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¿Es hora de reinventar el capitalismo?

La última crisis ha abierto un gran debate en EE UU sobre la eficiencia del sistema y el papel del Gobierno

¿Es hora de reinventar el capitalismo?

Con la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama (1992) proclamó el fin de la historia al considerar que la lucha ideológica entre el capitalismo y el socialismo había terminado ya que, hasta la República Popular China, con la llegada al poder de Deng Xiaoping, comprendió que el sistema capitalista sería capaz de producir bienes suficientes para sacar de la hambruna a la China comunista de Mao Zedong. El sistema capitalista ha sido capaz de “desproletizar” al hombre común (Von Mises, 1956) creando una miríada de clases dentro del concepto genérico de burguesía.

Según Kaletsky (Capitalims 4.0, 2010), el capitalismo evoluciona. Desde 1876 hasta la Gran Depresión de 1929 el sistema de organización social trató la distribución económica y la estructura política como aspectos independientes de la actividad humana. A causa de la Gran Depresión, el presidente Roosevelt puso en marcha el conocido New Deal con el enfoque socialdemócrata keynesiano, convirtiéndose la económica en un anexo de la organización política. El fundamento consistía en que una demanda agregada inadecuada, a causa de la caída de la demanda e inversión privada por el espíritu animal de los inversores, conducía a la caída de la actividad económica existiendo periodos prolongados de desempleo (Keynes, 1936). Se convertía, por tanto, el Gobierno en el responsable de mantener el crecimiento económico y ayudar a la recuperación de la demanda mediante la mano estabilizadora de políticas gubernamentales de inversión pública.

Este enfoque, con mayores o menores retoques, hizo crisis con la llegada al poder de Margaret Thatcher y Ronald Reagan que terminó en la crisis del mundo socialista con la caída del Muro de Berlín. A partir de entonces, la política quedaba supeditada a la organización de la economía en base al monetarismo y a un enfoque ciertamente radical que propugnaba Alan Greenspan como presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos. Se discutía entonces la eficiencia del mercado y la ineficiente mano de los políticos. Con la crisis de diciembre del 2007 (NBER), el sistema capitalista se ha visto en otra encrucijada para continuar una acertada relación entre política y economía y seguir siendo el único sistema de organización económica eficiente en el siglo XXI. El capitalismo es por tanto un sistema que, como la naturaleza, se adapta al momento de forma continuada y evoluciona con los retos.

La recesión económica de 2007 ha destruido parte de la riqueza personal acumulada durante las últimas cuatro décadas y, a pesar de la intervención gubernamental, la bajada del consumo y de la demanda afectó el crecimiento económico sumiendo, por varios años, a la sociedad en una Secular Stagnation (Alvin Hansen, 1938), que sería el estadio previo a la quiebra del sistema.

Esta crisis ha abierto un gran debate en Estados Unidos acerca la eficiencia del sistema capitalista anglosajón como sistema de organización económica y el papel que debe jugar el Gobierno. El Gallup explicaba que, entre los estadounidenses de 18 a 29 años, la apreciación positiva del capitalismo ha pasado de un 68% en 2010 a un 45% en 2018 (Democrats More Positive About Socialism Than Capitalism) y el número de afiliados a la revista Democratic Left, que el Democratic Socialists of America (DSA) distribuye entre los afiliados de cuota, aumentó de 6,075 ejemplares distribuidos en la publicación del invierno 2006/07 a 46,261 unidades distribuidas en el invierno de 2018, en una sociedad de más de 400 millones de personas. Esto explica la elección el pasado 6 de noviembre de 2018 de un número importante de representantes demócratas de declarada tendencia socialista que llevó al presidente Donald Trump a declarar en su discurso del estado de la nación del 5 de febrero de 2019 que “America will never be a socialist country”.

El hecho de que no sea socialista no implica que esta nueva tendencia no pudiera ser una corrección del actual sistema, como ya ocurriera con el advenimiento de la Revolución rusa de octubre de 1917 que indirectamente provocó la ampliación y cobertura de medidas sociales de la Seguridad Social alemana (gesetzliche Krankenkasse) instaurada inicialmente por Otto von Bismarck para evitar el contagio.

Aun existiendo una política capitalista donde la empresa privada tiene preponderancia, no es menos cierto que la inversión gubernamental en Estados Unidos ha sido, desde los años sesenta, responsable directa de importantes innovaciones tecnológicas que, como el Arpanet por parte del Defense Advanced Research Project Agency, han ayudado a mejorar el nivel de vida de millones de personas. Sin embargo, el preocupante déficit fiscal actual del país pone en entredicho su habilidad para hacer frente a las costosas inversiones en innovación y desarrollo que el crecimiento económico estadounidense necesita en el siglo XXI.

Joseph Schumpeter (1942) defendía la necesidad de favorecer la inversión en innovación de la mano de empresarios y Robert Solow (1956, 1957) entendió que la mera acumulación de otros factores de producción termina chocando con la ley de los crecimientos marginales decrecientes. El crecimiento económico en el largo plazo necesita de innovación y desarrollo tecnológico ya que el sistema que innova evoluciona y no muere.

María Lorca-Susino es Profesora del departamento de Economía de la Universidad de Miami

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