Alemania en la encrucijada

El pluralismo cada vez más polarizado de las últimas décadas apunta a que las urnas den paso a alguna modalidad de gobierno tripartito centrado

El próximo día 26, Alemania se encuentra con las urnas en unas elecciones de resultado incierto. En los últimos meses, tres partidos han encabezado las encuestas; si bien solo el socialdemócrata (SPD) lo está haciendo con claridad en el momento decisivo: la campaña electoral. Durante la mayor parte del tiempo, no obstante, ha sido el partido de Merkel, la coalición democristiana CDU/CSU, la que ha liderado los sondeos. Los democristianos apenas fueron superados por los verdes en un par de ocasiones: julio de 2019 y mayo de este mismo año. Poco antes de la pandemia, en marzo del 2020, también estuvieron cerca de disputar el liderazgo. Pero ahora, en la recta final, es el SPD el que va en cabeza.

La campaña, con todo, está mostrando una línea clara en lo que concierne a la cancillería: habrá cambio de liderazgo al frente del país, pero sin sorpresa histórica. Desde 1949, la República Federal de Alemania solo ha conocido dos colores en la cancillería: el negro democristiano, partido de gobierno por excelencia, con cancilleres de larga duración como Konrad Adenauer (1949-1963), Helmut Kohl (1982-1998) y la propia Merkel (2005-2021); y el rojo socialdemócrata, que logró interrumpir la prolongada hegemonía democristiana en dos ocasiones, con tres cancilleres: Willy Brandt (1969-1974), Helmut Schmidt (1974-1982) y Gerhard Schröder (1998-2005).

Encuestas en mano y campaña en marcha, pero sin dejar de atender a la historia política de la Alemania contemporánea, el electorado envía un primer mensaje: cambio de liderazgo en la cancillería, pero sin sobresaltos y a favor de Olaf Scholz (SPD). El efecto Scholz está suponiendo un importante trasvase de voto en la Gran Coalición. Para buena parte del electorado satisfecho con Merkel, Scholz encarna un cambio en la continuidad. Si Thatcher pudo decir en su día que su mayor éxito había sido Tony Blair, Merkel podría afirmar en breve lo mismo de Scholz.

A pesar de que los verdes han liderado en dos ocasiones las encuestas, lo cierto es que, desde sus orígenes, el partido ecologista ha tendido a generar tanta simpatía en los sondeos como desconfianza en los resultados a la hora de liderar el país. Ello no le impidió entrar en el Gobierno de Gerhard Schröder en 1998. Pero, a la manera de un reflejo inverso del liberal FDP, ocupó en el sistema de partidos el rol de socio menor del SPD, marcando así el fin de los liberales como partido bisagra sobre el que hasta entonces pivotaban las alternancias.

Sea como sea, la campaña pide con claridad cambio sin sobresaltos. Otra cosa es que al final sea posible. Scholz y el SPD se han aferrado a esa baza y, siguiendo la vieja hipótesis del votante medio, apuestan por liderar su particular discontinuidad en la continuidad. El problema, sin embargo, vendrá el día después, cuando ya no se trate de ganar, sino de formar gobierno.

Aquí es donde la política alemana, antaño paradigma de estabilidad, muestra hoy los límites de sus políticas económicas en sus efectos sociales. Todo lo exitoso que pudiese estar siendo el vicecanciller Scholz en liderar la Gran Coalición después de Merkel, podría no resultar suficiente para gobernar (la Gran Coalición no supera en estos momentos el 45 % en las encuestas). Lejos quedan elecciones como las de 1972, en las que con un 91,1 % de participación, democristianos y socialdemócratas sumaban el 90,7 % de los votos (hasta un 99,1 % si añadimos al FDP).

A partir de aquí se abren las opciones y con ellas distintos escenarios de futuro: si la Gran Coalición lo tiene difícil, las sumas de socialdemócratas con liberales (en torno al 35%) o verdes (en torno al 40%) lo tienen más difícil todavía. El pluralismo cada vez más polarizado de las últimas décadas anima a pensar en alguna modalidad de tripartito centrado. Así, la Gran Coalición ampliada a los liberales (en torno al 55 %) contaría con más opciones de formar gobierno. Los tripartitos alternativos a izquierda (en torno al 45%) y derecha (cerca del 35%) difícilmente sumarían.

Con todo, quedaría aún la coalición semáforo (socialdemócratas, verdes y liberales) próxima al 50% y, por ende, a lo que se conoce como coalición mínima vencedora, esto es, aquella que reparte todo el poder del gobierno entre el menor número de partidos más cerca de la mitad más uno. Esta opción, menos continuista y más problemática, puede interesar al SPD, que se arriesga a ver crecer a los verdes si lideran la oposición.

La política económica del tripartito semáforo se mediría finalmente por combinar rigor presupuestario con lucha frente al cambio climático y por paliar la precariedad de los minijobs. Fácil de decir, pero no tan sencillo de implementar en un escenario donde la polarización presionaría a liberales y socialdemócratas desde filas democristianas y Die Linke haría lo propio con los verdes por la izquierda. El 26 saldremos de dudas.

Raimundo Viejo Viñas es colaborador de OBS Business School