En defensa de la ‘corporeización’ frente a la digitalización extrema

La realidad es tercamente física: apoyémonos en el abanico de soluciones digitales, pero sin olvidar su objetivo último

El futuro de la globalización ha centrado gran parte de los debates de la pasada edición del World Economic Forum, celebrada a finales del pasado mes de mayo. Allí se discutió sobre el futuro de la globalización y sobre si hay un fenómeno de desglobalización en el mundo físico –al menos en ciertos sectores– a la vez que se produce una hiperconectividad en el mundo virtual. Simultáneamente al debate, se publicó un estudio en el que se presentaban cuatro posibles escenarios en el futuro, que combinan dos características: virtualización versus materialización (o fisicalización y fragmentación versus integración). Así, se habló de globalización 5.0 versus autarquía; y digitalización con plataformas ágiles versus analogicismo y localismo.

En todos los temas figuraron los binomios local-global y digital-real, como una verdad absoluta en forma de leitmotiv. Sin embargo, todos los discursos quedan interrumpidos por la tozuda realidad: una invasión y sus muertes tan reales, una pandemia y sus secuelas físicas y emocionales, unas condiciones climáticas variables y cada vez más extremas. La realidad nos hace entender que, aunque parecía cercana la máxima de la vida es sueño (digital), se hace más palpable la segunda parte de esa famosa frase de Calderón: “pero los sueños sueños son”.

Así, nos hallamos ante una cuasi economía de guerra, inflación de dos dígitos, falta de suministros, crisis alimentaria, etc. que aumentarán las brechas: económicas, entre sexos, culturales, emocionales. La estanflación nos devuelve a 1973 y nos recuerda, como ya se planteó entonces, que nuestro modelo económico es frágil, dependiente y poco sostenible. Nos hemos dado cuenta, en el mundo occidental y oriental desarrollado, de que cuando estás en la cima de la pirámide de Maslow el único camino es hacia abajo, hasta la base de la pirámide. Y no solo en la de Maslow sino también en la económica. Así la B de TBL se une a la BoP y obtenemos TBOPL: Triple Bottom Pyramid Life donde la parte física supone la frontera entre la vida y la muerte.

Podría decirse que estamos ante una tormenta perfecta que nos lleva a reivindicar la función física, material, corpórea, de las cadenas de suministro, y dentro de ellas, de la distribución y el almacenamiento. En los albores del metaverso los flujos físicos siguen siendo imprescindibles. Y quizás más que nunca debamos hablar de ecosistemas de suministro y no ya de cadenas, ni siquiera de redes. La compra on-line, la servitización como servicios de valor añadido –digamos sin ambages, las de mayor margen– dejan en un segundo plano que el ser humano necesita nutrientes para disfrutar del aire, del empoderamiento, de la cultura, y por supuesto, también de amor, paz, creencias.

Incluso los movimientos de consumo local, Km.0, necesitan del reparto de última milla. Es una parte invisible de la cadena de suministro, pero es la única que permite que el online digital sea real, a pesar de que el servicio se haya terminado por comoditizar. Precisamente, el transporte y almacenamiento no pararon en los peores momentos de la pandemia y en circunstancias excepcionales nos permitieron contar con lo básico y lo no tan básico para adaptarnos a una nueva situación, saliendo lo mínimo de nuestras casas y generalizando el ecommerce. El proceso de compra quedó digitalizado pero la entrega y su almacenamiento eran necesariamente físicos.

El objetivo de estas líneas es recalcar que la realidad es tercamente física. Hablemos de fisicalización o corporeización, no como algo opuesto a la digitalización, sino como algo necesario. Elegir en una plataforma, hacer clic, diseñar e implantar un ERP, el final del código de un programa en R, en Python, incluso las emergentes tecnologías 4.0, acaban en algo real: hacer un producto o prestar un servicio, montar, embalar, desembalar, cargar, descargar, enviar, recibir, guardar, desechar, reutilizar…. Es evidente que la transformación digital tiene numerosas ventajas y que permite desarrollar procesos más robustos y eficientes, mejorando el desempeño de esos ecosistemas de suministro, pero el flujo de información es únicamente uno de ellos. Los flujos físicos y financieros dan sentido y viabilidad al sistema respectivamente.

El progresivo envejecimiento de la población española (uno de cada cuatro personas tendrá más de 65 años dentro de tres lustros) debe impulsar está fisicalización. Ya hemos visto la famosa campaña de Soy mayor, no idiota. Los nuevos modelos de relación estrictamente digital no parecen funcionar en todos los rangos de edad. Y en la prestación de los servicios más esenciales será necesario comprender y equilibrar la vertiente física y digital de cada proceso.

La disponibilidad de materias primas y productos terminados es necesaria tanto cuando hay relaciones más locales, por costes o por barreras – fiscales, culturales, políticas, geográficas–, o en cadenas muy globales. Es el momento de reflexionar sobre la exposición de nuestros ecosistemas de suministro, de revisar sus procesos, de hacerlos no solo más eficientes, sino también más transparentes, sostenibles, resilientes y confiables. Apoyémonos en todo el abanico de soluciones digitales, pero sin olvidar su objetivo: poder disponer de materias primas, productos semiterminados y terminados –además de servicios– cuándo y dónde los necesitemos.

Este año 2022 se celebra el aniversario del centenario de la publicación de La tierra baldía de T.S. Eliot y es un buen momento para pensar en dos frases atribuidas a él: “La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante”. Pero nosotros esperamos que, después de todo, se materialice la siguiente frase: “Solo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir hasta dónde se puede llegar”. Y ese destino sea tangible, palpable, asible, visible y perdurable para todos.

María Osaba/ Miguel Ángel Larrinaga son Profesores de Deusto Business School