Una cultura del trabajo que valore la autodisciplina y la responsabilidad

El reto del absentismo pasa por poder diferenciar con eficacia entre las bajas justificadas y aquellas otras debidas a falta de disciplina personal

El absentismo laboral es una patología de carácter estructural y solución compleja que lastra la actividad en buena parte de las economías de mercado, con excepción de algunos países asiáticos, como es el caso de Japón, donde su incidencia es muy baja. Se trata de un fenómeno peculiar, que se agrava en tiempos de bonanza y mejora con las crisis, lo que apunta a que existe un absentismo justificado –por enfermedades, accidentes o cualquier otra causa tasada– y otro que no lo es, y que constituye el grueso del problema que es necesario resolver.

Los numerosos estudios que se han realizado sobre esta cuestión en los últimos años concluyen que las ausencias injustificadas al trabajo han ido aumentando progresivamente desde la década de los setenta –con caídas significativas durante las épocas de recesión– hasta alcanzar una incidencia similar en la mayor parte de las economías desarrolladas. Los últimos datos referidos a España, publicados ayer por Adecco, cifran la tasa de absentismo en 2018 en un 5,3%, lo que supone un nuevo máximo histórico. El informe recalca que el año pasado se perdieron 100 millones de horas de trabajo mensuales –lo que equivale a más de 750.000 personas sin acudir a su puesto de trabajo en el año– y que la media de horas no trabajadas ascendió a 87 por trabajador, la más alta de la última década. La factura de las ausencias por contingencias comunes (enfermedades, accidentes etc.) superó los 85.000 millones de euros, un 10% más que el año anterior.

Del análisis de los datos de absentismo se concluye que el gran caballo de batalla para las empresas, las arcas públicas y la economía son las elevadas horas de trabajo perdidas por incapacidad temporal, un problema que ha tratado de atajarse con la reforma de la legislación sobre bajas laborales, pero que no ha sido resuelto de forma efectiva. El reto, tanto para el empresario como para el sistema, pasa por poder diferenciar con instrumentos adecuados y eficacia suficiente entre las bajas justificadas y aquellas otras debidas a falta de disciplina personal y profesionalidad. Se trata de un objetivo que exige, además de una legislación cada vez más eficiente, impulsar la recuperación de una cultura de seriedad y honestidad en el trabajo desde la cúpula de las empresas hasta la base. Los duros años de la crisis constituyeron, entre otras muchas cosas, un campo de prueba para la responsabilidad y la capacidad de superación de muchos empresarios y trabajadores españoles. Fue una importante lección sobre ética del trabajo que arrojó frutos palpables y que haríamos bien en recuperar y no olvidar.

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