La mayor recesión de la historia exige del mayor esfuerzo para superarla

Como tal escenario no es soportable mucho tiempo, hay que poner en marcha las políticas que reactiven la producción, la demanda y la inversión

Palabras mayores. El descalabro de la economía española en los dos primeros trimestres del año son palabras mayores: nada menos que un 23,7% de descenso acumula el Producto Interior Bruto desde que el 15 de marzo la sociedad española fuese confinada para atajar el Covid-19, y solo funcionasen las actividades esenciales. Nunca antes, si acaso en la Guerra Civil, la producción había descendido tanto en tan poco tiempo, entrando en una sima recesiva de la que costará años salir para recuperar los niveles de riqueza y de empleo que trabajosamente se habían recompuesto tras la otra gran recesión de este siglo, hace ahora ya más de diez años. Todos los esfuerzos políticos, sociales y económicos deben ponerse al servicio de la recuperación de tales estándares del nivel de vida; no valen inquinas políticas, sectarismos ideológicos ni oportunismos de poder. Los partidos políticos comprometidos con la democracia están obligados a entenderse; no a dialogar, que va de suyo: a entenderse. El fruto de los cuatro meses de trastorno no es el mejor, pero los muy débiles consensos logrados en el Congreso en la comisión de reconstrucción deben servir de base para arrancar el país y ponerlo a velocidad de crucero lo antes posible.

El problema de España es mucho más grave que el de Alemania o EEUU, donde el recorte de producción ha sido bastante menor. España tiene características tan sui generis en su actividad que necesariamente tiene que encajar descensos superiores y, lo que es peor, más prolongados. El turismo y el ocio generan más del 15% de PIB y están muertos este año, sin capacidad de recuperación posible hasta dentro de tres trimestres, con el arrastre dramático sobre el empleo, que ha perdido ya tanto pulso como en la crisis anterior entre 2008 y 2013. La caída del PIB en el trimestre en el que la economía ha estado hibernada ha sido del 18,5%, con desplome similar del consumo y la invesión (casi del 22%), y con números más contractivos aún en las exportaciones, que habían sido una válvula de escape tras la crisis precedente.

Consecuencia directa de todo ello, los ingresos públicos se han desplomado un 18%, el déficit será sin género alguno de dudas superior al 12% y la deuda pública por encima del 120% de PIB atosigará el gasto público pese a disponer el rescate pasivo del BCE, que comprará todas las emisiones que sean precisas. Como tal escenario no es soportable mucho tiempo, hay que poner en marcha las políticas que reactiven la producción, la demanda y la inversión, dejando como está la normativa laboral, y estimulando con liberalización de mercados y fiscalidad la actividad. Es el mejor acompañamiento que puede el Gobierno dar al esfuerzo inversor y transformador de la economía que Europa ayudará a financiar. Una recesión de palabras mayores precisa de los mayores esfuerzos.