajes que esto implica.

El servicio de taxi es un servicio público, gestionado por entidades privadas y miles de particulares. Como servicio público, está sujeto a normativas que intentan evitar el abuso al usuario (por ejemplo, con un sistema de tarifas fijas y reguladas, no condicionadas a situaciones puntuales de oferta y demanda). Hay una regulación en el número de vehículos para evitar precisamente un exceso de oferta que perjudique especialmente a los pequeños operadores y particulares. La obligatoriedad de tener una licencia crea la restricción en la oferta, lo que evita el exceso de competencia.

Cuando Uber, con su tecnología exclusiva y muy competitiva, decide entrar en el sector, lo hace sabiendo que su oportunidad está en crecer tan rápido como para que un sector atomizado, de bajo nivel de sindicación, descoordinado, no tenga tiempo de desarrollar tecnologías propias de eficacia equivalente. Entras, hundes a la competencia desagregada, la eliminas y a continuación impones tus precios partiendo de tu poder monopolista.

Obviamente, aquí hay un problema legal. Si eres un taxi, deberías seguir las normas del sector del taxi y, por tanto, adquirir en cada ciudad las licencias oportunas para implementar tu modelo. Eso es muy caro, en parte por un vicio en el sistema de licencias, que permite la compraventa entre particulares. Hoy, comprar una licencia de taxi requiere una o incluso dos hipotecas.

Para conseguir sus objetivos, Uber necesita en cada ciudad una normativa que le permita operar independientemente de las normas del sector. Primera parte de la estrategia: nos vestimos de modernos. Ha llegado la economía colaborativa. No somos una empresa, sino un club de propietarios de vehículos, que, como inocente forma de ganar un dinerillo extra, proponemos un servicio de alquiler de vehículo con conductor, en el que la aplicación (Uber), como intermediario, solo gana una comisión. Eso, señores, es un taxi, pero en el idioma moderno, lo llamaremos VTC (vehículo de turismo con conductor). La economía colaborativa es un concepto justo, democrático y sostenible, por lo que ya tenemos una cara amigable.

Segundo paso estratégico. Aprovecha el vacío legal. La marca rechaza cualquier asociación al modelo de negocio del taxi y proclama su condición de negocio colaborativo entre particulares (de hecho, lo es: yo te llevo, tú me pagas). Al no haber una normativa, inicia sus actividades sin licencia alguna y atrae a una gran cantidad de conductores que ven su oportunidad de entrar en el sector saltándose la compra de una licencia. Como, encima, la aplicación es genial, los vehículos son nuevos y los conductores en su mayoría digitales y modernos, el negocio arranca con fuerza y se expande a nivel mundial. Claro, pero en un momento dado, eso habrá que regularlo. ¿Qué pasará cuando alguien se dé cuenta de que en realidad es, conceptualmente, el mismo servicio?

No hay problema, los taxistas, que algunos son muy bestias, frustrados por la falta de reacción de las instituciones, rompen unas cuantas lunas y abollan unas cuantas carrocerías. Las víctimas, victimizando a sus abusadores. Y mientras tanto, una parte de la progresía se ha creído el rollo colaborativo sin darse cuenta de que en realidad es un modelo poco solidario, que fomenta la precarización y encima tributa en otros países.

La filtración de los 124.000 documentos, mensajes, correos, que demuestran la estrategia de Uber para conseguir sus objetivos, presentándose como víctimas para obtener mejor acceso a políticos y reguladores de todos los niveles, ha demostrado que no todo en la nueva economía digital es innovador, sino una burda continuación de las políticas de la vieja economía, donde el joven, rico y listo abusa del viejo, pobre y tonto.

Francesc Rufas Gregori es Profesor de EAE Business School