Los retos económicos de Cataluña

La tarea del nuevo Gobierno autonómico es recuperar la confianza, y para ello hay que optar entre realismo y aventuras

Más allá del soportable ruido político en torno a Cataluña, en ocasiones mero vociferío vacuo y martilleante, lo que muchos tienen que plantearse verdaderamente es un soniquete nuevo, distinto, que en el fondo late en el subconsciente de muchos, ¿está Cataluña económica y socialmente mejor que hace una década? Y si no lo está, ¿cuáles son las verdaderas causas de esta situación y cuál la radiografía fidedigna de los por qués? Y la pregunta definitiva, ¿cómo ha influido la política en la economía en la región?

Ciertamente la crisis económica como resultado de la pandemia y la debacle comercial y empresarial que trae es un espejo en el que toda España se está mirando y obteniendo una imagen compleja y extremamente difícil, angosta. Por mucho que desde Bruselas se avance en los últimos días que España será el país donde se produzca el mayor crecimiento, toda vez que también ha sido uno donde ha habido una mayor caída, alertando además del enorme problema de crisis de insolvencia empresariales que son ya una realidad. ¿Son viables muchas empresas ahora mismo por mucho que se paralicen las solicitudes concursales como medida de choque desde el 14 de marzo del año pasado?

Mas no nos engañemos, los datos son los que son, en PIB, en crecimiento, en deuda, en caída de inversiones, en desempleo, y la pregunta que todos nos queremos hacer es simple: ¿ha influido el procés en la situación económica catalana?, ¿qué hay de cierto en esa soterrada pero constante afirmación de que Cataluña vive una cierta decadencia económica empresarial después de la euforia de los juegos Olímpicos de hace casi tres décadas?

Nada es más volátil y quebradizo que la confianza de un inversor. Emulando el viejo aforismo atribuido a Friedman, (¡¡quién sabe!!), de que nada es más cobarde que un millón de dólares. Pero sí es cierto que las inversiones se han resentido extraordinariamente. El rumbo de colisión de los últimos gobiernos y los últimos años han llevado a que el capital se retraiga. Sin inversión no hay crecimiento. Los estímulos flaquean, los incentivos decrecen, el consumo cae, las exportaciones se debilitan, máxime siendo Cataluña el motor y pulmón exportador de España. Y el endeudamiento se dispara.

Todos sabemos que en los momentos de máxima tensión soberanista se aprobó de forma exprés, pero se aprobó en definitiva, una reforma que permitía trasladar el domicilio social de las empresas a otras comunidades con extrema facilidad y sin necesidad de convocatoria de una junta general. No se trasladaron de las miles –se estima que entre cinco y seis mil empresas– los centros de trabajo, de producción o fabriles, pero sí sus órganos de dirección o consejos, incluso de algunas punteras, de las pocas ya, entidades financieras. Quizá fue solo un formalismo necesario o impuesto, pero sí supuso un golpe de efecto y un aviso muy duro de lo que podía acabar sucediendo. Otros empresarios, más pequeños sobre todo, sí cerraron y trasladaron sus establecimientos fuera de la región. Sería bueno conocer qué tanto por ciento del ahorro generado y conservado en Cataluña migró fuera, incluso al extranjero. Y es que, en épocas de crisis y de vaivenes, el dinero escapa también. Como aquél millón de euros.

Pero cuándo empezó esa percepción de que algo se estaba erosionando, con los planteamientos más extremos soberanistas o cuándo un expresident presentó al presidente del gobierno una reivindicación de un cupo vasco pero a la catalana, sin contar, obviamente con el resto de comunidades ni consejos fiscales. Pero, ¿por qué la presión fiscal es más alta, sino la más alta, de las comunidades autónomas en estos momentos? Indudablemente cuesta más financiarse y obtener recursos, sobre todo si la percepción de riesgo y el valor de la deuda es deficiente o bajo.

No hace muchos años las alarmas saltaban en el gasto sanitario y el pago a las farmacias. No valoramos la eficiencia o no del gasto, porque esta asignatura es algo que todas las administraciones deben plantearse objetivamente, pero aunado a un marco de poco crecimiento, de endeudamiento, de retroceso en la captación de inversiones, sin dinero, no se puede gastar y si el brazo ejecutor de las entidades públicas falla, se erosiona una parte clave de la economía. Mucha, la mayoría de la deuda pública catalana, está ahora mismo asociada y vinculada al FLA. Revertirlo, aunque siempre pueden llegar concesiones o condonaciones extra, será complejo si no hay crecimiento. La deuda catalana se aproxima a los 80.000 millones, un 33% de su PIB.

Los últimos datos del PIB aproximan a esta comunidad con la de Madrid. Ambas están ya en el 19%, incluso superada por Madrid por vez primera. Los efectos son claros, las consecuencias también. Falta fuerza, y ello viene, en buena medida, por esa quiebra en la confianza, en la capacidad de atracción de inversiones sobre todo desde el exterior. En la amenaza global, que no solo está ahora mismo en esa región de pérdida de peso industrial y de cierre de grandes factorías que se deslocalizan a otros países o lugares.

Finalmente no podemos dejar de lado el peso e impacto que como consecuencia de la pandemia ha supuesto la caída del turismo y los servicios.

Cataluña es una región rica, muy rica, con un PIB de 31.110 euros por habitante, la media de España apenas sobrepasa los 23.600. Con el tejido industrial y empresarial, comercial y de servicios, con el potencial de turismo, su internacionalización, el apostar por sectores vibrantes, sobre todo tecnológicos, tienen basamento y mimbres para un crecimiento y situarse como líder de exportaciones nuevamente. Solo hace falta una cosa, un elemento axial al nuevo gobierno; confianza. Y esta, perdida o erosionada, no se recupera de un día para otro. La política, como la soberbia, la rompen y quiebran, más si la sociedad se deja arrastrar. Restañarla es la primera pieza de un edificio complejo y un reto hercúleo. Como también romper con tabúes que no son ciertos. Ese es el reto del próximo gobierno. O realismo o aventuras.

 Abel Veiga es Profesor y Decano de la Facultad de Derecho de Comillas ICADE