Un divorcio con Europa cuyos daños colaterales se subestimaron

Es ine­vitable preguntarse hasta qué punto un adelanto electoral contribuirá a desenredar la madeja del Brexit

Pese a que Boris Johnson aseguró en su momento que preferiría estar muerto en una zanja a pedir una nueva prórroga para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el primer ministro británico ha tenido finalmente que tragarse sus palabras y solicitar a Bruselas nueva fecha, el 31 de enero de 2020, para consumar el divorcio más complejo de la historia de Europa desde el reinado de Enrique VIII. La UE ha acordado, aunque no sin reticencias, especialmente de parte de Francia, conceder más tiempo a los británicos, que ahora deberán aprobar la prórroga en su Parlamento y remitir ese acuerdo a Bruselas para que sea respaldado por escrito por cada uno de los Veintisiete. Aunque aparentemente Johnson no perecerá en una zanja, tiene por delante un trimestre con una hoja de ruta políticamente endiablada y que incluye lograr que Westminster apruebe el acuerdo de salida que ha suscrito con Bruselas y adelante las elecciones generales.

Es difícil saber cuál de los dos objetivos es menos complicado. De momento, el Parlamento británico volvió ayer a frustrar la posibilidad de adelantar los comicios, al rechazar la propuesta de Johnson de que estos se celebren el próximo 12 de diciembre. Todavía resta que Westminster examine otra propuesta de adelanto –esta impulsada por los demócratas liberales y el Partido Nacional Escocés– que a priori tiene más posibilidades de prosperar y que podría dar a Johnson la oportunidad que persigue.

Aunque la UE probablemente ha hecho lo mejor que puede hacer ante el enorme lío en que se ha convertido el Brexit –conceder la prórroga–, no existen demasiadas garantías de que Londres pueda gestionar de aquí a enero todo lo que no ha conseguido gestionar en los aplazamientos anteriores. El espectáculo de un Reino Unido convulso y políticamente escindido incluso en las filas de los grandes partidos no facilita la recuperación de la confianza, como tampoco favorece el cierre de la enorme grieta que se ha abierto en el país. A fecha de hoy, es ine­vitable preguntarse hasta qué punto un adelanto electoral contribuirá a desenredar la madeja y si no será más sensato permitir a los británicos pronunciarse de nuevo en referéndum sobre la salida de su país de la UE. Y no porque la primera consulta haya sido ilegítima, que no lo fue, sino porque es evidente que el país votó sin conocer los términos y el coste de un divorcio cuyos daños colaterales han sido claramente subestimados.