Europa ante el reto de la autonomía digital estratégica

La UE debe buscar un modelo propio de plataforma allí donde destaca. El ejemplo es Airbus

Modelo de producción del Airbus.
Modelo de producción del Airbus. Reuters

El 26 de mayo de 2019 se abre un nuevo periodo en la construcción de Europa. Las elecciones al Parlamento Europeo, el posterior nombramiento de los presidentes del Consejo Europeo y Comisión Europea y, finalmente, la constitución del colegio de comisarios son las principales etapas de la renovación periódica de las instituciones de la Unión Europea.

Por delante tendremos un quinquenio en que se agudizará la digitalización de economía y sociedad y en el que la globalización comercial dejará definitivamente de ser entendible como fenómeno desconectado de la innovación tecnológica mundial.

La creciente dependencia tecnológica de las relaciones sociales, económicas e internacionales ha elevado a la categoría de cotidiano el debate sobre la ciberseguridad en la Unión Europea. En el último Eurobarómetro publicado en 2017 sobre las actitudes de los europeos ante la ciberseguridad, una mayoría de los encuestados (56%) consideraba que la misma es un desafío “muy importante” para la seguridad interna de la UE. En el lado práctico, hemos visto cómo la Comisión Europea ha impulsado la adopción de una solución europea común al respecto de la ciberseguridad de las futuras redes 5G al considerarlas un activo estratégico.

Pero ¿realmente nos enfrentamos a la necesidad de reforzar la ciberseguridad en Europa o estamos ante un reto de mayor envergadura?

Los europeos hemos de enfrentarnos a una amarga realidad: hemos perdido capacidad de control sobre las herramientas transversales en las que se asienta la digitalización. Los principales fabricantes de las redes usadas en la UE son de origen chino, las empresas estadounidenses proporcionan los servicios digitales más populares entre los ciudadanos y las empresas y no hay ningún dispositivo de usuario final de amplio uso diseñado dentro de las fronteras de la Unión. No se trata, por tanto, de la ciberseguridad europea, tenemos delante el reto de garantizar la autonomía digital estratégica de la Unión Europea.

Europa ha tenido éxito en una de las asignaturas para alcanzar su soberanía digital: la regulación del ciberespacio. El laissez-faire digital de Estados Unidos parece encontrarse de retirada e incluso los gigantes digitales demandan una mayor regulación. Sobre este éxito, son muchas las voces que reclaman hacer de la ética y los principios el sello distintivo de la política digital europea, por ejemplo, en el ámbito de la inteligencia artificial.

Sin embargo, como recuerda Daniel Castro, vicepresidente de ITIF, se “puede tener el piloto de carreras más ético, pero si su automóvil no es el más rápido, va a perder”. La ética y los principios europeos deben estar en el centro de nuestra política digital, pero solo ellos no serán suficientes para quebrar el G2 tecnológico que conforman Estados Unidos y China.

La llave de la autonomía digital estratégica de la Unión está en el control de la cadena de suministros de servicios digitales en los sectores clave de la economía europea. Debemos seguir ejemplo de EE UU y China y olvidarnos de Europa como competidor digital global. Si bien hay componentes tecnológicos básicos de alto poder disruptivo sobre los que Europa debe desarrollar un mínimo de capacidades (AI, 5G, blockchain o ciberseguridad), la Unión ha de concentrar sus esfuerzos en la provisión de servicios digitales para sus sectores económicos clave. Por ejemplo, Europa quizás deba dar menor relevancia a rivalizar en las relaciones digitales B2C e impulsar el desarrollo de capacidades en la digitalización de la industria, transporte o la salud.

Pero Europa no solo ha de plantearse una competencia selectiva en la carrera tecnológica, sino también otro modo de competir basado en la fortaleza de su diversidad. Durante muchos años, una de las grandes obsesiones de los círculos tecnológicos europeos ha sido crear un gigante digital capaz de rivalizar con los Google, Apple, Facebook, Amazon y similares. También ha sido su gran fracaso. Europa ha de buscar un modelo propio para la construcción de plataformas digitales en los sectores económicos donde es relevante. El espejo donde debemos mirar se llama Airbus. La estrategia digital europea ha de fomentar la creación y escalado de ecosistemas de colaboración público-privada con actores de distinto tamaño, combinando la fortaleza de grandes compañías sectoriales consolidadas con las soluciones innovadoras de empresas digitales emergentes.

Europa no solo se arriesga a perder definitivamente la carrera tecnológica, está en juego su autonomía digital estratégica y, por lo tanto, su capacidad para influir en la política global del siglo XXI. La UE se enfrenta a dos rivales sistémicos, EE UU y China, que hacen uso de la tecnología para extender, respectivamente, su capitalismo de plataformas y la digitalización al servicio del capitalismo de Estado.

El mantenimiento de un modelo económico social europeo necesita de la creación de un tejido de firmas digitales capaz de competir en las tecnologías digitales básicas, pero también de contribuir a la construcción de las soluciones más innovadoras en los sectores económicos donde la competencia es una opción real.

Emilio García es expresidente de Astic

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