Las consecuencias de la taxonomía tóxica de la UE

Si la política europea recurre de forma tan evidente al ‘greenwashing’, ¿cómo evitaremos que las empresas sigan su ejemplo?

Magia. No se me ocurre otra palabra para describir mejor cómo resuelve los problemas la clase política. Lo hacen de una forma muy fácil. Cambian las definiciones y problema resuelto. Al menos en la esfera política.

Desde hace varios años la Unión Europea se esfuerza por encontrar una definición del concepto sostenible. En Bruselas lo denominan taxonomía y su objetivo es garantizar que el dinero, tanto del sector financiero como el de los gobiernos, se canalice hacia proyectos ecológicos y sostenibles. Las dos primeras fichas se pondrán en marcha lo antes posible y se refieren a la adaptación al clima y a la mitigación del cambio climático que cubren el 80% de las emisiones de carbono de la Unión Europea. Le seguirán cuatro entregables más, centrados, entre otras cosas, en la economía circular y la biodiversidad.

Las definiciones en las propuestas anteriores de estas primeras fichas estaban basadas en la ciencia y se trataba de identificar qué inversiones encajan en un mundo sostenible. Ya tenemos mucha información sobre las cuestiones relacionadas con el clima, sobre las estimaciones globales de CO2 y sobre las emisiones causadas por muchas actividades, así como sobre las tecnologías que podrían ayudar a que la economía fuera neutra en carbono. Por lo tanto, la primera propuesta de taxonomía se basó en gran medida en ese conocimiento y, así planteada, ayudaría realmente a orientar el capital en una dirección sostenible. Pero eso fue antes de que la política empezara a meterse en medio. De hecho, la energía nuclear y el gas natural de repente se han vuelto verdes en el ansiado texto legal publicado recientemente.

Las nuevas centrales nucleares calificarán para la etiqueta si solicitan los permisos de construcción antes de 2045, siempre y cuando los gobiernos presenten planes para la gestión segura de sus desechos nucleares, así como del desmantelamiento de estas centrales. Esta aprobación ha sido apoyada por los países de la UE con dependencia nuclear encabezados por Francia. El gas natural también recibirá la etiqueta verde si se usa para reemplazar fuentes de energía más contaminantes, como el carbón, y si las emisiones directas de su uso caen por debajo de 270 g de CO2 por kw/h, o un promedio de menos de 550 kg por año durante un período de 20 años.

Es un caso claro de regateo político entre Francia (nuclear) y Europa del Este (gas natural) que evidentemente no está alineado con la ciencia, como también se destaca en el informe crítico que el grupo de personas expertas presentó sobre la primera propuesta. A favor de la energía nuclear se podría argumentar que contribuye a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero mientras no haya una solución para los residuos nucleares, seguirá siendo insostenible. Y hay que reconocer también que el gas natural es mejor que el carbón, pero definitivamente no es ecológico. Confundir lo menos insostenible con lo sostenible es algo típico de la política europea. El argumento que presenta ahora la Comisión es que necesitamos el gas y la energía nuclear en una fase de transición. Eso es verdad. Por lo tanto, habría tenido sentido introducir una clase ámbar adicional para las inversiones de transición. Pero etiquetarlos como verdes es una vía de escape para financiar el statu quo como sostenible. Lo cual claramente no es el caso.

Esto va incluso más allá del escenario bastante extremo de la superproducción de Netflix No mires arriba. (¡alerta de spoiler!). En esta película se reconoce finalmente la existencia del problema de un meteorito que amenaza con colisionar con la tierra, pero no se gestiona correctamente – el meteorito finalmente impacta y destruye nuestro planeta–. En la vida real, va incluso más allá. Tenemos un problema, que en este caso es el cambio climático, pero la solución evidente de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero lo antes posible es incómoda políticamente. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cambiamos la ciencia? O, para seguir la analogía de No mires arriba, ¿nos limitamos a decir que no llegará o que falta mucho todavía para que llegue y, por lo tanto, no hacemos nada?

Y así es como nos hemos cargado la taxonomía. Porque si la política recurre de forma tan evidente al greenwashing (ecolavado de cara), ¿cómo evitaremos que las empresas sigan su ejemplo? La taxonomía estaba destinada a aumentar la transparencia en el ámbito de la inversión sostenible. Pero de esta forma ha generado un desastre total entre todas las definiciones de los productos actuales. Muchos de los fondos más sostenibles excluyen los combustibles fósiles y la energía nuclear. Los gestores y propietarios de activos sostenibles no relajarán esa exclusión para ser más sostenibles para alinearse con la taxonomía de la UE.

Los clientes que no quieren invertir en combustibles fósiles no pueden confiar en un producto alineado con la taxonomía. Entonces, todos acabamos absolutamente confundidos. ¿Y qué significará esto para los entregables siguientes de la taxonomía que, en comparación con el clima, tienen una base científica menos firme en términos de métricas? Porque no lo olvidemos, el clima es la parte fácil. La biodiversidad, en cambio, depende de la ubicación y la escala y, por lo tanto, a menudo es difícil determinar cuál es la relación exacta entre las inversiones y la pérdida de biodiversidad.

Otra pestaña en la hoja de cálculo de la taxonomía es la economía circular, que podría resultar aún más propensa al ecolavado porque el uso de estrategias circulares como el reciclaje y los modelos de reutilización o de producto como servicio no garantizan un uso menor de recursos. Entonces, ¿significa esto que toda empresa que tiene un cubo de basura es circular? ¿Todas las que tienen un árbol en sus instalaciones contribuye a la biodiversidad? Reducir las definiciones al basarlas en argumentos políticos en lugar de solo en la ciencia abre la puerta a una taxonomía inútil. Este tipo de compromiso político no salvará nuestro planeta.

La realidad política es muy flexible, pero los límites de nuestro ecosistema no lo son. Y los compromisos políticos no mueven esos límites. Solo los problemas.

Hans Stegeman es Jefe de Estrategia de Inversión de Triodos Investment Management