La meritocracia es un mito, a pesar de la Revolución Francesa

Un libro sostiene que la nueva aristocracia transmite sus privilegios a sus hijos, pero bajo una apariencia de justicia

En el siglo XVIII, los revolucionarios franceses derrocaron violentamente siglos de privilegios feudales al declarar que todos los hombres debían ser iguales y todas las profesiones debían estar abiertas al talento. Según Adrian Wooldridge, de The Economist, los miembros de la élite capitalista actual que acuden al Foro Económico Mundial están dando marcha atrás al reloj. El nuevo tipo de aristocracia es igual de no inclusiva, pero aún menos apologética.

El libro de Wooldridge The Aristocracy of Talent: How Meritocracy Made the Modern World (La aristocracia del talento: cómo la meritocracia creó el mundo moderno) sostiene que la inteligencia bruta es la cualidad que define la era moderna, a caballo entre Oriente y Occidente, y alimentada por la creencia meritocrática de que los más brillantes deben llegar a la cima. Sin embargo, este sistema aparentemente razonable tiene un fallo. Una proporción cada vez mayor de las grandes fortunas está en manos de personas con una capacidad cerebral superior o con grandes títulos, que utilizan su riqueza y su poder para que sus hijos vayan a las mejores escuelas del mundo.

El hombre más rico del mundo, el fundador de Amazon, Jeff Bezos, se graduó summa cum laude en Princeton. Seis de los siete grandes oligarcas rusos de los noventa se licenciaron en matemáticas, física o finanzas. Los primeros ministros Boris Johnson y David Cameron se graduaron en la escuela más conocida de Gran Bretaña, el Eton College.

Muy bien. Pero como una educación de primera categoría se convierte en el requisito esencial para el mejor trabajo, los ricos pueden comprar privilegios educativos para sus hijos. Los ejecutivos, los abogados y los banqueros consideran su éxito, y el de sus hijos, como una prueba clara de superioridad intelectual. A Wooldridge le preocupa que una nueva aristocracia esté haciendo lo que hacen las aristocracias, es decir, transmitir sus privilegios a sus hijos, pero bajo una apariencia meritocrática y educativa que hace más difícil que los desposeídos se lamenten de su suerte.

Las estadísticas son desalentadoras. Exceptuando un breve periodo de éxito en los años de la posguerra, la escolarización universal parece haber fracasado en su misión de fomentar el progreso con independencia del origen social. Gran Bretaña, que sigue aferrándose a un sistema dual de escuelas estatales gratuitas y escuelas caras, es un ejemplo de ello. Eton o Rugby, cuyas tasas anuales superan fácilmente los 25.000 dólares, solo acogen al 7% de la población estudiantil del país. Esos alumnos consiguen la mitad de las plazas disponibles en las principales universidades británicas, Oxford y Cambridge.

Esta situación se repite en otros países. En EE UU, 38 universidades de élite tienen ahora más alumnos del 1% de la población más rica que del 60% más pobre. En Harvard, la renta media de los padres es de 370.000 euros. China, donde en el siglo XVII 2,5 millones de ciudadanos se presentaban a un exigente examen nacional para convertirse en mandarín imperial, mantiene ese enfoque con la rigurosa prueba de acceso a la universidad gaokao, a la que se presentan más de 10 millones cada año. Pero los niños de las aldeas o los estudiantes cuyos padres no pueden permitirse una tutoría adicional tienen menos posibilidades.

Es aconsejable algún tipo de prueba para seleccionar a los más brillantes. En el nivel terciario, las cosas al menos han evolucionado desde 1837, cuando al futuro décimo conde de Wemyss solo se le preguntó por la salud de su padre en su exitosa entrevista para una plaza en el Christ Church de Oxford. Pero teniendo en cuenta el alcance del músculo financiero para dar a los hijos acceso a las escuelas que pueden hacer mucho más probable la entrada en Oxbridge, es ingenuo pensar que todo ha cambiado.

El incesante ascenso de las élites intelectuales, a expensas de la población menos acomodada o educada, ha tenido consecuencias tangibles. La elección de Donald Trump, el Brexit y el auge de los movimientos populistas en Europa son, en parte, una revuelta de los que se han quedado atrás. En Italia, el Movimiento 5 Estrellas hizo una exitosa campaña contra líderes “competentes” a los que culpó del estancamiento económico del país. Wooldridge dice que la revuelta cultural contra una élite cognitiva “sabelotodo” ha superado otros tipos de resentimiento de clase. El cierre por parte del presidente francés Emmanuel Macron de la École Nationale d’Administration, que formó a generaciones de presidentes y ministros, es un ejemplo: fue en parte una respuesta a las protestas de meses del movimiento de los chalecos amarillos.

La mayor parte del libro de Wooldridge trata de diagnosticar este problema. Pero hace algunas sugerencias útiles. Según él, las escuelas caras británicas deberían aumentar masivamente el número de becas. A pesar de gozar de un estatus sin ánimo de lucro, y de las exenciones fiscales que conlleva, solo el 1% de sus alumnos tuvieron todas las tasas pagadas en 2019. La mitad de sus plazas deberían ir, en cambio, a estudiantes brillantes que no pueden pagar, argumenta el autor.

Algunas de las ideas de Singapur también pueden ser dignas de robarse. El país pide a los estudiantes brillantes que devuelvan las becas públicas para estudiar en el extranjero sirviendo en un cargo público antes de irse a hacerse millonarios. También selecciona a los profesores entre el tercio superior de cada clase, para garantizar un alto nivel.

Puede que la meritocracia como sistema no tenga arreglo, porque por definición crea a quienes no solo salen perdiendo, sino que sienten que es su culpa. Para mantener su omnipresencia, los Gobiernos tendrán que gravar las herencias o encontrar alguna forma de hacer que la educación sea menos un club de élite.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías