Calatañazor, la villa soriana conocida por una batalla que nunca existió

Su mayor encanto se encuentra en la arquitectura popular

Calatañazor
Panorámica de la localidad con la muralla que la rodea y la silueta del castillo. Getty Images

La historia se detuvo hace tiempo en Calatañazor. Erguido sobre un enorme y escarpado peñasco, que domina la vega del río Abión, protegido por una muralla pedregosa y famoso por la batalla del mismo nombre, que algunos dicen que nunca existió y la tradición sostiene que fue donde el caudillo musulmán Almanzor perdió el tambor, que es tanto como decir que perdió su talismán de imbatible y fue derrotado por los reyes cristianos, Calatañazor es una villa de intensa historia fronteriza rodeada de un entorno natural privilegiado, que tiene como máximo exponente el espléndido sabinar que crece en los llanos.

Su importancia estratégica alcanzó su apogeo en la Edad Media, tras ser repoblado a finales del siglo XI por los cristianos.

Las empinadas calles de este pueblo soriano, hoy habitado por poco más de 50 personas, y sus casas modestas construidas con entramado de madera, adobe o, en el mejor de los casos, de ladrillo, configuran su aspecto medieval, un conjunto armónico de gran belleza. Probablemente, el mayor encanto de Calatañazor no esté ni en su castillo ni en sus iglesias románicas sino en la muestra de arquitectura popular de la Edad Media que ha sobrevivido milagrosamente.

La villa se articula en torno a la calle principal, la empinada calle Real, empedrada y jalonada de casas con soportales y grandes portones de madera. Pronto surge el templo más importante de la localidad, la iglesia de Santa María del Castillo, de origen románico (siglo XII), aunque con añadidos posteriores entre los siglos XVI y XVIII. Destaca su puerta principal, románica, con alfiz o moldura árabe, elemento inusual en el arte románico.

Calatañazor
Tramo de la calle principal, la llamada calle Real, en torno a la cual se articula Calatañazor. Cinco Días

El Museo parroquial ubicado en la sacristía guarda interesantes tablas del siglo XVI, lienzos, esculturas, un valioso órgano con tubos de madera y una Dolorosa de la escuela flamenca. También se conserva una custodia de plata, códices y documentos de la historia de la villa.

Emblema

El castillo, del siglo XIV, el edificio más vistoso y emblemático, corona la parte alta del pueblo donde resalta su perfil característico de barco de piedra varado. Aunque en ruinas, conserva algunas de sus torres, como la del Homenaje, parcialmente restaurada.

En la plaza del castillo también permanece el rollo o picota, del siglo XV, que además de indicar la categoría administrativa del lugar, servía para castigar públicamente a los malhechores, ya fuera con la pena capital o con la vergüenza pública que suponía estar en la picota.

Fuera del recinto amurallado, no hay que perderse dos ermitas: la de la Soledad, situada a la entrada del pueblo, es una interesante construcción románica perfectamente restaurada, y la de San Juan Bautista, a los pies de las murallas, de la que solo quedan los muros, y la puerta románica de la entrada, con arco de medio punto.

Sabinares longevos

A los pies de la hermosa villa medieval, en los llanos de Calatañazor, se extiende un mundo centenario. Es allí donde el sabinar, que baja de la sierra de Cabrejas, encuentra su máxima belleza. Incluido en la Red de Espacios Naturales de Castilla y León, este bosque acogedor y longevo forma parte del sabinar de páramo más extenso y mejor conservado de la Península.

Reliquia del Terciario y habitante de suelos pobres a más de mil metros sobre el nivel del mar, este árbol con piel de animal antiguo que coloniza espacios imposibles para otras especies, suma a su gran valor ecológico sus bayas, que alimenta en los meses más fríos a cuervos, urracas, zorzales y otras aves. Es uno de los bosques de sabinas mejor conservados de Europa, con ejemplares de más de 300 años que llegan a medir 14 metros de altura y hasta cinco de diámetro.

Calatañazor
Otra vista de Calatañazor. Getty Images

Versos y películas

Las murallas, que circunvalan la villa, se conservan en buena parte. En su tiempo había tres puertas de acceso. Hoy solo queda la más pequeña, aquella que Gerardo Diego decía que es tan estrecha que no entra un moro jinete. El poeta dedicó un bello poema a Calatañazor, cuyas estrofas, grabadas en bronce, decoran el monumento dedicado a Almanzor, erigido en el centro del pueblo:

“Azor, Calatañazor, juguete.
Tu puerta, ojiva menor, es tan estrecha
Que no entra un moro, jinete. Y a pie, no cabe una flecha.
Descabalga, Almanzor. Huye presto por la barranca brava,
Ay, y como rodaba, juguete, el atambor”.

El tipismo medieval de Calatañazor también ha fascinado a directores de cine, como Orson Welles que, entre 1964 y 1965, rodó aquí escenas de Campanadas a medianoche. La película se estrenó en el Festival de Cine de Cannes de 1966, donde ganó dos premios.

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