El efecto ‘Avatar’ de la pandemia

El teletrabajo en España es un arma poderosa para que las personas con discapacidad puedan trabajar desde sus casas

La batalla contra el Covid-19 ha dejado aprendizajes inesperados. Entre los principales, entender que hoy ya no existen barreras físicas para aprovechar todo el talento disponible. Surge la cultura inclusiva como un invitado inesperado. Como tantas veces, el cine ya lo había anticipado hace 11 años.

Hace poco, en España, se ha dado uno de esos aniversarios de los cuales no hay casi nada que celebrar. No es ni la conmemoración de una victoria, ni un cumpleaños ni nada que nos haga recordar un hecho memorable. Ha sido el aniversario del confinamiento: 14 de marzo de 2020. Ese día los españoles escuchábamos atónitos como el Gobierno ordenaba recluirnos en nuestras casas, al mejor estilo Edad Media. En esa semana, el 90% de las empresas de servicios lanzaban planes de contingencia para enviar a sus empleados a casa. Allí los esperaría la experiencia del teletrabajo masivo: se compraron/alquilaron portátiles; se adaptaron los sistemas; e, incluso, se empezaron a pilotar herramientas que permitieran la comunicación en remoto.

En este contexto volvimos al 2D, a lo que llaman en el telediario el plano medio, que supone aparecer de cintura para arriba en una televisión. Todos tenemos el mismo color en la pantalla, o si no ajustamos brillo, contrastes o tonos. No hay escaleras que subir ni distancias que recorrer. Todo está ahí, a cuarenta centímetros de nuestros ojos. Nos damos cuenta de que en este espacio la diversidad, entendida como personas con diferentes formas de ver la vida, conocimientos o capacidades cobra su auténtico valor. No hay sesgos. Es este concepto de diversidad el que proporciona a las organizaciones alas competitivas. Es obligado reflexionar hasta qué punto el teletrabajo en España es una medida puntual o realmente puede ser un arma poderosa, que proporcione ventajas a las empresas además de mejorar la calidad de vida de las personas que conforman esos tejidos vivos que son las organizaciones.

Para quienes aún les cueste imaginárselo, James Cameron, reflejó hace ya más de una década el valor de la diversidad. Lo hizo en la película de culto Avatar que fue nominada a nueve Oscar. En esta película, además de mostrarnos el poder de la diversidad de razas, nos muestra cómo una persona con una discapacidad, que dependía de una silla de ruedas para su movilidad, se le da la oportunidad de pilotar un avatar (¿teletrabajar?). Es decir, Cameron nos anticipó que, si a esta persona se le permite trabajar con su capacidad, su inteligencia y su perspectiva desde un entorno adaptado podrá aportar una visión y experiencia de vida únicas para el bien de la organización.

Volvamos a la realidad. Según la Fundación Adecco, 3 de cada 4 jóvenes con discapacidad no tienen trabajo y lo peor de todo es que ya han dejado de buscarlo. Una de las principales causas es la barrera física. Se le suman: problemas de movilidad, problemas de accesibilidad a las empresas, costes de adaptación de los sistemas de las empresas a personas con discapacidad, entre muchos otros. Un dato demoledor que deberá quedarse para los estudiosos de la pre-pandemia. Ahora bien, la no presencialidad que aprendimos a valorar de la mano de la pandemia nos permite mirar mucho más allá. ¿Qué pasaría si ofrecemos a estos jóvenes la opción de trabajar desde sus casas, en entornos que ya están especialmente adaptados para ellos?

Animémonos a entender el teletrabajo como una oportunidad para potenciar el acceso de todos estos jóvenes al mercado laboral. El problema hoy es que muchas de las empresas que se adhieren lo hacen justamente y exclusivamente por motivos económicos, pero no porque consideren que pueden crear un valor diferencial a través de la diversidad. Existe hoy una Ley General de Discapacidad (la antigua LISMI), pero no funciona. No vayamos a la caza del subsidio, sino a la caza del talento aprovechando el conocimiento de estas personas, su experiencia y su visión creando un valor diferencial en un mundo que, hoy, premia la innovación, la agilidad, la adaptabilidad. Este equipo humano estará altamente motivado para afrontar cualquier desafío. Esto no solo favorecerá el éxito de nuestros proyectos. Además, aumentará el compromiso de nuestros trabajadores, al sentir que su empresa desarrolla una cultura inclusiva con aquellos que por circunstancias de la vida no pueden tener las mismas facilidades que el resto.

Tampoco olvidemos el efecto que esta estrategia tendrá en nuestros proveedores, colaboradores y clientes, mostrándonos como una empresa humana, dinámica y orientada a las personas. No debemos olvidar, que otra parte importante de tener una cultura inclusiva no es solo contar con personas con discapacidad, sino tener un plan de carrera que fomente que este equipo humano pueda alcanzar puestos directivos. Según el indicador de diversidad de red Acoge, menos de un 0,21% de los puestos directivos están ocupados por personas con discapacidad. Esto se debe probablemente a que más del 61% de las empresas no tiene ningún mecanismo para la detección del talento ni la generación de planes de carrera para este colectivo.

La experiencia de la pandemia puede ser el motor para acelerar la cultura inclusiva en las empresas. Animarnos a aprovecharlo nos puede abrir las puertas de la diversidad, incluyendo a colectivos que antes lo tenían muy difícil por no decir imposible. También así nuestras organizaciones podrán reparar en la sociedad parte del daño que la pandemia ha causado a muchos grupos desfavorecidos.

Despertemos: entendamos la discapacidad como nuestra incapacidad para entender que todos tenemos capacidades diferentes.

 Óscar Velasco es Socio de la Consultora Olivia