Punto de inflexión: el salto al capitalismo patrocinado por el Estado

La clave del éxito consiste en actuar como un Gobierno ‘grande’ en

el plano macro y como uno ‘pequeño’ en el ámbito microeconómico

Estamos al comienzo de una década, un momento en el que las nuevas tendencias siguen ocultas, latentes bajo la superficie, y al mismo tiempo nos encontramos en el tramo final de un periodo deflacionista que ha durado 40 años. En las economías avanzadas, la sociedad está transitando de la ortodoxia neoliberal a una era de capitalismo patrocinado por el Estado, que se caracteriza por la aplicación de políticas macroeconómicas no ortodoxas. Mientras que la primera destaca por la prudencia fiscal y el predominio de la política monetaria, la segunda tratará de aprovechar al máximo la fuerza combinada de los instrumentos monetarios y fiscales. El objetivo final de este proceso es la reflación. Sin embargo, aun con lo que el actual episodio inflacionista pudiera sugerir, no hemos alcanzado dicho objetivo.

El paso de una era a otra es una respuesta directa a dos problemas: el aumento de las desigualdades y la ineficacia de las políticas ortodoxas en las economías desarrolladas. A medida que el mundo se fue globalizando, los trabajadores occidentales se vieron enfrentados a la competencia de una mano de obra extranjera cada vez más cualificada y barata, al tiempo que los mercados financieros crecían. El resultado fue que gran parte de los frutos de las políticas neoliberales recayeron en el capital y no en el trabajo y, por tanto, beneficiaron desproporcionadamente a las capas más ricas de la población. Los indicadores de desigualdad han empeorado de forma generalizada. Las consecuencias trascienden el propio hecho de que se hayan vulnerado los principios de equidad social: las desigualdades representan un obstáculo considerable para un crecimiento sostenible.

El segundo factor que impulsa la aplicación de políticas macroeconómicas no ortodoxas es la incapacidad del conjunto de políticas convencionales para estimular el crecimiento. Las autoridades monetarias no solo han sido incapaces de cumplir sus objetivos de inflación desde la crisis financiera mundial iniciada en 2007, sino que además la recuperación experimentada desde entonces ha sido la más endeble de la historia. Con las tasas de referencia estancadas en niveles bajos, las capacidades de los estímulos monetarios son escasas o inexistentes. Asimismo, dado que el sector privado de estas economías rehúye pedir préstamos, la única ventaja que presenta hoy la política monetaria es garantizar la estabilidad de los mercados financieros.

¿En qué consisten exactamente estas políticas macroeconómicas no ortodoxas? Representan un abanico de decisiones monetarias y fiscales que, en lugar de minimizar la importancia de la deuda y del déficit público, emplean palancas monetarias y fiscales para gestionar la economía y redistribuir activamente sus recursos a gran escala. Ejemplos vigentes de estas políticas son la renta básica universal o las ayudas directas, como las que percibieron los hogares estadounidenses durante la pandemia. No obstante, el alcance del uso de la herramienta fiscal y su fusión con la política monetaria llegarán a ser mucho mayores en el futuro.

En el futuro, las políticas podrían contemplar la introducción de sistemas de fiscalidad negativa, donde los hogares con menos ingresos recibirían un crédito fiscal superior a su carga impositiva (aumentando así sus ingresos totales), mientras que se asignaría a los hogares más acomodados un crédito fiscal equiparado con su carga impositiva (con lo que disminuye ligeramente su factura tributaria).

Hay quienes proponen la creación de un mecanismo fiscal en un banco central, que los economistas podrían gestionar en función del ciclo y que el Gobierno podría utilizar en consecuencia. Dado que las economías occidentales están siguiendo los pasos de China, al emitir los bancos centrales sus propias monedas digitales, la liquidez podría ser depositada directamente en las cuentas en moneda digital de los consumidores. La respuesta a la pandemia podría ser considerada como una señal de que hemos cruzado la línea de las políticas no ortodoxas, aunque para nosotros no es así. En mayor o menor medida, las economías occidentales siguen sujetas a sus convicciones neoliberales en materia de déficit fiscal. En EE UU, las subvenciones públicas ya se sitúan de nuevo en los niveles prepandemia y el impacto presupuestario de los nuevos paquetes fiscales es objeto de un minucioso escrutinio. Lo más probable es que tengamos que esperar a la próxima recesión económica en EE UU para que las medidas fiscales se conviertan en instrumentos de uso verdaderamente generalizado.

El conjunto y la combinación de políticas que cada país elija es clave a la hora de determinar si la reflación tendrá éxito. Las políticas de redistribución podrían rápidamente resultar contraproducentes si, en última instancia, suponen el fin los incentivos a las empresas. Estamos en un punto de inflexión y la clave consiste en actuar como un Gobierno grande en el plano macroeconómico y como uno pequeño en el ámbito microeconómico, es decir, mantener un entorno empresarial competitivo y abierto para promover la innovación, al tiempo que se hace frente al déficit de demanda del sector privado.

Yves Bonzon es CIO (‘chief investment officer’) de Julius Baer