Covid-19: ¿hacia la reconfiguración del sistema económico mundial?

Entre el comercio neoliberal globalista y el proteccionismo estatal puede haber un punto intermedio que explorar

Covid-19: ¿hacia la reconfiguración del sistema económico mundial?

La propagación del coronavirus a nivel global al final del primer trimestre de 2020 ha interrumpido todo el sistema económico mundial. Aunque extraer conclusiones es de momento prematuro, se pueden ir examinando algunos aspectos, que tarde o temprano habrán de estudiarse en profundidad. La clavé será el alcance de las reformas y correcciones que serán necesarias hacer en el plano económico a fin de devolver al comercio a su dinamismo natural, como elemento esencial de la prosperidad de las sociedades avanzadas.

El primer aspecto crucial al que hay que atender es el agotamiento del modelo globalizatorio adoptado desde hace aproximadamente tres décadas. La crisis financiera internacional de 2008 ya nos había dado algunos indicios, pero lo que se hizo desde muchas instancias políticas fue huir hacia delante haciendo caso omiso a los problemas subyacentes que la originaron. Ahora, poco más de una década después de aquel aviso, el capitalismo planetario, su arquitectura organizativa y postulados, parecen estar colapsando. Hemos entrado en una fase de interrupción y reordenación. La razón de fondo es que se ha producido la ruptura de las grandes cadenas de valor que existían en el comercio internacional.

Las causas de esta ruptura son múltiples y muy heterogéneas, pero básicamente puede indicarse como la principal el hecho de haber minimizado el riesgo de descomponer hasta el máximo posible las cadenas de valor para reducir los costes operativos y obtener procesos más eficientes. En Occidente, la productividad y competitividad basadas en deslocalizar centros industriales generó interdependencias y vulnerabilidades no siempre calculadas ni supervisadas correctamente desde los centros de decisión, ya fueran estatales o corporativos. Ha tenido que ser una circunstancia excepcional lo suficientemente extendida y duradera, como lo es una pandemia, el factor que ha propiciado el descontrol de la situación, provocando un efecto dominó que ha suspendido los flujos de dinero e intercambios mercantiles. Tras la pandemia ha aflorado la desconfianza entre los actores, el mayor enemigo del comercio y de los mercados.

Un modelo capitalista basado preferentemente en el retorno del capital, en el crecimiento prioritario de la rentabilidad financiera, infravaloró muchos riesgos asociados a sus estructuras de inversión, producción y consumo a nivel mundial. La lección a tener en cuenta aquí parece evidente una vez se contenga la pandemia mundial. Los principales actores políticos y económicos tendrán que aprender a minimizar riesgos, protegiendo los eslabones más críticos de la producción industrial para evitar desabastecimientos masivos de productos básicos, materias primas y suministros. Sólo así será posible restaurar la confianza cuando surjan situaciones problemáticas.

Ahora bien, dicho esto, no pueden desdeñarse algunas hipótesis de lo que puede acontecer después de que se contenga la pandemia. Se puede avizorar en el horizonte el auge de la tentación nacionalista, que no es nueva en la historia. Algunos episodios de los siglos XIX y XX nos enseñan que en momentos críticos muchos líderes, junto con sus estructuras de poder, optan por establecer estos modelos de organización, con altos niveles de eficacia y disciplina social. El nacionalismo es una ideología que se basa en la discriminación y supremacía de unos grupos sociales sobre otros. El nacionalismo estatista y economicista buscará relocalizar empresas y tejido industrial, interviniendo sectores estratégicos e imponiendo controles migratorios más estrictos y barreras aduaneras y arancelarias a las importaciones, encareciendo el tráfico internacional y dificultando la competencia de empresas extranjeras. Esto podrá distorsionar gravemente la oferta de muchos bienes y servicios, y los procesos de innovación científica y tecnológica que por su propia naturaleza necesitan la concurrencia de múltiples actores diversificados geográficamente. La instauración de bloques económicos nacionalistas modelará también un nuevo tipo de sociedad, más cerrada y desconfiada, menos libre y diversa, pero pretendidamente más segura, estable y ordenada.

No parece claro que esta opción, si es seguida por las grandes potencias hegemónicas a partir de ahora, sea finalmente una posición beneficiosa comercialmente para ellas y muchos menos para el resto de los países en el medio o largo plazo. Tampoco para sus respectivas sociedades, que podrían experimentar tensiones internas de índole política. El proteccionismo comercial puede dar ciertos réditos para sus adalides si consigue alcanzar éxitos tangibles. Así lo sería si consiguiera crear mucho empleo local estable, reindustrializar la economía, sanear virtualmente las finanzas devaluando la deuda con políticas monetarias hiperexpansivas y proteger a la población del dumping comercial de potencias extranjeras. A este respecto será clave atender a la remilitarización y rearme de las potencias mundiales, el control e inspección del ciberespacio y la resolución de algunos conflictos ya existentes a nivel geoestratégico. Estos focos nos darán idea del alcance de esta posible tendencia ideológica que sustituya al resquebrajado orden global basado en un paradigma de sociedades abiertas.

Parece claro que la extrema diversificación geográfica y complejidad de las cadenas de valor generó innumerables vulnerabilidades que se han tornado en excesivamente costosas cuando se ha suspendido y bloqueado el comercio. Ese coste se va a tratar de internalizar a cambio de dotar al sistema de más orden y seguridad. Sin embargo, entre el comercio neoliberal mundialista y el nacionalismo proteccionista podría haber puntos intermedios que será necesario explorar y formular. La revisión de las cadenas de valor globales significará recomponer y aproximar los intercambios, perdiendo rentabilidad, pero ganando control y supervisión. Esto quizá pueda suponer un encarecimiento de muchos productos y servicios, pero se obtendrá a cambio una mayor vigilancia sobre el comercio y los mercados, sin depender de algunas vicisitudes exógenas que puedan alterar parcial o totalmente la estabilidad y sostenibilidad de muchas economías nacionales. Tenemos por delante una nueva época que se está abriendo, en el que experimentaremos muy probablemente una reconfiguración de relaciones económicas con un impacto transformador en las estructuras políticas y sociales de todo el mundo