Renovación empresarial y financiación

Se quiere montar la estrategia a partir del dinero europeo y no al revés, como ilustra el ejemplo de que Airbnb no se inventara en España

La pandemia ha dado muchos bofetones y golpes al mundo empresarial. Para muchos, ha sido el fin de su negocio. Para otros, un golpe que los tiene en el alambre. Algunos, sin embargo, han sabido reinventarse. Sin excesivos alardes, fundamentalmente obligándose a ofrecer formas de servicio, de provisión y distribución que hasta ahora no habían contemplado.

Cierto es que para muchos no ha habido opción. Hay un compás de espera en relación con lo que pueda suceder con variables clave como tipos de interés o inflación. Más tensión monetaria y empresarial de la aparente. Las cosas aún pueden complicarse en algunas esferas, porque la primera parte del año está trayendo tensiones en algunos mercados de deuda y muchas empresas a las que se presuponía largo recorrido están empezando a ver cómo los fondos escasean. En todo caso, a una escala más modesta y local (como en el caso de España), la banca está teniendo un papel esencial para mantener la financiación junto a las iniciativas públicas que, siendo importantes, necesitan más recorrido.

No obstante, en el mundo empresarial, ha habido un shock en las ideas y en el ánimo que aún no ha terminado. No va a acabar con el proceso de vacunación. Hay una transformación en ciernes que viene impulsada por la digitalización y, en algunos casos, por la obligación de una mayor sostenibilidad ambiental, pero con otras fuerzas que vienen de más atrás. Hará falta financiación. Inicialmente puede ser pública pero siempre tendrá que estar presente la privada, y la bancaria va a ser crucial. El reto es, en todo caso, de grandes dimensiones: un deterioro en la competitividad y de cambios en la demanda impulsados por el envejecimiento de la población y la falta de pujanza de algunas industrias tradicionales en la economía abierta del siglo XXI.

En este marco de cambio y de no poco estupor, algunos quieren mirar a Asia y, en particular, a China como la referencia. Puede que no les falte razón porque allí los problemas de competitividad y de envejecimiento poblacional son más testimoniales. Eso sí, está pendiente, dentro de un juego geoestratégico tecnológico y político mucho más agresivo y peligroso de lo que percibimos, decidir cómo va a ser el mundo en lo que queda de siglo. Puede que acabe siendo más fracturado y confuso de lo que nos gustaría.

Es un debate que va desde un nuevo humanismo hasta la refundación de los modelos imperantes. Ahora ya no se rehúye tanto, ni en política ni en el mundo empresarial, la idea de refundar el capitalismo. No para sustituirlo sino para dotarlo de mimbres más compatibles con los retos de la sociedad actual. Aunque China y otros emergentes tengan mucho que decir, sin duda los viejos jugadores europeos y estadounidenses han sido los que han fijado reglas compatibles con modelos sociales más libres, y tendrán la obligación de liderar la parte intelectual y más humana de ese cambio y que sus empresas lo presenten.

Que puedan hacerlo está por ver. Son precisamente los emergentes los que gozan también de más pujanza financiera. No obstante, algunas ideas que han sorprendido del binomio Joe Biden-Janet Yellen parecen ofrecer una esperanza para el cambio. En parte, retomando el diálogo sobre el papel de la empresa en la sostenibilidad ambiental. Pero, sobre todo, con la idea de un impuesto mínimo global a las multinacionales. Mucho se ha discutido sobre este tipo de nuevas posibilidades fiscales. Siempre se ha afirmado que solo una iniciativa suficientemente amplia a escala internacional podría tener recorrido. Que esta la lidere Estados Unidos ofrece alguna esperanza. Más cuando son otros países, entre ellos España, los que podrían beneficiarse en mayor medida.

A la empresa española le afecta de forma muy considerable todo el reto de renovación empresarial. En primer lugar, porque algunos de los defectos que mermaban su competitividad (falta de tamaño, escasa diversificación e innovación relativamente reducida) siguen ahí. Cuando no hay liderazgo en el mundo intangible (no hay big tech alguna en Europa) es necesario competir en procesos y en distribución, pero, sobre todo, no abandonar el terreno de las ideas y la capacidad de innovar. Desafortunadamente, procesos como el Covid-19 y una gestión llena de problemas en el proceso de vacunación revelan las dificultades para que la Unión Europea pueda liderar proceso alguno de innovación, aun cuando cuenta con el tamaño y capital humano para ello.

Falta una inversión en innovación aplicada a escala comunitaria que es aún más urgente en países como España. Siendo una de las potencias mundiales en turismo, como señalaba un colega hace unos días, sorprende que no hayamos sido nosotros los que inventáramos Airbnb. Se trata de un enganche entre retos (digitalización, productividad), innovación y ciencia (trasladar investigación básica a la aplicada) e inversión (apuesta decidida presupuestaria) que no puede depender solo de la llegada de los fondos Next Generation EU.

Que no se haga casi nada en esta dirección a la espera de esa financiación –que, además, se retrasa– ilustra que se quiere montar la estrategia a partir del dinero en lugar de al revés. En todo caso, sigue habiendo una oportunidad, porque el sector privado ha orientado y ayudado a la proposición de proyectos tractores más o menos integrados que podrían hacer que estos fondos fueran el comienzo de algo. Y el sector bancario debe tener un papel central para mantener los flujos de fondos y, de este modo, los cambios en la estructura productiva.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de Economía de la Universidad de Granada, director de estudios financieros de Funcas y colaborador de Cunef y Francisco Rodríguez Fernández es catedrático de Economía de la Universidad de Granada, investigador sénior de Funcas y colaborador de Cunef