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La universidad en el mundo post-covid

Han transcurrido seis meses y parece que han sido seis años académicos. Afrontamos la apertura del nuevo curso con incertidumbre, pero con algunas otras certezas. Hay tres corrientes intelectuales que abundan entre los gestores universitarios, el claustro y los alumnos. Los primeros son aquellos que esperan a que “esto” pase y todo vuelva a la normalidad. No han entendido nada. Me recuerda a aquellos periodistas que aguantan como pueden ante la “moda de Internet y el Twitter”. El mundo post-covid no volverá a ser igual que el anterior a marzo de 2020, cuando se declara la pandemia. Hemos acelerado la transformación digital con campus virtuales, tutorías y exámenes digitales. Hemos descubierto nuevas didácticas, al tiempo que los alumnos se han visto obligado a otras formas de aprendizaje. La lección magistral, al uso, no volverá. No volverá porque no veremos aulas repletas en mucho tiempo y porque no serán necesarias en un entorno de aprendizaje digital. La segunda corriente es antagónica. Comprende a aquellos que piensan que todo lo digital es mejor, que el COVID ha demostrado que no es necesaria la presencialidad y que bastará con lo mínimo para alcanzar los objetivos de aprendizaje. Además, los nuevos jugadores – MOOC, Google - nos sobran para formarnos en “el mercado” y “el empleo”. Hay excelentes universidades digitales, en procesos y formatos, pero no serán todas y no todas lo harán bien. Cuidado con abrazar la transformación digital transmutada en unos cursos grabados y unos tests.

La tercera corriente -en la que me incluyo- trata de sobrevivir al curso que ahora comienza y mejorar la calidad del proceso de aprendizaje, la relación con los alumnos y las redes de contacto con profesores. No soy amigo de los extremos, por lo que considero que la COVID19 puede haber acelerado algunos cambios que ya eran fundamentales, si bien pienso que el precio que vamos a pagar será alto. Observo multitud de externalidades negativas y no conviene menospreciarlas en los nuevos planes estratégicos que ahora se abordan. Me permito apuntar algunas ideas para el debate universitario. Si estábamos esperando un meteorito para despertar del letargo al dinosaurio, no encuentro mejor ocasión que una pandemia global que afectará a los objetivos de la ciencia, la libre circulación de profesores y alumnos, la financiación o los usos pedagógicos. Sí, es el momento para decantarse por una reforma sistemática de la universidad española para ubicarse de forma competitiva en el mundo actual.

Flujos de aprendizaje, no stock de títulos. Hemos invertido en edificios y campus, pero ahora tendremos limitaciones de acceso, número de alumnos y actividades síncronas (jornadas de extensión, seminarios, ferias de empleo). Si asistir a clase es un bien escaso, las universidades podrían multiplicar los grupos, los cursos introductorios, los créditos comunes en las distintas ramas y, por qué, las fechas de inicio del curso. Quizás veamos aperturas de curso en septiembre, enero y verano, con distintos accesos y currículos. Este ciclo supone pasar de la gestión del stock (programa cerrado de septiembre a junio) al flujo (ciclos de 6-12 semanas con recurrencia) para aminorar las horas de contacto y reducir la presencia en el espacio cerrado del aula. Esta idea bebe del texto de Francisco Longo, que ya anticipaba algunas ideas sobre la gestión del flujo del conocimiento. Igual me ayuda a pensar el trabajo de Sara de la Rica (Universidad del País Vasco).

El lujo de la presencialidad. Intuyo que existe un catálogo de conocimientos que se pueden estandarizar y se pueden empaquetar en programas formativos digitales sin mayor problema. Los básicos, la primera aproximación a una materia, la resolución de problemas y muchos otros contenidos educativos son recurrentes. Cada año, como profesores, impartimos prácticamente la misma docencia y es necesario que así sea. Me pregunto si estos contenidos no deberían digitalizarse en mayor medida que otros que requieren un esfuerzo de contacto humano. Pienso en las habilidades sociales y en las capacidades blandas. Hablar en público, desarrollar la empatía, relacionarse con personas o el aprendizaje emocional de la diversidad es presencial. En una sociedad que se enfrenta a la robotización y al drama de la soledad, estas habilidades humanas son piedra de toque para la convivencia. Aquí sugiero ampliar la reflexión leyendo a Manuel Hidalgo (Universidad Pablo de Olavide) o Luz Rodríguez (Universidad de Castilla-La Mancha) en COTEC.

La transversalidad. Con un modelo ordenado con criterios de aprendizaje en ciclos, podemos pensar en combinaciones más arriesgadas. El mapa de titulaciones de la universidad española es extraordinariamente homogéneo y poco audaz. A menudo, muchos graduados se matriculan en máster de su misma área de conocimiento y pocos dan el salto hacia otras ramas del saber o el mercado laboral. Sin una polinización cruzada de los estudios universitarios, nos conducimos hacia la irrelevancia. Por tanto, abogo por esta transversalidad que permite mezclar titulaciones, invitar al sector privado, colaborar con la innovación social, promover iniciativas de primer empleo/emprendimiento y otras fórmulas para que el graduado amplíe su repertorio de inquietudes. Las reflexiones de Andrés Pedreño y Tíscar Lara me interesan para pensar la transversalidad.

Universidades valientes, no sectarias. Necesitamos entornos en los que se pueda debatir y conversar sin temor a los radicales. La universidad no es una fábrica de activistas ni un “espacio seguro”. Hay que atreverse a escuchar al diferente, fomentar conversaciones intergeneracionales, abrir las universidades a la vida social y política. En los últimos tiempos, algunos centros se han pasado al forofismo intelectual y han abandonado su misión principal de provocar el pensamiento libre en el alumnado. Tal vez ahí radique parte de los problemas contemporáneos del cosmopolitismo y el éxito de las propuestas populistas. Sugiero leer algunos de los textos de Manuel Toscano (Universidad de Málaga) o bien Cristina Casabón para ampliar este punto.

Universidades de consumo. La COVID19 puede alimentar una externalidad negativa que ya observamos en algunos casos. Consiste en la transformación del alumno en cliente y de la universidad en centro expendedor de títulos. Se tergiversa la relación que tiende a ser más transaccional (pago por título) que transformacional (formar personas). Encaja con una interpretación de las políticas públicas que peca de “fast-food”, que copia prácticas, ideas y modas sin una idea clara de cómo se crea el valor público. La imitación de propuestas educativas y culturales de matriz anglosajona es recurrente, así como títulos adjetivados para el mercado laboral. Animo a los creyentes en esta corriente en averiguar qué tal le va a multitud de universidades anglosajonas. Les adelanto un titular: están al borde de la bancarrota. El problema de la “fast policy” en materia universitaria radica en que las preferencias del mercado no siempre son sostenibles en el largo plazo. Convertir las universidades en organizaciones certificadoras debilita la misión investigadora, la visión a largo plazo o la defensa de las ciencias menos amigas del marketing.

El futuro es el pasado. No habrá universidades sin profesores, PAS y alumnos. Hay que cuidar a las personas para que el entorno universitario sea abierto, innovador y dispuesto a romper las barreras burocráticas. Este punto es fundamental, porque profesores y PAS sienten que están relegados en los grandes proyectos de transformación del país.

Durante años, lo urgente ha sido esperar. Ahora es el momento de liderazgo transformador en los campus. Sí, sin apoyo financiero. Sin perspectivas. Sin proyectos políticos de largo plazo. En suma, es el peor de los momentos para la reforma universitaria. Por eso, es necesario. Buena suerte a todos.

@juanmanfredi

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