La inflación cuestiona la recuperación y exige un compromiso colectivo para salvarla

La inflación ha dado en octubre el salto mensual más abultado desde 1981 en tasa interanual, que alcanza el 5,5%, un valor desconocido desde hace nada menos que 29 años. La crisis energética global ha desatado al fantasma silencioso que es el avance de los precios de consumo, y nadie podrá convencer a nadie de que se trata de un fenómeno pasajero, puesto que a la escalada de la electricidad, el gas, el petróleo y el resto de materias primas se suma la ruptura de las cadenas de suministro en varios procesos manufactureros, que está provocando también alzas no justificadas de precios. La combinación de una reducción obligada de la oferta y una inminente contracción de la demanda por la pérdida de poder de compra de los consumidores son los ingredientes indeseados para quebrar una recuperación económica que está en fase inicial, y que puede derivar en una lánguida y peligrosa estanflación: estancamiento de la economía con inflación. Evitar llegar a tal punto es responsabilidad de todos, pero en mayor medida de quien tiene más competencia en la escala jerárquica de la economía.

La hidra invisible de la inflación es el impuesto silencioso que cercena el poder de compra de los salarios y las pensiones, deteriora el poder real del ahorro cuando parece intocable, y solo se convierte en aliado ocasional de los endeudados si la renta con la que pagan sus facturas financieras, sus hipotecas, se actualiza puntualmente en la misma proporción que suben los precios. Pero el riesgo secundario de la inflación es que su evolución solo pueda ser combatida con un endurecimiento de la política monetaria, con una subida de los tipos de interés, que en países como Estados Unidos ya se da por hecho y que en Europa podría no tardar en llegar. Por el momento Fráncfort sigue creyendo su propio mensaje de que se trata de un fenómeno coyuntural; pero si las tasas actuales se filtran a los componentes subyacentes de la inflación, algo que ya está ocurriendo en varios sectores productivos, los tipos habrán de subir más pronto que tarde.

Si al impuesto a las rentas que supone la inflación se añade una subida generalizada de la factura financiera de empresas, hogares y Estado, con los elevados niveles de deuda que tales agentes económicos tienen, nada de lo previsto ahora para el año que viene acerca del desempeño de la economía tiene validez. Por tanto, el BCE debe hacer su trabajo, como deben hacerlo los gobiernos evitando trasladar al gasto público la inercia de la inflación, y como deben hacerlo empresas y trabajadores pactando estabilidad de los costes que dependan de ellos (no es el caso de la energía) para evitar alimentar una peligrosa espiral inflacionista que puede quebrar la recuperación de PIB y empleo.