La solución española para la soberanía energética de Europa

Los gases descarbonizados se configuran como una fuente de transformación alineada con los objetivos de reducción de emisiones de la UE

La creciente tensión geopolítica derivada de la guerra de Ucrania, unida a los aún reconocibles impactos económicos tras más de dos años de pandemia, han removido por completo las piezas del tablero energético mundial durante los últimos meses. En particular, Europa asiste atónita a un escenario sin precedentes que, aunque en cierto modo siempre había sobrevolado el horizonte en forma de amenaza incierta, había sido percibido como remoto y poco probable.

Durante las últimas décadas, los objetivos de reducción de las emisiones han definido el proceso de transformación del sistema energético mundial. Ahora, como resultado del conflicto en Ucrania la seguridad de suministro ha vuelto a ocupar un papel central, junto al cambio climático, en las agendas de los policymakers.

El ritmo de los acontecimientos es tan vertiginoso que todos los actores del sector, tanto en el ámbito público como en el privado, buscan la manera de avanzar hacia un ese nuevo modelo energético que permita compatibilizar ambos objetivos, y de forma prioritaria, en este momento, alcanzar una mayor soberanía energética y, por tanto, una mayor seguridad de suministro.

Este contexto ha puesto de manifiesto, sin lugar a ningún tipo de duda, la urgencia de abordar la transformación de la actual matriz energética. Pero también la necesidad de hacerlo con cautela y desde una perspectiva que contemple las singularidades de cada país y reconozca el papel de todos los tipos de energía, alejando sus miras del presente más inmediato y situándolas en un potencial desarrollo más a medio y largo plazo, en el que fuentes como el gas pueden jugar un papel de una altísima relevancia.

Esta es, precisamente, la dirección en la que debe avanzar el Gobierno, tal y como apuntaba recientemente la secretaria de Estado de Energía, Sara Aagasen, al anunciar que la reforma del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) otorgará un mayor protagonismo a los gases renovables. Una novedad que no es baladí y que está fundamentada precisamente en la relevancia estratégica y el papel trasformador del gas a la hora de garantizar un futuro energético más verde y soberano.

Una visión que también comparte la Comisión Europea, tal y como expuso en la última remesa de medidas de su plan REPowerEU, concebido para frenar la crisis energética y acelerar la desconexión del gas ruso. Esta hoja de ruta europea marca objetivos tan ambiciosos como aumentar la producción e importación de hidrógeno renovable hasta los 20 millones de toneladas en 2030, o ampliar hasta los 35.000 metros cúbicos (35 bcm) la producción de biometano.

En este escenario, España puede –y debe– situarse en primera línea y erigirse como parte activa de esta transición, sacando partido a esa suerte de pole position en la que nos sitúa la fortaleza de contar con una de las redes de infraestructuras gasistas más modernas, resilientes y potentes de todo el continente. Una red compuesta por más de 100.000 kilómetros preparados para la descarbonización de la mano de los gases renovables; en primera instancia a través del biometano, una tecnología ya madura y competitiva en nuestro país; y en segunda, del hidrógeno verde.

Concretamente en términos de biometano, España es reconocido por la Unión Europea como el tercer país con mayor potencial, solo por detrás de Francia y Alemania. Y tanto que lo somos. Desde nuestra organización calculamos que hoy día se podría cubrir con este gas renovable la tercera parte de la demanda de gas. Y es precisamente por esta razón por la que el objetivo de 10,41 TWh en 2030 señalado en la hoja de ruta del biogás, que representa apenas un 1,5% de biometano de la demanda gasista, es muy poco ambicioso. Y más aún cuando otros países, entre ellos Francia, se han fijado como meta alcanzar cerca del 10%.

Pero aún hay más. Nuestro país es también la primera potencia para la producción y exportación de hidrógeno, que se perfila ya como el vector energético del futuro. Es más, según la hoja de ruta del hidrógeno aprobada por el Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico en octubre de 2020, el desarrollo del hidrógeno verde a partir de fuentes renovables será un vector energético clave para la descarbonización de la economía. Esta hoja de ruta establece objetivos de penetración que incluyen la instalación de al menos 4 GW de potencia de electrolizadores en el año 2030. Se estima que para el año 2024 podría alcanzarse un valor total de potencia instalada de electrolizadores de entre 300 y 600 MW.

Todos los datos indican que la red para vehicular los gases de origen renovable está lista. Las infraestructuras existen y pueden hacerlo de forma eficiente en costes. Y para jugar un papel relevante en Europa sí será necesario reforzar las interconexiones para ser capaces de aprovechar todo nuestro potencial. Miremos con firmeza y decisión hacia un futuro que nos permita convertirnos en hub europeo para los gases renovables aportando soluciones reales para la España vaciada. Solo nos falta un mayor grado de ambición, decisión, incentivos y una visión clara de un mercado común energético por parte de los reguladores que permita impulsar de manera definitiva su desarrollo e inyección en la red.

Por todo ello, los gases descarbonizados se configuran como una energía de transformación, alineada con los objetivos de reducción de emisiones de la Unión Europea, que podrán tener además un papel fundamental en la búsqueda de la ansiada (e imperativa) soberanía energética.

Joan Batalla es Presidente de Sedigas (Asociación Española del Gas)