¿Rebote o recuperación? Algunos recordatorios elementales

Para una reactivación sostenible de la economía es necesario invertir, no solo gastar, e imprescindible realizar reformas estructurales

Después de una caída espectacular del PIB en el 2020 y de reducción de empleo (aunque menor, dadas las medidas paliativas adoptadas, pero con riesgo de enquistar empleos no competitivos y empresas zombis), todos los indicadores muestran crecimientos anualizados para el 2021, por encima del 6% e incluso dos puntos más. Los más significativos son los que marcan expectativas de los agentes económicos y de confianza.

En principio, tal crecimiento (que se traslada al empleo) seguirá en 2022, recuperando los niveles previos a la pandemia, a finales de ese año o principios del 2023. A ello contribuye sustancialmente la remontada de la demanda de consumo después de un año de contracción forzada o por motivos precautorios. La tasa de ahorro de las familias se ha incrementado notablemente y su normalización explica, en buena medida, el fenómeno, al que debemos añadir la confianza generada por el éxito del proceso de vacunación.

Por cierto, ¿dónde queda la crítica fácil de los primeros momentos a la Unión Europea, por su supuesta ineficacia frente a otros países como el Reino Unido, Estados Unidos o aquellos que han utilizado vacunas procedentes de China o Rusia? Al final, el porcentaje de vacunados es mayor que en todos esos países y la vuelta a la normalidad parece ya más rápida. Y conviene recordar a todos aquellos que aprovechan cualquier oportunidad para mostrar su euroescepticismo que, sin la Unión Europea y, en particular, sin una Unión Monetaria que nos permite estar bajo el paraguas del Banco Central Europeo, la situación hoy para países como España sería muy distinta y radicalmente peor. Porque, cabe preguntarse quién y a que precios tendríamos que financiar el incremento brutal de gasto, de déficit y de deuda asociada a la respuesta a la crisis pandémica. La respuesta está clara: probablemente estaríamos cerca del default y teniendo que renegociar con instituciones como el Fondo Monetario Internacional cómo pagar nuestras obligaciones y, sobre todo, a cambio de qué.

Así que un primer recordatorio elemental: mucho cuidado con el euroescepticismo, no sea que acabemos descubriendo que sin la Unión Europea bajaríamos muchísimos peldaños como país próspero y fiable.

Obviamente, la pandemia no ha terminado. El impacto de la variable delta nos lo recuerda todos los días, aunque su impacto real en términos de hospitalizaciones, ingresos en UCI, o defunciones tenga poco que ver con olas anteriores, aunque nos muestre la necesidad de acelerar aún más la vacunación de toda la población. Sin embargo, es cierto que la profusión de noticias y titulares centrados en el número de contagios genera alarma y desconfianza y puede acabar afectando significativamente, por ejemplo, al sector turístico, uno de los grandes pilares de nuestra economía y de nuestro empleo. Segundo recordatorio: mucho cuidado con generar alarma excesiva.

En cualquier caso, la pregunta siguiente es obvia: ¿estamos ante una auténtica recuperación sobre bases sólidas que permita su sostenibilidad a medio plazo? O, por el contrario, nos enfrentamos a un lógico rebote que se irá diluyendo en un tiempo relativamente corto, ya que no se sustenta en lo que realmente influye sobre nuestro potencial de crecimiento futuro: el incremento de la productividad de los factores y de nuestra competitividad relativa en un mundo abierto. Y la pregunta nos lleva a otro recordatorio elemental: nuestra dependencia del exterior nos hace particularmente vulnerables a la pérdida de competitividad.

En consecuencia, podemos afirmar que, sin duda, estamos ante un rebote, pero no podemos decir taxativamente que se trata de una recuperación sostenible. Para ello, hace falta invertir y no solo gastar. Los fondos europeos pueden ser de extraordinaria ayuda si se utilizan bien: no son para ganar espacio fiscal y aumentar capacidad de gasto y financiar deuda, sino que deben invertirse en proyectos de futuro que se apoyen en la digitalización y la transición energética y medioambiental. Cuarto recordatorio elemental: nos van a controlar muy de cerca porque a la solidaridad debe responderse con la responsabilidad y con el rigor en el uso de los fondos y el respeto a sus objetivos.

Además, necesitamos un calendario realista pero exigente de vuelta a la consolidación fiscal, para que cuando el BCE deje de comprar masivamente y sin coste nuestra deuda soberana seamos merecedores de la confianza de los mercados internacionales. Ello implica articular consensos en torno a políticas tendentes a reducir déficit (empezando por el estructural que no hemos conseguido superar ni en los buenos momentos, por falta de voluntad política) y no dejar una deuda inasumible para nuestros hijos. Otro recordatorio elemental: la solidaridad intergeneracional es no solo una exigencia de la racionalidad económica y de la sostenibilidad, sino también una demanda ética.

Y, finalmente, un incremento persistente de productividad y de competitividad requiere de mercados competitivos y flexibles y de grandes reformas estructurales, demasiado tiempo preteridas. Hay que profundizar en la reforma laboral (y no cometer el enorme disparate de derogarla), en la reforma educativa (la nueva ley es un claro retroceso en la búsqueda de la excelencia de nuestro capital humano) y del sistema de formación profesional, o en una reforma fiscal que permita incrementar la base impositiva sin aumentar los tipos de gravamen. Evidentemente hay muchas más reformas necesarias. Pero baste el último recordatorio: sin reformas estructurales no solo no podremos mejorar nuestra competitividad sino que perderemos posiciones.

El reto es que logremos una auténtica recuperación sostenible a medio y largo plazo. Sino, podemos caer en la euforia del corto plazo sin pensar, como las cigarras, en el futuro. El nuestro y el de nuestros hijos. Todo bastante elemental. Pero como decía el poeta, muchas veces hay que luchar por lo que es evidente.

Josep Piqué es Director del Máster en Política Exterior de la Universidad Internacional de Valencia, exministro de Industria, Exteriores, de Ciencia y Tecnología y exportavoz del Gobierno