Los objetivos de desarrollo sostenible, cinco años después

Aprovechando el aniversario, es hora de hacer autocrítica y propósito de enmienda y pedir a los países firmantes que se reafirmen en su apoyo

Los objetivos de desarrollo sostenible, cinco años después

El 25 de septiembre de 2015, en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, los representantes de 193 países se comprometían formalmente con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y las 169 metas que los desarrollaban. Era un día histórico porque muchos, de buena fe, pensamos que se iniciaba la nueva era de la responsabilidad social; que la utopía de un mundo mejor, “esa esperanza consecutivamente aplazada”, en palabras de Caballero Bonald, estaba al fin muy cerca.

Los ODS llegaron como una epifanía. Eran fruto de un equilibrado consenso, pleno de intereses afines y contrapuestos; de un esfuerzo muy ambicioso, aunque incompleto (por ejemplo, nada se decía sobre los refugiados/inmigrantes) y algunas veces impreciso, pero presentaban como principal novedad el interés por la implicación empresarial y ciudadana, la fijación de metas y el establecimiento de indicadores que permitirían su análisis/revisión cada cierto tiempo. Es verdad que los ODS pecaban de buenismo y tenían defectos de forma y fondo porque, como a todas las iniciativas de organismos transnacionales, les faltaba la fuerza de obligar y un liderazgo común.

La existencia de órganos que velaran por su cumplimiento brillaba por su ausencia y se dejaba todo en manos de actores (países, regiones, ciudades, gobiernos, empresas...) que fueran capaces de comprometerse con unas metas de naturaleza dispar. Sorprendía la paradoja de que no se contara con los recursos que la inteligencia artificial pudiera aportar en aras de la consecución de los objetivos. Tampoco incluían guías sobre cómo había que hacerlo, probablemente porque los ODS son en el fondo la guía que deberíamos seguir y, en consecuencia, las herramientas para conseguirlo era cosa de cada quien.

Su naturaleza holística, total (cualquiera podía trabajar por los ODS) le dieron a los ODS un éxito mediático sin precedentes. Si en cualquier discurso el orador no hablaba de su apuesta (o de su empresa, institución u organismo) por los Objetivos de Desarrollo Sostenible podía ser declarado anatema. Así estaban las cosas en 2016 a 2018 cuando el fundamental ODS 17, las alianzas para lograr los objetivos, es decir, el diálogo, no se había estrenado. Quedaba tiempo, decían...

De nuevo importaban más las apariencias que los contenidos y, también como siempre, en España nos retrasamos más de la cuenta. En 2018 se creó la figura de la alta comisionada, con dependencia directa de la presidencia del Gobierno; se aprobó en 2019 el Consejo de Sostenibilidad, órgano asesor del Gobierno, que nunca se reunió y que, ahora, en 2020, quiere modificarse para (50 vocales nos esperan) hacerlo depender de la Secretaria de Estado de la Agenda 2030. Al tiempo, sigue existiendo en España un inoperante Consejo Estatal de RS, CERSE, integrado en el Ministerio de Trabajo, que también quiere modificarse, aunque con o sin cambios se constatará una curiosa duplicidad de funciones con el Consejo de Sostenibilidad. Así nos va.

Aprovechando el quinto aniversario de los ODS, podríamos hacer autocrítica y propósito de enmienda, y pedir que todos los países firmantes se reafirmen en su imperiosa necesidad/conveniencia, hagan un esfuerzo suplementario y pongan los medios y los dineros para cumplir la Agenda 2030. Precisan los ODS de su particular renacimiento antes de que el tiempo se agote. Al fin, los ODS son compromiso, como lo es la responsabilidad social, como lo sería el Green New Deal que, postpandemia, se demanda en todos los ámbitos. Y compromiso es acuerdo (con presupuesto y responsables), olvidando las diferencias y acentuando las afinidades; un pacto en el que todos perdemos un poco y, al tiempo, ganamos algo. Y habría que implantar un modelo de rendición de cuentas riguroso y serio que aporte credibilidad al proceso. Por ejemplo, es inconcebible que en el documento que España presentó en septiembre de 2019 en la ONU sobre el “grado de avance” de la Agenda 2030, solo hubiere texto, palabrería y retórica. Ni un solo número. ¿Dónde están las políticas activas y las estrategias que el Gobierno debía desarrollar? ¿Qué han hecho las Comunidades Autónomas o los Ayuntamientos?

En estos cinco años muchas empresas y no pocas entidades del Tercer Sector se han involucrado hasta el extremo de hacer de los ODS su horizonte común, incorporándolos a la mecánica diaria de su negocio, trabajando por su consecución: ¡se lo han creído! También ese compromiso lo han sellado muchas de las universidades españolas con novedosos y singulares proyectos, como el ODSesiones de la UMU o los trabajos de la Cátedra Iberdrola de Ética Económica y Empresarial de Comillas o las investigaciones de la Cátedra de RS de la Universidad de Alicante. La Academia lo tiene asumido entre sus quehaceres y se ha puesto a la tarea, cosa nada fácil cuando los medios son escasos, y cuando los propios ODS son una extraña paradoja porque se atiende a lo que el sistema pide y se observan en la práctica las debilidades y engaños del propio sistema: la desigualdad, o los vergonzosos recortes en sanidad y educación.

Hace falta clarificar las metas y los objetivos que persiguen los ODS e impulsarlos. Fracasada la política, las empresas -quien tiene el poder tiene la responsabilidad- están obligadas a dar un paso adelante y aceptar sus compromisos sin reservas; y las Universidades deben hacer valer su papel transformador, si de verdad asumimos que liderar es educar. Muchos tenemos la impresión de que, desde hace tiempo, los ODS se han convertido en commodities, es decir, en productos para los que existe una creciente demanda en el mercado; y que, en consecuencia, se acaban comercializando sin diferenciación cualitativa. Han aparecido demasiados mercenarios de los ODS y la constante exhibición del pin multicolor es solo un trampantojo, una ilusión óptica con la que se engaña a la gente para que vea algo distinto a lo que en realidad ve; es decir, nada.

Hemos perdido cinco años, y todos sabemos que la Agenda 2030 no podrá cumplirse porque los políticos, sin darse cuenta (o queriendo) así lo han decidido. Aunque, naturalmente, van a seguir hablando en público de los ODS y le acabarán echando a la pandemia la culpa de los retrasos. Preguntemos cuánto se ha invertido en cada uno de los 17 ODS, para qué y lo que se ha conseguido. Nos faltan solo diez años y no vamos a resignarnos. Esta voluntad, nos advertía Sábato, es la mejor forma que existe de contribuir al cambio. En ella estamos y a ella convocamos. Para que no sigamos perdiendo el tiempo, es hora de reforzar la esperanza; y darle el protagonismo necesario a la Sociedad Civil para que, desde la decencia, sin subterfugios ni sofismas, se decida a plantar cara al desafío global, a un impresionante reto en común.

 Juan José Almagro, Irene Bajo, Juan Benavides, Jose Luis Fernández, Longinos Marín