Lecciones de coronavirus aplicables a la sostenibilidad

Esta epidemia ha evidenciado que la mayoría de los individuos están dispuestos a dejar de lado su prioridad personal por el bienestar colectivo

Lecciones de coronavirus aplicables a la sostenibilidad

Tendemos a pensar en el cambio climático como un proceso lento que sigue un camino predecible e incluso manejable. Este pensamiento es un error. De hecho, el resultado del continuo calentamiento de nuestro planeta podría conducir a una serie continua y acelerada de cataclismos, y necesitamos actuar antes de que estos desastres nos lleven al punto de no retorno.

Una de las lecciones clave que surge de la crisis del coronavirus es que controlando las acciones de las personas se frena de manera efectiva la escalada de los acontecimientos. Nuestros conciudadanos están demostrando estar dispuestos a quedarse en casa para salvar a los que corren mayor riesgo de infección grave. Nuestras sociedades están dejando de lado sus propios intereses por el bien común. Cada uno de nosotros estamos contribuyendo de forma individual a la acción colectiva quedándonos en casa para reducir la tasa de contagio.

Otro resultado inesperado del coronavirus en países sometidos a un estricto confinamiento ha sido la notable disminución de las emisiones contaminantes como los dióxidos de carbono y nitrógeno (CO2 y NO2). Por ejemplo, en la provincia China de Hubei, las concentraciones de gases de efecto invernadero disminuyeron en torno a un 25% mientras duró el confinamiento; el consumo de carbón en las centrales eléctricas bajó un 36% y la capacidad de refinamiento de petróleo se redujo en un 34%. En España, la calidad del aire que respiramos ha mejorado de forma notable estas semanas mientras que, paradójicamente, usamos mascarillas cuando salimos de casa. Sin embargo, salvo una mayor pureza aparente del aire estos días, el coronavirus no nos va a resolver la emergencia climática a la que nos enfrentamos. De hecho, esta bajada de la que hablamos apenas se notará en el cómputo global de emisiones, ya que la cantidad de CO2 que ya hemos acumulado en la atmósfera es demasiado alta como para notar el efecto de unas pocas semanas.

Se necesitan políticas de Gobierno, planes de empresas, además del compromiso de los ciudadanos para que ocurran cambios que perduren y produzcan un impacto positivo. La generación de energía a partir de fuentes renovables (viento, energía solar y biomasa) pretende jugar un papel importante en el modelo económico español ya que, a pesar de que nuestro país es el sexto mayor consumidor de energía en Europa, no tenemos producción doméstica de combustibles líquidos o de gas natural. En España, por ejemplo, a través de la reducción de impuestos sobre los bienes inmuebles se ha tratado de fomentar la autoproducción y autoconsumo de energía de particulares. La instalación de paneles solares en viviendas es una inversión rentable cuando los precios de la electricidad son altos, no obstante, la disminución de la demanda de energía debida al parón general por el encierro está haciendo que los precios de la electricidad bajen considerablemente. Sin ir más lejos, la demanda durante la primera semana de confinamiento descendió un 7,2% respecto a la misma semana del año anterior. Este bajón tiene como consecuencia una reducción en el coste de la energía, que de continuarse la tendencia podría desincentivar y retrasar la transición hacia ese modelo de autoproducción de energía renovable. Competir con estos precios es complicado, y los periodos de amortización de las inversiones serán mucho mayores.

Memoria a largo plazo es el término que se emplea en neurociencia para definir cómo se almacena la información duradera en nuestros cerebros. Los sistemas de aprendizaje tradicionales basaban su metodología en el uso de estímulos repetidos y espaciados en el tiempo para fijar conocimiento, pero esta no es la única manera. Estoy segura de que cada uno de nosotros recordamos exactamente lo que estábamos haciendo cuando los aviones se estrellaron contra las torres gemelas en Nueva York aquel septiembre. Las experiencias con un alto impacto emocional o traumáticas pueden acelerar la integración vívida de recuerdos en nuestras mentes sin necesidad de repeticiones múltiples. Momentos como el que estamos viviendo actualmente con el Covid-19 quedarán grabados en nuestra conciencia individual y colectiva para siempre. Este tipo de acontecimientos hacen que nos cuestionemos nuestro sistema de valores, así como el papel que jugamos cada uno en esta red compleja e interconectada que representa el mundo en el que vivimos.

Algunos hechos dejan huella y transforman permanentemente hábitos y conductas en nuestras sociedades. Tratamos de esta manera de evitar caer de nuevo en los mismos errores. Podemos citar, por ejemplo, cómo cambiaron los protocolos de seguridad y vigilancia tras los ataques de 2001, o cómo la crisis financiera modificó el cómo se financia la compra de viviendas y su posterior adquisición por los particulares. Los humanos hemos demostrado ser capaces de adaptarnos con éxito a los continuos cambios de nuestro entorno. Y quien no me crea que consulte los trabajos de Charles Darwin.

Meteorología extrema, contaminación, desigualdades económicas, tensiones geopolíticas o pérdida de nuestra biodiversidad son conceptos que aparecen recurrentemente en nuestras pantallas. El nivel de exposición a este tipo de desafíos es tan alto que nos hemos vuelto insensibles a la magnitud de la situación crítica e insostenible a la que se enfrenta nuestro planeta. A este fenómeno le llamamos habituación, es una conducta innata y está también detrás del porqué al rato de entrar en una habitación maloliente dejamos de percibirlo. Considero que estamos en un momento de emergencia global, no podemos dejar que nuestros cerebros nos engañen desensibilizándonos poco a poco. ¿No nos está enseñando nada esta pandemia global?

Diría que la reflexión que deja este encierro que, por cierto, aún se va a prolongar unas semanas más, es que la mayoría de los individuos estamos dispuestos a dejar de lado nuestras prioridades particulares para contribuir al bienestar colectivo. Es evidente que estamos preparados para cambiar nuestra forma de actuar por el bien mayor. Nuestras sociedades están listas para la acción, ha llegado el momento de reorientar los sistemas políticos, económicos y sociales a todos los niveles y de ayudar a nuestros conciudadanos a empezar a pensar y comportarse de una manera que promueva un planeta más sostenible.

Responde a esta simple pregunta: ¿estás preparado para el cambio?

Isabela Alcázar es ‘Global head of sustainability’ de IE University