¿Nos hemos acostumbrado a convivir con la desigualdad?

No podemos afrontarla como un indicador económico, sino como un factor que afecta a las personas

En qué momento hemos asumido que la desigualdad es algo con lo que tenemos que convivir? ¿Cuándo nos dimos por vencidos y dejamos de verla?

Lo cierto es que la desi­gualdad sigue estando ahí, aunque muchas veces parece que no existe si no nos afecta directamente. La crisis económica que se inició hace una década nos recordó a todos que estaba muy presente, tanto a nivel internacional como en España. Se manifestó en la pérdida de empleo, la reducción de los salarios, la dificultad para acceder al mercado laboral de jóvenes o mayores o en la desesperanza de prosperar. A gran escala, la crisis climática y la desigualdad, que afecta directamente en la pobreza y el hambre, amenazan muy seriamente el cumplimiento de la Agenda 2030, según el estudio que se acaba de presentar en Nueva York en el Foro Político de Alto Nivel sobre Desarrollo Sostenible, el primer encuentro de estas características desde que se aprobaran los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

A nivel global, según Oxfam Intermón, la concentración de capitales se ha agudizado durante los últimos años. En 2017, ocho personas poseían la misma riqueza que 3.600 millones, la mitad más pobre de la humanidad. España no es una excepción: la desigualdad de renta ha aumentado en los últimos 30 años, y pese a un crecimiento de su PIB desde 2014, se cronifica e intensifica. Según el INE, el 26,1% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social.

Por desgracia, nos hemos acostumbrado a convivir con la desigualdad y no es que sea algo urgente, sino que se ha convertido en algo permanente y vigente. Para abordar la desigualdad no podemos afrontarla como un indicador económico, sino como un factor social que afecta directamente a las personas, porque no somos seres económicos sino humanos y la desigualdad afecta de manera directa al ser humano. La visión económica de la vida nos presenta como sujetos productivos en una sociedad mercantilizada, pero no podemos confrontar la desi­gualdad como un aspecto económico, porque detrás de cada indicador negativo hay alguien que padece sus efectos.

La desigualdad está mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos. Somos sujetos que ya vivimos en desigualdad y no somos conscientes de que con un pequeño tropiezo estaríamos en medio de ella. Como ciudadanos no podemos permitirnos que la desigualdad sea algo cotidiano y nos tenemos que rebelar para que se vaya reduciendo si queremos tener una sociedad próspera. Por eso nos preguntamos cuánta desigualdad somos capaces de soportar. ¿Cuánta inestabilidad derivada de ella queremos soportar? ¿A qué nivel de inestabilidad nos llevan las diversas desigualdades? Pero lo más importante, ¿cómo podemos actuar?

José Illana es fundador de Quiero

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