España debe caminar hacia un mundo digital

Para aprovechar los avances hay que cerrar la brecha tecnológica entre jóvenes y veteranos

Un brazo robótico detecta piezas anómalas en la Feria de Robótica de Madrid.
Un brazo robótico detecta piezas anómalas en la Feria de Robótica de Madrid. EFE

La digitalización lo está cambiando todo: nuestra forma de trabajar, de aprender, de relacionarnos, de divertirnos, de consumir, etc. Sus beneficios potenciales son enormes, pero también sus riesgos, lo que exige adquirir las destrezas, habilidades y conocimientos necesarios para maximizar los primeros y minimizar los segundos. El ejemplo más llamativo es el riesgo de automatización de ocupaciones y tareas, que será mayor si no aumentan y se reciclan las competencias y habilidades de los trabajadores.

Un informe recién publicado por la OCDE pone el punto de mira en las medidas que deben implementarse para maximizar (minimizar) los beneficios (riesgos) de la digitalización. Además, en base a una amplia batería de indicadores (agrupados en tres grupos: competencias para la digitalización, exposición a la digitalización, y esfuerzo en materia de políticas de competencias y habilidades), identifica los puntos débiles y fuertes de cada país de la OCDE en el mundo digital. En el caso de España, tenemos de todo: una de cal y otra de arena.

El informe sitúa a España en el contexto de la OCDE con una síntesis de nueve indicadores que permiten formarse una idea del estado de la digitalización. De esos indicadores, en cuatro salimos bien parados: el porcentaje de estudiantes con bajo rendimiento (10,3% frente al 13% en el promedio de la OCDE); trabajadores que necesitan una capacitación moderada para evitar el riesgo de una alta automatización (9,6% por el 10,9%); la tasa de matrícula en educación preescolar (96% contra el 87,2%); y el porcentaje de adultos que han participado en aprendizaje formal e informal en los últimos 12 meses (47,7% vs. 42%). En los otros cinco, nuestra posición es peor que la media: porcentaje de jóvenes con bajas capacidades cognitivas y digitales (3,5% vs. 2,3%); porcentaje de personas mayores con bajas capacidades cognitivas y digitales (34,6% vs. 17,1%); porcentaje de personas que hacen un uso complejo y diversificado de internet (55,5% vs. 58,3%); intensidad de TIC en el trabajo (0,39% vs. 0,51%); y profesores que necesitan capacitación en TIC (64,7% vs. 58,3%).

Estos indicadores muestran a nivel global que tanto las políticas como las habilidades y competencias de la población de los países analizados están muy unidas a la exposición de los mismos a la digitalización. Casi todos los países con baja exposición a la digitalización tienden a mostrar peores resultados en las dimensiones de competencias y políticas asociadas a las competencias y habilidades de la población, y viceversa. España ocupa una situación intermedia entre el grupo de países que tienden a hacerlo bien en casi todas las dimensiones (Bélgica, Dinamarca, Finlandia, Países Bajos, Nueva Zelanda, Noruega y Suecia) y el que tiende a rendir peor en muchas de las dimensiones analizadas (Chile, Grecia, Italia, Lituania, Eslovaquia y Turquía).

Los países que carecen de la capacidad de aprovechar las ventajas de la digitalización corren el riesgo de ser dejados atrás, y es que la digitalización esconde la amenaza no solo de aumentar las desigualdades existentes, sino también de la aparición de nuevos tipos de desigualdad tecnológica. Por lo tanto, es necesario fomentar la adquisición de las habilidades y competencias necesarias para asegurar que la revolución digital mejore la vida de todos los ciudadanos y no únicamente la de los mejor preparados, ya que algunos puestos de trabajo tenderán a desaparecer o modificarse radicalmente, y ciertas tareas y habilidades quedarán obsoletas.

En el mercado laboral las nuevas tecnologías pueden conducir tanto a efectos de sustitución como de complementariedad en los puestos de trabajo. En este sentido, las tareas realizadas en el puesto de trabajo pueden verse automatizadas, mientras que otras se irán realizando de manera diferente a medida que las tecnologías vayan complementando a los trabajadores en sus tareas. Por lo general, las ocupaciones con mayor número de tareas rutinarias son las que ostentan un mayor riesgo de automatización, frente a las tareas más cognitivas o más asociadas a la resolución de problemas. En este sentido, la OCDE estima que un 21,7% del empleo en España se enfrenta a un alto riesgo de automatización (con una probabilidad del 70% o superior) en los próximos 10 o 20 años–solo superada por Grecia (23,4%), Eslovenia (25,7%) y Eslovaquia (33,6%)– , frente al 14% de la OCDE o países que no llegan al 10%, como Noruega (5,7%), Finlandia (7,2%) y Suecia (8%). Asimismo, el porcentaje de empleo en riesgo significativo de automatización (entre el 50% y el 70% de probabilidad) se sitúa en un 30,2% en España y en un 31,6% en la OCDE.

La digitalización no solo transforma el proceso productivo de las empresas y permite crear nuevos productos y servicios, sino también la vida de las personas. Si queremos que los beneficios de la digitalización lleguen a todos, es necesario reducir la brecha tecnológica, especialmente entre los trabajadores más mayores y los menos formados, lo que exige reducir las desigualdades en destrezas digitales. Es aquí donde las políticas públicas deben actuar, no solo a través del sistema educativo, sino también con políticas activas de empleo, incentivos a la formación continua, e inversiones en infraestructuras que den a los trabajadores las competencias y habilidades adecuadas para poder adaptarse a los cambios que se están produciendo dentro de las ocupaciones, y también para poder moverse hacia ocupaciones menos automatizables.

Joaquín Maudos y Laura Hernández forman parte de la Universidad de Valencia-Ivie-Cunef

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