España necesita algo más que los generosos flujos financieros europeos

Las previsiones actualizadas este martes por el Fondo Monetario Internacional (FMI) dejan bien claro que la economía avanzada más dañada por la pandemia del Covid es la española, con una pérdida de producción muy cercana al 13%, bastante más abultada que la admitida por el Gobierno, pese a haberla actualizado a la baja en el cuadro macroeconómico que acompañará al Presupuesto de 2020. Y aunque el rebote estimado para 2021 está entre los más notables de Europa, la senda que marcará en los años sucesivos será descendente, hasta alcanzar en 2025 una tasa muy pobre (1,5%), o al menos mucho más modesta de lo que sería preciso para una recomposición completa del mercado de trabajo y de las finanzas públicas. Tal estimación, de estar corroborada por los hechos, supondría que el crecimiento potencial de la economía sería inferior al mostrado en el ciclo alcista anterior, que culminó 2019 con un 2%.

Este deterioro de la actividad tiene un correlato inevitable en la marcha de las finanzas públicas, que experimentarán un quebranto tal, que se precisaría de esfuerzos adicionales muy importantes para volver al equilibrio presupuestario y reducir la deuda pública hasta unos niveles más gobernables que los cercanos al 130% del PIB que inevitablemente alcanzará en 2021 o 2022. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) ya ha reclamado un plan de reequilibrio explícito a partir de 2021, que contenga los elementos creíbles necesarios para que los mercados financieros, de los que depende más la sostenibilidad fiscal del país que de la Unión Europea, sigan financiando las elevadas necesidades del Tesoro y lo hagan a unos precios razonables cuando el BCE retire la red de seguridad en la que están ahora anclados varios países europeos.

España ha diseñado un plan de recuperación económica y fiscal exclusivamente basado en la generosidad de los nuevos fondos de la Unión Europea, y más en las subvenciones directas no retornables que en los créditos condicionados, y pretende con ella transformar en parte el sistema productivo, convirtiéndolo en más ecológico y más digital. Pero la economía española necesita más decisiones de corto y medio plazo para sostener vivo el tejido productivo que está en riesgo por la interminable presión de la epidemia y que no puede esperar al maná europeo, y sortear de paso el peligroso riesgo cierto de trasvase de los problemas al sistema financiero. Y precisa también garantizar que no haya destrucción de empleo adicional, evitando que lo que hoy son ERTE sostenidos con dinero público se conviertan en ERE extintivos por paralización de la demanda nacional. Los agentes económicos necesitan señales inequívocas que recompongan la confianza para restablecer consumo e inversión en el corto y medio plazo.