Del “resistiré” al “contraataque”: voluntarios para el día después

Hay 15 millones de españoles que por edad no tienen razones empíricas para temer al virus más que a otra enfermedad, pero están confinados

Del “resistiré” al “contraataque”: voluntarios para el día después

España es un país solidario con gran resiliencia. Así lo demostró en la última crisis económica. Y así estamos viviéndolo a raíz de la pandemia del COVID-19. La demostración de civismo ciudadano al aceptar el confinamiento, y la entrega incondicional de sanitarios, policías, militares, personal de limpieza, transportistas y un largo etcétera, en condiciones de riesgo, muestran lo mejor de nuestro país. Pero, lejos de la complacencia, hoy más que nunca es casi inevitable anticiparnos al día después. Porque, tras los efectos irreparables, vendrá la segunda ola devastadora del Coronavirus: su impacto en nuestra economía.

No debemos anteponer cuestiones económicas a las sanitarias, sería temerario. Tampoco cuestionar los criterios científicos. La gestión de una crisis es mejorable siempre. Quienes hemos tenido que lidiarlas bajo presión y con pocas o malas alternativas, sabemos que no existen atajos y que, en muchas ocasiones, o se toman decisiones con información incompleta, o no se tomarán jamás. Pero si algo podemos concluir también es que anticiparse a los acontecimientos siempre es mejor que ir detrás de ellos. Y en el caso del COVID-19, anticiparnos hoy significa trabajar en paralelo preparando desde ya ese día después.

Es prioritario acortar los tiempos de esta situación de alerta sanitaria sin poner en riesgo lo hecho, pero tampoco sin posponer las medidas de apertura, con las necesarias cautelas. Y este difícil equilibrio requiere decidir entre opciones arriesgadas.

Nadie sabe cómo hacerlo y aterroriza pensar en una segunda oleada de contagios. Por ello, el primer objetivo debe seguir siendo evitar otro colapso sanitario. Cuanto antes, hay que asegurar que no habrá una sola persona que fallezca sin la atención médica de la que somos capaces. Este objetivo debe combinarse con el esfuerzo para derrotar al virus, con tratamientos para los enfermos y vacunas para evitar que enfermemos. Algo que aún tardará, en el mejor de los casos, meses.

El confinamiento fue una decisión dura, pero al menos fue tan contundente como inmediata. Y tenemos evidencia de que las medidas dramáticas adoptadas doblegarán la curva de contagios. La reversión del confinamiento, ni va a ser simple ni inmediata, y tenemos que adoptar las decisiones correctas cuanto antes. Porque el impacto económico y social va a ser tremendo, a nivel de crecimiento, empleo y endeudamiento. Y tampoco podemos obviar esta realidad.

A los ciudadanos se nos han pedido esfuerzos inimaginables y hemos respondido. Pero, ¿podemos hacer más? Creo que sí. Además de seguir reforzando el frente sanitario, tenemos que ayudar en lo que, sin duda, va a ser crítico: echar a andar el país lo antes posible y evitar que sigamos padeciendo las consecuencias sociales y económicas de este virus mortal durante años.

Tan importante como doblegar el virus es revertir otra curva que ha corrido rampante en paralelo, la cara oculta del COVID-19: el miedo. Me refiero al miedo desnudo, sin razón, que conduce a la desconfianza, al egoísmo, al sálvese quien pueda. Lo peor que puede ocurrir en una situación de la que, o salimos juntos, o no salimos. Necesitamos vencer al miedo y necesitamos hacerlo pronto. Porque si esperamos a que todo esté controlado en materia sanitaria, aislados los asintomáticos, protegidos los vulnerables y tengamos test para todos, perderemos meses. De hecho, ya se habla de reiniciar la actividad económica no esencial. Esta opción no es la única adecuada, porque obligaría a personas con posibles patologías a convivir con el riesgo de contagio, antes de tener los medios de protección individuales ni capacidad en el sistema sanitario.

Creo, en cambio, que es necesario movilizar antes a los que quieren y pueden colaborar para abrir las calles, reanudar la actividad, aunque sea mínimamente, y empezar a recuperar el consumo y la movilidad, mientras sus mayores y los que son vulnerables siguen aislados.

Es necesario crear un ejército de voluntarios, asegurando las condiciones de salud adecuadas, para empezar a volver a la normalidad. No hablo solo de un loable programa de voluntariado al uso, sino de mucho más que eso. De voluntarios que, sintiéndose responsables y ávidos de ayudar a sus familias, a sus amigos y a sus conciudadanos, den un paso adelante y sean la vanguardia del contraataque, que ojalá haga que demos la espalda a esta pesadilla.

Este grupo de héroes anónimos está latente, listo para entrar en acción, porque prefieren la acción a la inacción, son generosos y no tienen miedo.

Nuestro país tiene 47 millones de habitantes y, de ellos, podemos estimar que al menos 15 millones, de entre 20 y 65 años, no tienen empíricamente razones para preocuparse por este virus más de lo que lo hacen por otras enfermedades. Y, sin embargo, los tenemos metidos en casa, cuando lo que muchos querrían, sin duda, es ayudar al resto de ciudadanos. La mayoría son jóvenes y tienen ganas de hacer y no de “no hacer”. Por puro compromiso social, no por temeridad.

Para hacer esta locura hay que estar muy cuerdos. Es una misión con obligaciones y compromisos muy serios. Y debería tener reglas claras y exigentes. Es necesario que los poderes públicos garanticen test fiables para estos voluntarios y asegurarnos que están sanos, y hacerlo con una logística y organización, para que sean útiles. Los voluntarios se podrán activar gradualmente, volverán a sus trabajos y ayudarán en múltiples tareas ciudadanas. Poco a poco permitirán una tímida apertura de actividad, se moverán con más libertad y comenzarán, necesariamente separados del resto de la población para evitar nuevos contagios, un nuevo frente en esta guerra. Al principio serán pocos, pero pronto serán miles y luego cientos de miles. Se podrían activar por regiones, por ciudades y por pueblos, por negocios o por sectores.

Conformar este grupo de ciudadanos, incluso solo con un 20% o 30% de los 15 millones de personas elegibles, es posible. Y sería una verdadera y primera victoria social, para poner en marcha lo más rápido posible nuestra sociedad y nuestra economía y, lo más relevante: recuperar el estilo de vida que nos ha sido arrebatado.

Mientras nuestros sanitarios y otros colectivos atienden la emergencia, deberíamos estar ya preparando en paralelo este ejército de Voluntarios, de personas sin miedo, no porque sean héroes -que lo serán-, sino porque son racionales y, sobre todo, generosos.

Es imprescindible que sigan protegidos los vulnerables, pero también que salgan los que no lo son y se mantengan separados ambos grupos. Es tan necesario mantener el confinamiento actual como volver lo más pronto posible a la normalidad de nuestras vidas. Y ello requiere empezar a revertir la lógica del aislamiento.

No podemos seguir todos aislados sine die. Aprovechemos la extensión inevitable del estado de alarma para preparar esta vanguardia de voluntarios que encabecen el contraataque que ha de seguir tras la resistencia.

 Emilio Saracho es economista