¿Ralentización económica o regreso de la estanflación?

Algunos vaticinan la temida combinación de estancamiento del PIB, inflación y alto desempleo que asoló las economías occidentales en los 70

Algunos analistas describen una tormenta perfecta para la economía internacional. Ciertamente nos hallamos ante tendencias y datos preocupantes. El Fondo Monetario Internacional en su prestigiosa publicación Perspectivas de la economía mundial de octubre ha rebajado la previsión de crecimiento global para 2021 a 5,9%, destacando que persisten diferencias sustanciales entre los rendimientos de los distintos países, continentes y agrupaciones de economías por su nivel de renta. El subtítulo del informe es Preocupaciones sobre salud, alteraciones de cadenas de suministro y precios al alza. Según Gita Gopinath, consejera económica y directora de investigación del FMI, valorar los beneficios y riesgos de la implementación de políticas por parte de los gobiernos se ha complicado debido a la pandemia.

En EEUU, los analistas y en cierta medida la Reserva Federal están divididos entre los que consideran que el Covid-19 sigue siendo la mayor amenaza y los que apuntan a la inflación como mayor peligro. La revisión a la baja de la expansión por parte del FMI afecta a países desarrollados que se enfrentan a cadenas de suministro alteradas y a las economías en vías de desarrollo que padecen un mayor impacto por el Covid-19. En cambio, algunos países no desarrollados y emergentes exportadores de materias primas se beneficiarán de la subida de sus precios.

Al igual que la recuperación de la crisis financiera y recesión de 2007-2011, las variaciones entre las distintas economías complican la adopción de medidas de gobernanza global que, independientemente del Covid-19, el G20 desde su fundación en 1999 ha sido incapaz de consensuar. El FMI prevé que en 2022 el PIB de los países desarrollados estará un 0,9% por encima del nivel anterior a la pandemia. Pero los de la economía internacional (-2,3%), China (-2,1%), países emergentes y en vías de desarrollo (-5.5%) y países más pobres (-6,7%) no habrán logrado ese objetivo. En parte, dicha proyección se basa en la disparidad de los índices de vacunación. Mientras que en los países ricos la tasa de vacunación plena supera el 60% (70% en algunos casos), la de los países en vías de desarrollo es del 20%.

La imposición de restricciones a la actividad económica está perjudicando especialmente a los sectores que exigen contacto entre las personas y desplazando actividades al sector servicios. Por ello, los países con una mayor preponderancia del sector servicios en su PIB (los desarrollados) están creciendo a tasas más altas. La demanda de bienes acumulada y espoleada por la recuperación macroeconómica no puede ser satisfecha por un suministro sometido a restricciones por el Covid-19, de naturaleza logística y por la falta de trabajadores que desempeñen su labor.

El consiguiente repunte de la inflación (previsión de 4,2% en EEUU en 2021) obliga a los bancos centrales a replantearse su política monetaria. Janet Yellen ha declarado que incluso con mediocres incrementos mensuales de empleo en EEUU, la Reserva Federal entre noviembre y mediados del próximo año desactivará su programa de compra de bonos mensual por valor de 120.000 millones de dólares. La Fed quiere acabar con el quantitative easing antes de iniciar la elevación de tipos de interés a finales de 2022. La reunión de la junta de la Fed el 2-3 de noviembre seguramente anunciará el principio de la reducción de compras de bonos del Tesoro. Algunos vaticinan que la supuesta tormenta perfecta provocará estanflación, la combinación de estancamiento o decrecimiento del PIB, inflación y alto desempleo que afligió a las economías occidentales en la década de los setenta. Los bancos centrales son conscientes de que el aumento de tipos durante los setenta convirtió la inicial contracción por el boicot de países árabes a la exportación de su petróleo en recesiones profundas.

La geopolítica energética actual es muy distinta de la de los dos shocks petrolíferos de los setenta. EEUU es el mayor productor de petróleo y gas natural del mundo. Los miembros de la OPEP incrementarán su suministro porque una recesión global les perjudicaría y no quieren incurrir en la ira de la primera potencia exportadora mundial (China), que carece de hidrocarburos y cuya economía se ralentiza (previsión a la baja de un 8,2% para 2021 y 5,5% en 2022) por el estancamiento del consumo y la crisis del sector inmobiliario desatada por el caso Evergrande.

La administración Biden y otros países occidentales con razón no cancelan las sanciones impuestas sobre cargos políticos y militares chinos por la represión de un millón de uigures en Xinjiang y la realización de ciberataques muy graves. Washington asimismo mantiene un arancel del 25% sobre 250.000 millones de exportaciones chinas a pesar de un cumplimiento aceptable de Pekín de los objetivos estipulados en el acuerdo de fase 1 entre ambos países.

El liderazgo chino es responsable de haber esparcido el virus de Wuhan. Si ahora su economía excesivamente dependiente de exportaciones de bienes se resiente, Occidente no debe acudir al rescate. A pesar del histórico acuerdo Aukus, mediante el cual EEUU y el Reino Unido suministrarán tecnología que permitirá a Australia construir submarinos de propulsión nuclear, China se contiene y acudirá a las seguramente inútiles cumbres del COP 26 en Glasgow y G20 en Roma. Joe Biden se empeña en querer aprobar en el Congreso un paquete enorme (ahora pide algo menos de 3,5 billones) de estímulo con ayudas sociales estratosféricas que generarían aún más inflación y falta de trabajadores en muchos sectores.

Una imagen irónica que simboliza el fracaso de la respuesta al Covid-19 en su vertiente económica es la de más de 60 barcos de mercancías anclados frente a las costas de California. Transportan medio millón de contenedores con bienes (muchos chinos) que los estadounidenses desean ya comprar en la recta de consumo que culmina en Navidad.

 Alexandre Muns es profesor de EAE Bisiness School