Inflación...ir asumiendo lo que ya se va descontando

Cada período necesita unas políticas monetarias concretas y no acostumbrarse a los estímulos cuando dejan de ser necesarios

Los mercados llevan mucho tiempo descontando que todo va a ir a mejor en el futuro, fundamentalmente asumiendo el buen efecto de las vacunas y los estímulos desbloqueados, hasta el punto de acabar interiorizando que todo va a mejor ya actualmente, cuando el presente no sea quizás tan brillante. Como el que ahorra para comprarse un coche y se lo entregan desde ya, pero sin tener que financiarse, solo porque el concesionario, también imbuido de todo este positivismo, le dijera al soñador que lo fuera disfrutando desde ya y confiando, sin el más mínimo resquicio de duda, en que ya pagará más tarde. Es decir, que todo tiene que ir a mejor, no solo porque estén los gobiernos y bancos centrales dándole a la manivela, sino, también, porque hay muchos profesionales trabajando en pasar página de este mal libro, y muchos de nosotros aplicando la responsabilidad necesaria a nuestros actos. Y que en base a eso, nos entre tal convencimiento basado en las ganas que tenemos de volver a la normalidad, que provoque decisiones y actuaciones algo insensatas, y que a la postre, nos puedan traer efectos no tan deseados.

Asistíamos la semana pasada a una batería de datos macroeconómicos realmente buenos, tanto en Europa como en Estados Unidos, y esto justifica hasta cierto punto que seamos positivos. Lo que ocurre es que, con tanto deseo de dejar todo esto atrás, aflora esa inflación al alza esperada que va descontando las rentabilidades de los activos libres de riesgo, los bonos soberanos y, por ende, los tipos de interés y, a este paso, toda rentabilidad que ha de ofrecer cualquier activo para ser atractivo para los inversores. Y, en este camino de adaptación a esa normalidad acompañada de una esperada euforia inicial en actividad y consumo, se pueden crear inestabilidades en los mercados propias de lo exagerado, veloz y profundo de este movimiento al alza en rentabilidades ligado a este esperado incremento de los precios. Y aquí llega la cuestión de importancia detrás de todo esto, el saber cómo se maneja a la vez una situación en la que gobiernos y bancos centrales tienen que seguir persiguiendo el crecimiento en un contexto de necesarias ayudas como el actual, con una inflación que ya va causando preocupaciones.

Los bancos centrales, históricamente, han tenido dificultades en manejarse en situaciones así, las que surgen del hecho de no poder cesar en su apoyo a las economías a través de estímulos, a la vez que ven cómo el movimiento en precios podría acabar necesitando, precisamente, de lo contrario, de algo más de restricción, y no expansión, monetaria. En este sentido, hizo bien la Fed en cambiar su discurso de inflación objetivo para pasar a perseguir un nivel de precios en media, dejando saber a los mercados que, aunque supere ese nivel objetivo histórico del 2%, ese hecho no tendría por qué venir aparejado de una reducción de compras en su programa de Quantitative Easing (tapering) o de otras medidas más propias de una situación macro-económica contrastadamente mejor.

Pero, visto lo visto, será quizá momento de ir relajando las perspectivas de que tengamos liquidez abundante y creciente ad infinitum, y de que vayamos pasando a un estadio que se vaya acomodando a una situación en la que presupongamos que la economía y los mercados no necesiten de tanto estímulo, y puedan comportarse acorde a una situación real en que se desenvuelvan de manera más emancipada, si puede decirse. Para esto, los mercados tienen que demostrar una madurez que no sabemos si tienen.

Ya hemos visto la semana pasada cómo muchos han señalado a Powell, tras sus intervenciones en el Capitolio, por no desarrollar lo suficiente esos esperados mensajes de apoyo y cuidado de la parte larga de la curva de tipos, y las reacciones del jueves hablaron por sí mismas, con incrementos de rentabilidades en bonos que no veíamos desde hace tiempo. Pero, o la vida económico-financiera se hace más independiente de los bancos centrales, sabiendo que no es el momento actual el que requiere de esa independencia, o hay que asumir que una economía adormecida y tan bien acostumbrada no va a traernos algo positivo en el largo plazo.

La situación se deberá de ir moviendo entre ambos escenarios por tanto. Aún vivimos un presente que no se parece al futuro de normalidad que ansiamos, un presente que hay que cuidar, entre otras cosas manteniendo algunos de los necesarios estímulos. Al mismo tiempo, desde ya, empezamos a ver los efectos de ese prometedor futuro, que deberá hacer ir pensando a los promotores de estos estímulos, sobre todo de los monetarios, que tienen que acoplarse a una situación en la que esa liquidez adicional podrá no ser aconsejable si la economía va necesitándola menos. Dicho esto, esos promotores, los bancos centrales, deberán ir teniendo mucho cuidado con ajustar los mensajes de forma y manera que el principal receptor, el mercado, los pueda asumir sin castigar.

Es una necesidad para todos entender que cada período necesita de unas políticas monetarias y fiscales determinadas, y no hacer costumbre de que estas estén en continua disposición de los agentes de mercado aun sin ser necesarias. De lógica es convencerse de que el crecimiento y desarrollo de las capacidades en general dependen en gran parte de prepararse para lo que hay que hacer y no se nos da hecho. Casi todo en exceso es malo, también los excesos en cuidar y proteger, porque no desarrollan las capacidades de cuidarnos por nosotros mismos, y esto va íntimamente ligado con progresar.

Jesús Sáez Responsable de Mercado de Capitales de Deuda para Iberia en Natixis