Jaime Jiménez: “Es un mito que los dentistas seamos ricos”

Apuesta por una odontología de lujo en un señorial espacio en el barrio de Salamanca

dentista

Es el rostro visible de lo que califica como un hospital dental, fundado en 1977 por su progenitor, con la única filosofía de ofrecer un servicio prémium al paciente, atendiendo todo tipo de especialidades y empleando la última tecnología. Bajo estos tres parámetros trabaja Jaime Jiménez (Madrid, 1975), el mayor de cuatro hermanos, todos dentistas y todos volcados con el mundo de la docencia, al frente de la clínica CIRO, ubicada en un elegante edificio próximo a la plaza del Marqués de Salamanca, en Madrid. “Estamos en el punto más avanzado de la profesión, en la que hemos sido pioneros en implantología, en el uso de carillas mínimamente invasivas y en odontología digital”. Detalla que se formó en la Universidad de Nueva York, de cuyo claustro de profesores forma parte, como también lo es del primer departamento de implantología de la Universidad Europea de Madrid. También es miembro de 3 Shape, en Copenhague, organización que comenzó escaneando oídos para sonotones y de ahí pasó al campo dental, creando el primer escáner intraoral en color.

Además de todo esto, y de asistir a congresos internacionales de su gremio, dirige este centro, en el que trabajan 45 personas, y acoge una clínica, un laboratorio y un espacio de formación. Y diferencia entre dos tipos de odontología, “la que intenta luchar hacia la excelencia, aunque cada vez es más complicado, y la barata, que es la que se emplea en franquicias con poca experiencia clínica, en la que existe una formación baja”, explica.

En cuanto a este tipo de competencia, afirma que existía un nicho de mercado de bajo coste que no se cubría, y ahí se comenzó a prestar este tipo de servicio a gente que no podía permitírselo. “Se ha perdido el control científico de la calidad. Nuestro trabajo no es pintar un cuadro, es sanidad. Los dentistas no trabajamos solo para los ricos”. Y matiza que, a pesar de ser una clínica de lujo, atienden a todas las clases sociales, a través de financiación en los tratamientos y, sobre todo, con prevención. “La odontología tiene un coste elevado, no somos una ONG, y puede que esté limitado a ciertos sectores, pero si se hacen revisiones desde la infancia raro es que se tengan problemas”. Porque, para Jiménez, “la única tarjeta de visita en un trabajo son los dientes, y a través de ellos se puede ver si una persona se cuida y tiene buena salud”. También destaca que el trabajo personalizado es el que marca la diferencia con las grandes cadenas dentales, “los pacientes tienen mi teléfono móvil y me llaman; además, tienes que tener personal bien remunerado”.

Cuenta que tiene dos hijos, de ocho y siete años, que llevan en los genes la profesión. Un oficio que, asegura, requiere de una constante dedicación para estar al tanto de todos los avances. “Además, tenemos que reinvertir en el negocio la gran mayoría de lo que ganamos, en máquinas que cuestan un dineral. Es un mito que los dentistas seamos ricos, te permite llevar un nivel correcto, pero sin excesos”. De todo ello habla en el pequeño despacho, heredado de su padre, que ocupa en la clínica, recientemente ampliada hasta los 900 metros cuadrados, en la que se siente arropado con las fotos familiares y los cuadros de Rafael Macarrón, amigo suyo, y de Juan Barjola, que además fue paciente.

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