Las revoluciones empiezan en los más allegados, también en Rusia

El descontento de la clase media rusa con las sanciones y la división sobre la guerra podría generar un conflicto interno

Los mercados de futuros y también el mercado físico de cereales y oleaginosas han tenido una subida de precios cercana al 40% en solo diez días y el alza tiene todo el aspecto de mantenerse durante un tiempo. Europa, y sobre todo el sur España e Italia, es muy dependiente de las importaciones de estos productos desde Ucrania y también, aunque menos, de Rusia. Esta guerra paralizará las exportaciones desde el Mar Negro y también las labores agrícolas en Ucrania, lo que va a suponer un descenso en la producción de la próxima cosecha que ya se ha evaluado en aproximadamente un 80%.

Algunas grandes superficies en España ya han anunciado limitaciones a la compra de aceite de semillas para freír a una unidad por persona y por día. Eufemismos al margen, eso es un racionamiento del producto. Los cereales representan un 3,4% en nuestra cesta de la compra y la energía un 12% por lo que, ante las restricciones en los primeros y el aumento del precio del segundo, la tendencia de la inflación es al alza al menos para el resto del año; un nivel preocupante que pondrá a prueba la templanza de los gestores, tanto políticos como empresariales.

Este es sólo un ejemplo de las consecuencias económicas de la invasión de Ucrania que ha llevado a Europa y a Estados Unidos a aplicar sanciones muy severas a Rusia. Pero los más escépticos se preguntan si estas servirán para algo. La respuesta es afirmativa.

Dado que esta situación no es estacionaria en términos estadísticos, las conclusiones y los pronósticos resultan poco significativos. No hay patrones que permitan realizar comparaciones útiles. Sin embargo, para tomar decisiones se necesita realizar previsiones. Una de las cuestiones esenciales para determinar el impacto de esta guerra es conocer cuánto va a durar y como esto es algo muy incierto, lo más práctico es tomar decisiones para acortarla lo máximo posible. Y cabe interpretar que las sanciones buscan ese fin.

Hay un patrón que se ha ido cumpliendo a lo largo de la historia: según la hipótesis de James C. Davies en su teoría de la revolución, el crecimiento económico persistente genera en la población expectativas de que las condiciones que lo propician van a prevalecer. Cuando tales expectativas se frustran repentinamente y las personas son conscientes de una gran brecha entre lo que esperan y la realidad de sus circunstancias, la situación se vuelve intolerable y los afectados se involucran en actividades revolucionarias colectivas. El descontento entre la clase media rusa y, sobre todo, entre la clase dominante que discrepa entre sí tanto en la evaluación de la situación como en los pronósticos de su evolución, tendrá como consecuencia que algunos se vean de pronto privados de su elevado estatus y privilegios. En ese momento los más cercanos al poder serán quienes podrán desatar una revolución; los más desfavorecidos suficiente tienen con concentrarse en sobrevivir cada día, y en ello consumen toda su energía física y mental.

Para colectivizar el descontento, los más indignados deberán compartir la percepción de la situación como irritante o inaceptable y articular el apoyo social necesario para emprender una acción multitudinaria de tipo violento. Davies lo expresó en la denominada “curva J” representada entre dos ejes: los ingresos per cápita, en el eje vertical, y la evolución del tiempo físico, en el eje horizontal. Entre ambos, dos fuerzas dinámicas reflejan, por un lado, las aspiraciones obtenidas por toda la sociedad (curva Ero), bastante elástica a los cambios a corto. Por otro, la curva que se nutre de las aspiraciones sociales y políticas a medio y largo plazo (curva Asp) y que es inelástica a los cambios de corta duración en la superficie de la sociedad y refleja sobre todo la opinión pública que aspira hacia cambios sociales y políticos. Si la “curva Ero” indica un movimiento abrupto y brusco hacia abajo, sería señal de un cambio de la prosperidad hacia la recesión y por tanto se abriría una brecha ancha entre la realidad y las esperanzas de la población, se extendería el miedo y la frustración y ello podría hacer estallar la revolución.

Davies puso como ejemplo de la “curva J”, entre otros, los eventos que rodearon la revolución rusa de 1917. Las aspiraciones sociales en el imperio ruso crecieron durante doscientos años y se aceleraron tras la abolición de la servidumbre y la liberación de la masa campesina en 1861. Este largo ciclo de aspiraciones sociales y políticas crecientes logró su máximo entre 1904 y 1905. Entonces dos acontecimientos impulsaron hacia abajo la curva de las aspiraciones tras esas décadas de rápido crecimiento industrial y una mayor emancipación política: la guerra contra Japón y la oposición contra Nicolás II, quien mantuvo las mismas ideas que su padre, aunque su vitalidad y dureza eran menores. El rechazo partió de los intelectuales que apoyaban a los trabajadores y a los campesinos en sus reivindicaciones contra el emperador y, aunque la masa de la población permaneció leal aI zar, quería reformas económicas. El domingo sangriento del 22 de enero de 1905 marcó el punto de inflexión cuando proletarios hambrientos, pacíficos, pidieron ayuda frente al palacio de invierno del zar y los soldados de su guardia los mataron por centenares.

Davis destaca que entre 1905 y 1917 la miseria era creciente y, con una aguda crisis económica, la curva comenzó a descender. La inflación generó la falta de alimentos y se abrió una brecha cada vez mayor entre las expectativas subjetivas del pueblo de mejora económica y la realidad objetiva de la estricta privación impuesta por el régimen zarista. Entonces los trabajadores y sobre todo los intelectuales rusos se unieron en la revolución que abolió el zarismo en 1917 ¿Se aplicará la regla de Davis en esta ocasión?

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofin