La triste balada del banquero central

Las autoridades monetarias saben que el riesgo de recesión o de truncar la recuperación económica está a las puertas

Aterrizo en España de vuelta de un Estados Unidos que no visitaba desde antes de la pandemia. Un país con la confianza del consumidor por los suelos, con un mínimo histórico de 50,2 puntos en el mes de junio. Los analistas apuntan a recesión en 2023. Por estos lares las cosas tampoco están para tirar cohetes. La inflación no da un respiro y este verano –que aún no ha llegado y ya avanza mucho calor– parece ser un gran sofoco de gasto y turismo que tirará de la economía, pero, más allá, se ven nubarrones importantes en otoño e invierno. Todo el mundo se pregunta cuánto tiempo va a estar con nosotros esta subida de precios tan desmedida. La respuesta no es sencilla. Aquellos que la tienen que dar más clara –los banqueros centrales– se las están viendo y deseando para acertar con sus proyecciones y, en definitiva, para controlarla.

La Reserva Federal de Estados Unidos abrió nuevamente la veda el pasado miércoles 15 de junio con una excepcional subida de tres cuartos de punto de los tipos de interés. Le han seguido el Banco de Suiza y el de Inglaterra. Y las bolsas de todo el mundo parece que van a prolongar sus caídas –y volatilidad– tras estas decisiones. Han sido todas relativamente sorpresivas. Si no la decisión, sí su magnitud. Los mercados no parecen haber tocado fondo. Un año duro para la renta variable. También para la fija, porque el camino de vuelta de la excepcionalidad monetaria es duro para los bonos, tanto públicos como privados. Lo sabe bien el Banco Central Europeo (BCE), que ya ha hecho firme su decisión de elevar los tipos de interés en julio y seguir esa misma senda en septiembre, en plazos y dimensiones aún por determinar. Se estima que los tipos de interés podrían llegar hasta el 4% en Estados Unidos el próximo año. Y hasta el 2% en la eurozona. Ya habíamos olvidado ese terreno de rentabilidades positivas. En todo caso, mientras la inflación no remita, los tipos de interés reales (descontados los precios) van a seguir siendo negativos.

Todo el mundo esperaba, por costumbre, que los banqueros centrales tocaran algún rock and roll para sacarnos de esta situación sofocante en los precios. Sin embargo, tocan una triste balada, más por obligación de su mandato que por claridad en sus efectos. Con esta inflación, la parte más canónica de las acciones monetarias se pone en marcha: frenar la parte de la subida de precios que pueda estar inducida por un consumo acelerado y abundancia de dinero barato. No obstante, mientras cantan no pueden evitar soltar alguna que otra lágrima por los costes y riesgos de esta decisión. Saben que el riesgo de recesión, o de truncar la recuperación económica, está a las puertas. Apretar demasiado las tuercas monetarias podría hacer que ese riesgo fuera aún mayor. No es que se enfrenten a una contradicción. Tampoco es que prefieran cruzarse de brazos y decir “pase de mí este cáliz”, pero saben que manejan dos realidades complicadas al mismo tiempo: precios elevados y economía con riesgos a la baja. Tal vez la situación más complicada, de momento, la tenga la Fed. Es eso a lo que se está llamado intento de aterrizaje suave. Se trata de reconocer que la recesión es inevitable. En cierto modo, de largo debida por el comportamiento cíclico de la economía norteamericana. Al mismo tiempo, sin embargo, hay que intentar que dure poco y no atice demasiado al consumidor y a las empresas. Que se vaya a conseguir no es sencillo. La parte de la inflación debida a los costes (energéticos y de otros suministros) no parece dar señales de remisión. Es la peor noticia. Y conecta la responsabilidad monetaria con las acciones más ligadas a la política a secas, a los gobiernos ¿Se está haciendo suficiente para frenar la escalada de costes energéticos? ¿Puede asegurarse que los riesgos geopolíticos van a la baja o es más bien al contrario? Si la recesión pilla a Estados Unidos con inflación alta, se va a repartir estopa sobre quién tiene la responsabilidad.

Algo parecido pasa en una eurozona que siempre parece tener la sensación de vivir adormecida y a la espera de que los acontecimientos fuercen las decisiones, en lugar de al contrario. Así, el BCE también tuvo su momento de excepcional protagonismo el 15 de junio. Las primas de riesgo comenzaban a florecer más de lo que resultaba cómodo y hubo que actuar. Con dialéctica más que otra cosa. Anunciando un nuevo mecanismo de compra de deuda. Dará lugar a un intenso debate, pero parece que es necesario para evitar males mayores. El problema es que, en esta ocasión, las palabras no parecen bastar.

Los mercados seguirán nerviosos hasta que se actúe de una forma medianamente contundente. En los países del euro se teme un invierno frío, tanto por posibles restricciones energéticas como en lo económico. Sin embargo, también mandan los precios, la necesidad de mostrar la responsabilidad debida. Con la misma lágrima cayendo por la responsable mejilla. Es el momento de pedir a cada cual lo suyo. Esta inflación es la confluencia de una salida a borbotones de la pandemia, de la guerra de Ucrania, de diferentes políticas anti-Covid con consecuencias sobre las cadenas de suministro globales y de cierto oportunismo. Se trata de un conjunto de cuestiones que exceden lo que un banco central puede controlar, aunque tenga que tocar su balada.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, Director de Estudios Financieros de Funcas y colaborador de CUNEF