Agenda verde occidental: apuesta excesiva ante las amenazas geoestratégicas

El Green New Deal de la UE y su equivalente de EE UU minarán demasiado la competitividad de sus empresas respecto a las chinas

La actividad humana está provocando el cambio climático. Partes de la Antártida y Groenlandia se derriten y cientos de glaciares han desaparecido. Cada año se funden 750.000 millones de toneladas de hielo. Según el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, en el último siglo la superficie de los océanos ha subido entre 10 y 20 centímetros. El Protocolo de Kyoto de 1997 obligaba a 37 países industrializados a recortar sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en un promedio del 5% en 2012 respecto a los niveles de 1990. En 2017, la UE había logrado reducir dichas emisiones un 20% respecto a 1990, tres años antes del plazo que se había fijado. El Protocolo de Kyoto no exigía ninguna medida a los países emergentes.

En 2019, China fue el mayor emisor de gases de efecto invernadero (27%), seguida de EE UU (11%), India (6,6%), la UE (6,4%), Indonesia (3,4%), Rusia (3%), Brasil (2,8%) y Japón (2%). Las emisiones totales de China se han triplicado en las últimas tres décadas y sus irradiaciones per cápita se han triplicado en dos décadas. En China siguen operando más de la mitad (1.058) de las minas de carbón del mundo.

A finales de 2020, el informe Emissions Gap Report de la ONU concluyó que durante la última década las emisiones de GEI de EE UU han disminuido sin cesar (0,4% anualmente) mientras que las de China, India y Rusia crecen. El presidente Joe Biden ha convertido la lucha contra el cambio climático en uno de los ejes fundamentales de su política interior y exterior. El paquete de inversión en infraestructuras de billones de dólares que desea apruebe el Congreso financia el despliegue de más energías renovables y la investigación, innovación y formación necesaria para crear millones de empleos en tecnologías verdes.

Teniendo en cuenta el sacrificio ya realizado por los países occidentales y la pasividad de China y otros países emergentes, el Green New Deal de la UE y su equivalente de EE UU minarán demasiado la competitividad de sus empresas. Después de décadas de necesitar importar hidrocarburos de países árabes, en 2019, EE UU, por primera vez desde 1957, produjo más energía primaria (petróleo, gas natural, carbón, biocombustibles, electricidad) de la que consumió. En 2020 fue un exportador neto de petróleo. Gracias a la revolución del esquisto es el primer productor mundial de petróleo y gas natural. No depende de países hostiles, puede imponer sanciones a dictaduras de las que importaba hidrocarburos y se abarata el coste de la energía para sus empresas y ciudadanos.

Esta autosuficiencia de EE UU contrasta con la creciente dependencia de la UE de energía importada, que en 2019 alcanzó el 60,9%. Las cifras del informe de Eurostat Producción de energía e importaciones del pasado junio revelan que en el periodo 2009-2019 la producción de energía primaria en la UE decreció un 6,9%. En dicha década los descensos de generación de gas natural (49%), petróleo sin refinar (34%) y energía nuclear (7%) fueron sustanciales. El porcentaje de gas natural suministrado por Rusia a la UE ascendió del 26,9% al 34,3% de 2009 a 2019, el de petróleo sin refinar retrocedió del 33% al 26% y el de carbón duro se situó en 43%.

La apuesta medioambiental de la UE se plasma en un incremento entre 2009 y 2019 del 48% en la producción de energía renovable. Pero no la generan los sectores más conocidos. De la aportación del 36% de las renovables al total de producción energética de la UE en 2019, el 58% procedió de la bioenergía/biomasa, el 14% de la eólica, el 12% de la hidroeléctrica y las mareas y el 6,7% de la solar.

La UE se ha impuesto los objetivos legalmente vinculantes de alcanzar la neutralidad climática en 2050 y de disminuir sus emisiones de GEI un 55% en 2030. Sin un esfuerzo similar de los emergentes, la UE elevará su dependencia de Rusia y un pequeño grupo de países en el suministro de hidrocarburos y carbón y financiará a gran coste para consumidores y empresas la contribución de unas renovables que no compensan el declive de los hidrocarburos y energía nuclear propios.

Esta preocupante dinámica se produce en un contexto de ausencia de liderazgo en las principales economías de la UE. Angela Merkel será sustituida por una coalición que seguramente liderará su CDU pero integrará a los Verdes y el partido liberal o socialdemócrata después de las elecciones del 26 de septiembre. La reelección de Emmanuel Macron en 2022 no está asegurada. Mario Draghi encabeza en Italia un frágil gobierno de unidad nacional.

En los últimos meses se han multiplicado los ciberataques y hacks auspiciados o dirigidos por Rusia y China. El grupo Nobelium, vinculado a Rusia, paralizó el mayor gaseoducto de EE UU a finales de mayo. Pocos días después, DarkSide, protagonista junto al SVR (servicio de inteligencia exterior ruso) del ciberataque de 2020 contra SolarWinds, intentó penetrar las redes de ministerios y ONG de EE UU. El 20 de julio, la OTAN, EE UU, Canadá, el Reino Unido, Japón, Australia, Nueva Zelanda y la UE acusaron al Ministerio de Seguridad chino de emprender un ciberataque contra los servidores de email de Microsoft. Dicho hack ha dejado vulnerables los servidores de email de 30.000 organizaciones en EE UU y cientos de miles alrededor del mundo.

El presidente Biden advierte que los ciberataques de China y Rusia hacen que un conflicto armado sea más probable. China y Rusia mantienen en el poder a los autócratas peligrosos de Venezuela y Corea del Norte. Pekín amedrenta a Taiwán y los países con aguas en el mar de China meridional. Ha encerrado a un millón de uigures en campos de reeducación y suprimido las libertades de Hong Kong. Los políticos europeos deben abandonar utopías verdes y centrarse en nuestras verdaderas amenazas.

Alexandre Muns Rubiol es profesor de EAE Business School