Austeridad a la alemana: ¿la vuelta al domingo sin coches?

Berlín ya ha activado la segunda fase del plan de emergencia energético de cara al invierno ante la escasez de gas debido a los recortes rusos

Foto: una autopista alemana completamente vacía y, en medio del carril, la tienda de campaña de una familia haciendo un picnic. Es una imagen de prensa del invierno de 1973. La Alemania occidental reaccionaba a la crisis del petróleo con una medida poco convencional ideada por el canciller socialdemócrata Willy Brandt: durante los cuatro domingos anteriores a la Navidad no se permitió ir en coche y se redujo el límite de velocidad a 100 km en las autopistas y a 80 en las carreteras. Muchos ciudadanos aprovecharon la oportunidad para ir en bicicleta o a pie por las autovías. Solo médicos, taxistas y proveedores de productos perecederos podían salir en coche. Austria y Suiza implementaron medidas similares.

Ahora que la energía se ha convertido en un bien carísimo y escaso se debate si en las circunstancias actuales la vuelta al domingo sin coches serviría para algo. La mayoría de la población lo rechaza. El autoclub ADAC lo considera “algo solo simbólico”. Greenpeace propone dos domingos al mes sin vehículos. Y muchos políticos lo citan por la similitud con la actual realidad. Lo cierto es que el comportamiento de la población ya ha cambiado. De febrero a marzo cayó la facturación de las gasolineras un 11,5%. Además, se conduce más despacio y se coge menos el coche. Pero esa no es una solución duradera para reducir el consumo de energía fósil. Jürgen Resch, presidente de la asociación alemana de protección medioambiental (DUH), calcula que la reducción del límite de velocidad supondría un ahorro de 9,2 millones toneladas de CO2 y 3.700 millones de litros de carburante. Es el debate sobre la nueva austeridad. La respuesta al ataque económico de Putin a Alemania

El ministro de Finanzas, el liberal Christian Lindner, ya ha avisado de que Alemania va a perder bienestar. Calcula que sufrirá “tres, cuatro, quizás cinco años, una crisis provocada por la escasez de energía.” Pero es sobre todo el ministro verde de Economía, el extremadamente popular Robert Habeck, quien más se refiere al camino duro. Los precios podrían subir todavía más, lo que tendrá consecuencias para la producción industrial y para los consumidores. Habeck es también uno de los grandes defensores de la austeridad y de la renuncia como armas contra Putin y contra la escasez energética.

Apretarse el cinturón ante un invierno 22/23 que será oscuro y frío. La estrategia rusa es generar inseguridad, forzar los precios, y dividir la sociedad. “Pero nos vamos a defender”, advierte Habeck. En este sentido, la comentarista del diario Süddeutsche Zeitung, Katharina Riehl, dice que la retórica en torno a la austeridad se centra en la cuestión: ¿Qué es más importante: una buena vida cómoda o la paz en Europa? Alemania debate sobre el bienestar y la renuncia en un país en el que la pérdida de ingresos reales (por el aumento sobre todo de los precios energéticos) alcanza el 3,4%, afectando sobre todo a los hogares más modestos, según datos del instituto de investigación económica DIW de Berlín.

“La situación es grave y el invierno llegará”, reconoció Robert Habeck en su última rueda de prensa en junio, marcada por la gran crisis del gas. Todavía no se va a racionalizar el hidrocarburo, pero ya se ha activado la segunda fase del plan de emergencia (la primera se introdujo en marzo) ante la escasez de gas tras los recortes de suministro de Rusia (llega solo el 40%) y ante las subidas drásticas de precios. Lo hace para prepararse para un posible racionamiento del gas en caso de que Putin interrumpa completamente el suministro. La segunda fase del plan de emergencia energética permitirá recuperar las centrales eléctricas de carbón con el fin de reducir el consumo de gas. También autoriza a las empresas energéticas a subir los precios a los usuarios (independientemente de lo contratado); pero por ahora no se activará esa cláusula.

No obstante, las centrales de consumidores han advertido que los precios del gas podrían hasta triplicarse en comparación con antes de la crisis. Alemania teme que los inquilinos de ingresos bajos acaben en la calle o se queden sin gas. Sobre todo, la población de las grandes urbes sufre ya por el fuerte incremento de los costes de alquiler. Uno de cada cinco hogares dedica el 40% de sus ingresos a pagar el alquiler. En Alemania se vive mucho de alquiler, especialmente en las ciudades. Según un estudio del berlinés DIW, el porcentaje de inquilinos pobres o en riesgo de caer en pobreza se ha duplicado desde 1991, del 15% al 29%. A ello se suma que el porcentaje de propietarios es muy inferior en las ciudades que en las zonas rurales. En Berlín, el 83% de la población vive de alquiler. Y a pesar del boom económico registrado en la ciudad tras el año 2010, que brindó trabajo y buenos sueldos; los alquileres aumentaron más que los ingresos.

El Gobierno alemán quiere llenar los depósitos antes de que llegue el otoño. En diciembre deberían alcanzar el 90%. Un porcentaje que no se alcanzará si a través del gasoducto ruso-alemán Nord Stream 1 sigue llegando solo el 40% del gas. Por eso ha elevado el nivel de alerta. Alemania ha conseguido reducir su dependencia del gas ruso en los últimos meses, del 55% en febrero al 35% actual. Pero un corte total provocaría una fuerte recesión. En una tercera fase del plan de emergencia, el Gobierno intervendría en el mercado del gas y racionaría su suministro. En ese caso, los hogares tendrían prioridad frente a la industria. Se teme, sobre todo, lo que podría pasar en enero y febrero de 2023.

Katharina Riehl concluye que ni las consecuencias del lockdown de la pandemia ni las consecuencias de la inflación provocada por la escasez de la energía afectan por igual a toda la población. Durante el confinamiento lo pasaron peor quienes tenían ocupaciones puramente presenciales y vivían en minipisos. “Quienes interpretan ahora la crisis energética como una llamada a viajar menos en avión, tirar menos alimentos a la basura y ducharse con agua más fría están económicamente bien situados.” Incluso pueden permitirse hacerse la pregunta ¿cuánto bienestar se necesita para ser feliz? Y, ¿no sería consumir un poco menos lo mejor para todos? Riehl opina que, si la nueva austeridad es inevitable, el mensaje político deberá comunicar abiertamente cuál es el precio para todos. Por ahora, Robert Habeck está explicando a la población en largos mensajes audiovisuales el porqué de sus decisiones políticas. Decisiones que no siempre congenian con su posición verde y ecologista, pero que ve necesarias para que el país no se hunda. Sobre todo, las 2000 empresas farmacéuticas y químicas son extremadamente dependientes del gas. La vuelta al carbón es amarga para Habeck porque presenta un factor CO2 40% superior al del gas. Por la crisis, el Gobierno ha decidido que hasta marzo de 2024 las plantas carboeléctricas podrán volver a funcionar. Solo prologar la vida de las tres plantas de energía nuclear que todavía operan no es por ahora ninguna opción para el ejecutivo rojiverde alemán.

Lidia Conde es analista de economía alemana