La apatía del BCE ante la inflación: el fruto de un diagnóstico errado

Christine Lagarde ha anunciado tímidas alzas de tipos en julio y septiembre, pero entonces será demasiado tarde ya para lograr un aterrizaje suave

La Reserva Federal se equivocó en 2019 cuando no elevó los tipos de interés próximos a cero ante una inflación alta que consideró transitoria. Las tasas de alzas de precios se aceleraron. Hasta marzo de este año, la Fed no inició la necesaria subida de la tasa de fondos federales, que después del incremento de junio se sitúa en 1,5%-1,75%. Jerome Powell quiere reducir la inflación del 9,1% en mayo al 5,2% a finales de año. Pero el mandato de la Fed es dual. Debe controlar la inflación y promover la ocupación. Con empleo total, los aumentos de la tasa de fondos federales no provocarán desempleo, pero sí generarán intereses más altos en las hipotecas, préstamos de consumo, deuda de tarjetas de crédito y de pago de estudios universitarios. La Administración Biden teme que los fuertes ascensos de tipos en julio (se prevén de 1 punto) y septiembre para dejar la tasa de fondos federales en 3,25%-3,50% a finales de año produzcan una ralentización de la economía antes de las elecciones legislativas de noviembre. El FMI aún prevé un crecimientos del 2,9% para EE UU en 2022, mientras que la última proyección de la Fed es del 1,7%.

El Banco Central Europeo, por contra, tiene un único mandato: la estabilidad de precios. En mayo, la eurozona registró una inflación del 8,6%. A diferencia de EE UU, la UE y la eurozona deben importar un porcentaje muy elevado de la energía que consumen y que se paga en dólares. Ante la negativa del BCE a subir tipos, el euro se ha depreciado un 15% en el último año frente al dólar, alcanzándose la paridad por primera vez desde 2002 y situándose puntualmente incluso por debajo de la moneda estadounidense.

Con su sede en Fráncfort y como heredero del Bundesbank, es inexplicable que la facilidad de depósito esté en el -0,5%, el tipo de refinanciación en 0% y la facilidad marginal de crédito en 0,25%. Christine Lagarde insiste en anteponer las reducciones de los paquetes de compra de activos para luchar contra el Covid-19 y el que le antecede. Pero otros bancos centrales de países desarrollados y emergentes han aumentado tipos.

La depreciación del euro frente al dólar encarece las importaciones acrecentando aún más la inflación. El bono a diez años de Italia rinde el 3,38% y el de Grecia, el 3,52%. La prima de riesgo de Italia y Grecia respecto a Alemania ha subido el último año solamente en 223 y 233 puntos, respectivamente. Incluso con menor crecimiento, no habrá crisis de deuda de los periféricos. El BCE anunció tímidas alzas de tipos para julio y septiembre. Pero entonces será demasiado tarde para lograr un aterrizaje suave. La guerra de Ucrania, la carestía de la energía y alimentos y los cuellos de botella en la producción y suministro de bienes y servicios son las principales causas de la inflación. Ninguna de ellas evoluciona en sentido positivo y se escapan del control del BCE.

EE UU padece el precio global del petróleo y gas natural, pero es el primer productor mundial de ambos y líder en exportar gas natural licuado (GNL). La gasolina, (cuyo precio ha disminuido el último mes), el diésel y otras energías que consumen empresas y particulares tienen precios inferiores a las europeas. Alemania está a un paso de racionar la distribución de gas natural a empresas y particulares después del recorte del suministro procedente de Rusia por el gasoducto NordStream 1 al 40% y el inicio de la anual suspensión total para mantenimiento que se espera con ansiedad dure no más de los previstos diez días.

El mundo occidental goza de los niveles de desempleo más bajos en cuatro o cinco décadas. El paro del 3,6% en EE UU es solamente una décima superior al 3,5% de marzo de 2020. Dicho 3,5% era la cota más baja en 50 años. En el Reino Unido el actual desempleo del 3,7% es el más reducido en medio siglo. La eurozona también cuenta con el desempleo más bajo de su historia (6,6%). Lógicamente dicha situación fomenta el consumo, especialmente cuando en el mundo occidental por primera vez en la era Covid-19 se ha podido disfrutar y viajar desde la primavera con mínimas restricciones.

Por otro lado, en Occidente padecemos la inflación más alta en 40 años. La mayoría de la población no vivió los ­shocks petrolíferos y estanflación de los años setenta. En mayo, la inflación alcanzó el 9,1% en el Reino Unido, 8,6% en EE UU y 8,6% en la eurozona. La calurosa primavera y verano en gran parte del hemisferio norte ha impulsado a la población a viajar y consumir por encima de sus posibilidades. La inflación también se mantiene en cotas estratosféricas porque los políticos toman o meditan medidas contraproducentes. Suspender parte del impuesto sobre la gasolina (en muchos estados de EE UU) únicamente anima a los conductores a viajar más. Se presiona al presidente Joe Biden para que elimine parte de los aranceles impuestos sobre 300.000 millones de dólares de exportaciones chinas por Donald Trump. Dicha medida alentaría más el consumo en la primera economía mundial, en la que el consumo privado aporta el 66% del PIB. Por el lado de la oferta, en EE UU y Europa persisten los obstáculos a la producción y suministro de bienes y servicios. Los muchísimos minerales y componentes necesarios para ensamblar semiconductores ya escaseaban antes de la pandemia y las cadenas de producción se han resentido mucho debido al Covid-19. Hay escasez de conductores de camiones, personal del sistema de transportes aéreo y ferroviario, descargadores en puertos y hasta personal de limpieza.

La alta inflación y reducido desempleo, el excesivo consumo, la depreciación del euro y la vulnerabilidad de Europa al chantaje energético de Putin exigen un alza de tipos en la eurozona. Solo así se consumirá menos, más parados trabajarán en sectores sin suficiente personal, se contendrá la inflación y se estabilizará la moneda única.

Alexandre Muns es Profesor de EAE Business School