La campaña de imagen de Ghosn arranca en la marcha equivocada

Negarse a probar las acusaciones de complot entre Tokio y Nissan es una oportunidad perdida

Carlos Ghosn, el miércoles en Beirut.
Carlos Ghosn, el miércoles en Beirut. AFP

Teorías de la conspiración, complots de Gobiernos, fugas de prisiones, miles de millones de dólares de valor para los accionistas transformados en humo. Si Netflix encarga una historia basada en la vida de Carlos Ghosn no le faltará material sabroso, a juzgar por la conferencia de prensa del miércoles del exjefe de Renault. Aun así, negarse a corroborar las afirmaciones de conspiración sobre su caída es una oportunidad perdida para hacer progresos ante la opinión pública.

En el animado encuentro celebrado el miércoles en Beirut, capital de Líbano, Ghosn trató sobre todo de impugnar el sistema de justicia japonés, que presuntamente lo mantuvo durante 130 días en régimen de aislamiento, lo interrogó hasta ocho horas día o noche sin la presencia de un abogado, prohibió las visitas de su esposa y limitó las duchas al acaudalado exjefe del segundo mayor conglomerado automovilístico del mundo a solo dos por semana.

Todo eso, argumentó, justificaba su atrevida decisión de saltarse su libertad bajo fianza de 9 millones de dólares (8 millones de euros) y escapar en un jet privado al Líbano.

Tal vez sea así. Pero tras argumentar de forma creíble que los japoneses estaban resentidos por la enorme influencia de Renault en Nissan Motor, se negó a probar las importantísimas afirmaciones sobre la colaboración entre el Gobierno nipón y los ejecutivos de la empresa para planear su caída.

Ghosn justificó no dar nombres por no querer dañar las relaciones bilaterales entre Japón y Líbano. Pero dado que se espera que Beirut ignore la orden de arresto internacional de la Interpol, esas relaciones probablemente no vayan a ir demasiado bien en cualquier caso.

En cambio, sí hubo más de una hora de refutaciones incoherentes a las acusaciones de Tokio de que Ghosn no había declarado todos sus ingresos y había desviado fondos de la empresa a amigos y familiares. Independientemente de los méritos de sus argumentos, estos estuvieron generosamente salpicados con meteduras de pata como comparar el trauma de su arresto con el experimentado por la flota estadounidense en Pearl Harbor, en la Segunda Guerra Mundial, o enfatizar que su estilo de liderazgo había protagonizado 20 libros sobre gestión. Defendió la celebración de una epicúrea fiesta en el Palacio de Versalles porque es “el símbolo de la globalización de Francia”.

Las hordas de periodistas internacionales que se reunieron en Beirut estaban más interesados por las fantochadas a lo James Bond mediante las que Ghosn huyó de Japón. No consiguieron lo que querían. Pero tampoco nadie quiso aclarar si el caso del titán corporativo tiene argumentos legales.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías