¿Geopolítica geoeconomizada o geoeconomía geopolitizada?

En el conflicto desatado en torno a Ucrania la energía está siendo utilizada como un arma de presión, es decir, como un ‘instrumento de guerra’

Tradicionalmente en el mundo del pensamiento económico-político se ha planteado si es la política la que condiciona la economía o si es la economía la que condiciona la política. No podemos negar que ambas realidades están íntimamente relacionadas. Si bien podemos entender la política como “servicio para el bien común” en su versión más benigna, también podemos entenderla como un “modo de acceder al poder económico”, como señaló Francisco de Quevedo, nuestro maestro de la Letras del Siglo de Oro: “pues que da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero, poderoso caballero es don Dinero”.

El pasado 22 de abril vencía el plazo señalado por Rusia a las compañías gasistas polaca –PGNiG– y búlgara –Bulgargaz– para realizar el pago en rublos del gas importado desde Rusia. Ante la negativa de ambos, por considerar que contractualmente el pago debía realizarse en euros según lo estipulado, Rusia ha decretado el corte del suministro a dichos países.

El conflicto que actualmente se desarrolla en suelo europeo presenta dos vectores esenciales: el energético-económico y el político. Desde el punto de vista del primer vector, los factores energético-económicos, la dependencia del mundo de las fuentes de energía rusas supone una gran debilidad, ya que cuando el país suministrador viola las normas internacionales, el resto de los países, al ser dependientes, tienen su capacidad de respuesta limitada. En el caso de Europa, solo en 2021 las importaciones de gas ascendieron a 100.000 millones de dólares. Por ejemplo, Letonia o República Checa dependen al 100% del gas ruso. Otros países lo hacen en menor medida, pero aún con niveles de dependencia altísimos: Hungría y Eslovaquia, con un 85,45%, o Bulgaria, con el 75,23%. Otros con niveles de dependencia aún altos son Alemania, 65,22% y Polonia, 54,88%.

La reciente decisión rusa de cortar el suministro a Polonia y Bulgaria ha encarecido los precios del gas un 15% por las restricciones de la oferta. Por otra parte, las sanciones económicas parecen estar poniendo a la economía rusa en una situación tremendamente complicada. Según un reciente estudio del Real Instituto Elcano, el PIB ruso podría caer hasta un 15% y la inflación superar el 20%. El rublo se desplomó un 30% nada más ponerse en práctica el bloqueo de la economía rusa. En particular, el embargo del rublo en los mercados mundiales está provocando el desplome de dicha divisa. De ahí que Rusia quiera forzar la compra de gas en rublos para revalorizarla.

La Unión Europea, consciente de esta dependencia de Rusia, ha intentado limitar las sanciones al sector de los hidrocarburos, para no verse tan afectada en cuanto al suministro de gas. Sin embargo, el acuerdo internacional alcanzado sobre las sanciones es bastante claro al respecto, debiendo incluir el gas en dicho embargo.

Junto a los factores energético-económicos, el segundo vector nos permite considerar los factores políticos. Así, las sanciones aplicadas a Rusia desde el ataque lanzado contra Ucrania abarcan una serie de medidas complejas y articuladas conforme a lo establecido en el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas, cuya misión esencial es “mantener la paz y la seguridad internacionales” ante cualquier acto de agresión que sufra un Estado miembro. Por ello, la energía está siendo utilizada en este caso como un arma de presión, un instrumento de guerra. Cuando los recursos se encuentran en el ámbito de poder de países que no son perfectas democracias, el riesgo que se puede desencadenar es ingente. Si observamos el mapa del mundo con las principales potencias productoras de energías fósiles, observamos que la gran mayoría no podrían ser encuadradas como democracias maduras –lo que se denomina la paradoja de la maldición de los recursos–.

Por otra parte, el recuerdo de la historia reciente de la II Guerra Mundial y la Guerra Fría no está tan lejano. En particular, para países como Bulgaria, en la órbita soviética desde 1946 hasta 1990, o como Polonia, que ha sido ocupada tanto por Alemania como por Rusia, el recuerdo de la guerra europea sigue vivo. Pensemos que ambos países tienen fronteras actualmente con Ucrania, por lo que, en el caso de extenderse el conflicto actual, ellos serían probablemente los primeros en ser atacados.

Desde mi punto de vista, la mayor fortaleza y determinación que vemos en algunos países en su respuesta ante Rusia corresponde a una experiencia histórico-política previa, donde sabemos que, si cedemos al principio, estaremos abocados a prolongar el conflicto con mayores y peores consecuencias, tal y como mostró la política de apaciguamiento de Chamberlain con Hitler en 1938.

Ante esta situación ¿qué soluciones podemos adoptar? En primer lugar, económicamente debemos buscar nuevos suministradores de gas y acelerar las energías limpias –no olvidemos la energía del hidrógeno–; en segundo lugar, mostrarnos firmes en la aplicación de las sanciones: las sanciones económicas son el medio para lograr resultados políticos si no queremos entrar en guerra directa. En tercer lugar, políticamente debemos actuar coordinados y con el objetivo común de defender las normas internacionales que nos hemos dado mutuamente. Como señalaba Aristóteles en la Ética a Nicómaco, “la virtud, cuando dispone de medios, tiene también la mayor fuerza y el vencedor destaca siempre en la posesión del valor”.

Begoña Casas es Profesora de Economía y Empresa de la Universidad Europea