Las fricciones internas frenan el liderazgo global de EE UU y China

La polarización en Washington arroja dudas sobre las reformas de Biden y la excesiva dependencia del carbón limita los avances de Pekín

Joe Biden Glasgow COP26
El presidente de EE UU, Joe Biden, pronuncia un discurso durante la cumbre del clima de Glasgow. Getty Images

EE UU y China son dos de los Gobiernos que más pueden hacer por la supervivencia de la humanidad, sin embargo, lo más rescatable del paso de Joe Biden por Glasgow, en el regreso estelar de su país a una cumbre del clima, fue una alianza no vinculante para reducir las emisiones de metano. Xi Jinping solo envió una declaración escrita carente de anuncios relevantes.

Las idas y venidas de estas dos superpotencias retrasan el cumplimiento de los objetivos climáticos (evitar que la temperatura media del planeta suba por encima de 1,5 °C) porque son los dos mayores emisores de los gases causantes del deshielo de los glaciares y de los cascos polares. China es el primero, con 11.705 millones de toneladas de CO2 equivalente en 2018, el 24% del total, y EE UU, el segundo, con 5.794 MtCO2eq, el 12%, según Climate Watch.

“El cambio climático es un problema global y, sin ellos, atacarlo se hace más difícil y más caro para el resto de países”, afirma Lara Lázaro, investigadora del Real Instituto Elcano. En el caso concreto de EE UU, destaca que en su regreso al campo de batalla se ha puesto metas incluso más ambiciosas que las lanzadas por Barack Obama.

Biden se ha comprometido a reducir las emisiones de su país entre un 50% y un 52% en 2030 con respecto a 2005, a generar toda su electricidad con energía limpia a partir de 2035 y a ser neutro en carbono en 2050. Pero el desacuerdo de dos miembros de su propio partido en el Congreso americano le impidieron presentarse en Glasgow con su plan de infraestructuras aprobado.

El alivio no llegó hasta tres días después, con el mandatario ya de regreso en Washington. Del éxito del Build Back Better depende el cumplimiento de la mayor parte de su política ambiental, ya que prevé destinar parte importante de su presupuesto de 1,03 billones de euros al impulso del coche eléctrico, el transporte público sostenible, las energías renovables y la restauración de bosques y humedales.

Una gigatonelada en juego

El impacto agregado de todas las medidas contempladas en el programa puede ahorrar a la atmósfera la emisión de casi una gigatonelada de gases de efecto invernadero de aquí a 2030, según Rodhium Group, una firma de investigación con sede en Nueva York. No obstante, advierte de que solo una “acción conjunta” del Congreso, las agencias federales y los estados permitirán llevar a cabo esa agenda.

Son, además, objetivos a muy largo plazo y nada garantiza, como ya demostró Trump, que la decisión sea irreversible. La victoria republicana en las recientes elecciones para gobernador en Virginia, consideradas un plebiscito del primer año de mandato de Biden, no invitan al optimismo.

La agenda verde del demócrata necesita el apoyo del Congreso
y de los estados

“Como pacto voluntario, EE UU y cualquier país puede participar y desconectarse del proceso cuando lo considere oportuno. Dada la creciente polarización y las oportunidades limitadas para la cooperación bipartidista en la descarbonización, es probable que la política climática estadounidense continúe siendo objeto de latigazos de gobierno a gobierno”, dice Mikaela McQuade, experta en geopolítica de la consultora Eurasia Group.

No obstante, coincide en que “un impulso creciente de las ciudades, los estados y los actores e inversores privados puede llevar a un compromiso direccional duradero en ausencia de esfuerzos federales”.

China, por su parte, mantiene la dirección hacia la neutralidad climática, pero no espera alcanzarla antes de 2060, una eternidad en términos ambientales. El paso más importante que ha dado en ese camino es cancelar la construcción de centrales de carbón en el extranjero, aunque no ha tocado las plantas internas.

Central de carbón China
Central de carbón en el sur de la provincia china de Shandong. Getty Images

Por el contrario, la oleada de apagones sufridos por 21 provincias este otoño, consecuencia de una escasez de energía sin precedentes, ha llevado a Pekín a incrementar la producción de carbón y diésel. El episodio ha renovado el viejo conflicto entre economía y entorno, ya que la crisis se debe a la mayor demanda de gas impulsada por la reactivación industrial y los recortes ambientales impuestos a las mineras por las mismas regiones.

Para Bernice Lee, directora de investigación de Chatham House, un instituto de políticas independiente con base en Londres, el dilema es engañoso: “Todos los países tendrán que ofrecer tanto seguridad energética como acción climática. No se trata de si pueden hacerlo o no. Deben hacerlo”, afirma.

“La crisis energética pone de manifiesto los riesgos de la excesiva dependencia del carbón. Un sistema basado en la eficiencia y las energías renovables será más seguro y menos volátil, solo hay que gestionar la transición. Todas las señales sugieren que Pekín tiene la intención de mantener el rumbo para alcanzar el pico de emisiones antes de 2030”, sostiene.

Los apagones en 21 provincias han obligado a Xi a recurrir a las centrales térmicas

McQuade insiste en que aunque EE UU no ha aportado tanto a la mesa de negociación de la cumbre como les hubiera gustado a los demócratas, el anuncio de una alianza con la UE, Brasil, Reino Unido y así hasta 103 países, para reducir esta década un 30% las emisiones de metano, demuestran que “tiene la influencia suficiente para hacer algo”.

Cuando Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo en junio de 2017, el senador demócrata Chris Murphy, de Connecticut, tuiteó: “Querido planeta, lo sentimos. Por favor, aguanta tres años y medio y lo arreglaremos”. Biden reincorporó a su país al pacto en febrero de este año, pero todavía está por ver si podrá cumplir esa promesa.

El mundo necesita que tenga suerte porque, de acuerdo con la última revisión del Programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas, la suma de los compromisos nacionales asumidos a la fecha no será suficiente para cumplir el límite de París. De mantenerse el ritmo actual, la temperatura subirá al menos 2,7 °C al final de este siglo. Difícilmente el planeta aguantará tanto.

El dinero prometido

Contribuyentes. La participación de EE UU y China en el Acuerdo de París es importante también por razones financieras, ya que ambos contribuyen al Fondo Verde para el Clima de Naciones Unidas que costea acciones de adaptación y mitigación en países en desarrollo.

Fondos. Trump retuvo 2.000 de los 3.000 millones de dólares prometidos por Obama al fondo, pero Biden ofreció en septiembre pasado elevar esa contribución hasta los 11.400 millones, si bien dependerá de la autorización del Congreso.

Déficit. En 2019, los países industrializados aportaron 79.600 millones de dólares para los países pobres, unos 20.000 millones menos que el objetivo de 100.000 millones anuales, según el último reporte de la OCDE.

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