Llega la 'Bidenomics'

Los demócratas no son una pera en dulce en las relaciones trasatlánticas: no nos hagamos ilusiones, no somos su prioridad

Donald Trump acaba de hacer mutis por el foro, con una actitud que presagia agitación en el Partido Republicano y una voluntad de revancha, apenas velada en la expresión: “volveremos de alguna manera”. Entre sus huellas queda el abandono de grandes acuerdos internacionales, la puesta en causa del libre cambio, su mal estilo respecto a la OTAN, la retirada de la Unesco, en definitiva, tantas y tantas decisiones para dar cuerpo al American First.

Su mandato ha estado jalonado por actitudes que perseguían reconfortar la pérdida de identidad que acompaña a millones de estadounidenses, golpeados por el paro y el populismo. Trump les ha liderado hasta la extenuación, mientras miraba por el retrovisor el asentamiento de potencias rivales, China y Rusia, aderezando su chauvinismo con apelaciones al miedo, hasta los límites del catastrofismo. Flujos migratorios y déficit comercial, coordenadas que dibujaron el imaginario de un país a la defensiva.

Y llegó la era de Biden, escoltado por su vicepresidenta, a quien se mira como la que está a la espera de una próxima oportunidad. Pero el nuevo presidente no ha llegado a un plácido balneario, sino a un país tensionado y preocupado, herido como el que más por la pandemia, agravada por negacionismos extravagantes y políticas a remolque de hechos inquietantes.

En esta perspectiva, la herramienta más esperada del build back better, es el bazuka económico de la nueva administración, que va precedido de una avanzadilla destinada a cheques-familia y a ayudas a entes locales y Estados, junto con otras medidas menores. Una subida del salario mínimo ha sido también contemplado, en una economía que ha sufrido, pero menos que la europea. Debería recordarse que en EEUU el Estado del Bienestar brilla por su ausencia, por lo que el refuerzo de los más débiles es imprescindible.

La filosofía que inspira la aplicación del grueso de los fondos que Biden inyectará en la economía, puede intuirse al hilo de sus nombramientos: Yanet Yellen, antigua presidenta de la Reserva Federal; Neera Tanden, luchadora por la igualdad; Jared Bernstein, alabado por Krugman. Aroma a keynesianismo de centro izquierda, que envolverá un conjunto de decisiones que recordará al plan Marshall, con una ambición contracíclica explícita, y que habrá de vadear los riesgos de empantanarse en los utópicos mundos de la llamada teoría monetaria moderna, para la que accionar la manivela de creación de billetes es el nuevo Santo Grial.

La inversión va a ser clave, como no podía ser de otro modo: transición energética, implicando al sector público y al privado; impulso a la inteligencia artificial y a lo digital; reconstrucción de infraestructuras, muy dañadas o mal mantenidas, como las carreteras. Cosas previsibles, en un marco de notable coherencia, que tratará de engrasar con alguna forma de devaluación competitiva del dólar. Porque no pocos problemas son los mismos a los que se enfrentó Trump, como el de defender eficazmente el empleo industrial dentro del país, el made in America. Sin embargo, Biden no va hacia una guerra comercial, sino que más bien utilizará, como herramienta de vanguardia, las compras del gobierno federal. En este sentido, solo tendría que remozar la Buy American Act –¡de 1933!–, que obliga a las agencias del gobierno a proveerse prioritariamente en suelo americano, aún a riesgo del incremento de costes. En esto, como en otros aspectos de su programa, Biden da un volantazo proteccionista, más allá de lo que venía siendo tradicional en su partido.

La fiscalidad al servicio de su plan de relanzamiento, tocará al alza la imposición a las sociedades y, particularmente, los beneficios obtenidos en el extranjero. Las familias también lo notarán, sobre todo si ganan más de un millón de dólares, mientras que dividendos y plusvalías se llevarán al mismo terreno que el resto de rentas. Y como quiere volver sobre el grave problema de la atención sanitaria, tratará de imponer un gravamen sobre salarios anuales superiores a 400.000 dólares, para financiar un seguro de enfermedad. Bueno, esto son las intenciones, que habrán de pasar por el tamiz de las negociaciones en las Cámaras, aunque Biden se cuidará de guardar los delicados equilibrios que ha prometido a las clases medias.

En la UE, el mandato Biden-Harris es esperado para “construir juntos un nuevo pacto”, en palabras de Charles Michel, pero es sabido que –aunque librarse de Trump sea mejor que no hacerlo– los demócratas no son una pera en dulce en las relaciones trasatlánticas. No nos hagamos ilusiones, no somos su prioridad, por más que vuelva al multilateralismo y al Acuerdo de París. Desde la presidencia Obama, lo estratégico para EEUU es la zona Asia-Pacífico. Habrá, pues, que esforzarse para que cambien los posicionamientos americanos sobre los GAFA –Google, Amazon, Facebook y Apple–, y quizá un poco menos para revertir el asunto de los derechos de aduana para el acero, las piezas del Airbus, ciertos productos agrícolas y el vino. Aspectos relativamente menores, pero quizá este planteamiento de los demócratas, en una línea de política internacional bastante consolidada, acabe por empujar a la vieja Europa a diseñar y ejecutar una estrategia internacional soberana.

Luis Caramés Viéitez es Asesor de la Presidencia del Consejo General de Economistas