El pacto social que exigen los robots

Directivos españoles debaten en el 5º Congreso APD sobre los retos de la era digital

La convivencia entre los humanos y las máquinas en la empresa es una de las preocupaciones

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El 30% de las tareas se habrán automatizado para 2020”, enunció el director del Observatorio de las Ideas, Andrés Ortega, durante su intervención en el 5º Congreso Nacional de Directivos, organizado por la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD) y titulado La empresa humana, en Barcelona. Un proceso que dará lugar a un contexto diferente para las empresas y que, según el experto, requerirá un nuevo contrato social con los ciudadanos.

Una idea sobre la que también hizo hincapié el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona Antón Costas en su intervención. “El contrato social es aquel acuerdo, no necesariamente explícito, por el que las izquierdas legitiman un capitalismo humano, y por su parte, las derechas aceptan un estado de bienestar”, explicó el experto. Un pacto que, según el profesor, se está disolviendo debido a la creciente desigualdad que se está produciendo dentro de los propios países.

Mientras el año pasado la retribución media por consejero del Ibex osciló en torno a los 369.000 euros anuales, según el Informe de remuneraciones de los consejeros de las sociedades cotizadas, elaborado por la CNMV, el debate gira en torno a si es adecuado subir el salario mínimo interprofesional hasta los 900 euros mensuales. “Gran parte de la desigualdad viene de cómo está funcionando la distribución en las empresas de la riqueza que producen. Nosotros nos encargamos de maximizar beneficios sin preocuparnos de cómo se reparten los mismos”, desarrolló Costas, para quien estos ya no deben ser exclusivamente para los accionistas, sino repercutir en la mejora de toda la sociedad.

Antón Costas, catedrático de la Universidad de Barcelona.
Antón Costas, catedrático de la Universidad de Barcelona.

“Si las empresas no entienden estas demandas, vendrán otros que ofrecerán contratos sociales diferentes”, recordó el experto de la Universidad de Barcelona. Y aunque no cree que suceda en un futuro próximo, “si no abandonamos la complacencia existente con la desigualdad, tendremos movimientos de desglobalización como respuesta”, amenazó el catedrático.

Esta brecha económica está polarizando el mercado de trabajo y la clase media no es inmune a ello, señaló Ortega. En este sentido, la presidenta y directora ejecutiva de Siemens, Rosa García, señaló que “con la automatización se van a destruir 75 millones de empleos, y aunque en su lugar se crearán 133 millones, los que ocupen estos puestos no van a ser los mismos, a no ser que se les de la formación para ello”. Por este motivo, la responsable de la tecnológica invitó a las futuras generaciones a instruirse en aquello que los robots no son capaces de imitar, como son las llamadas soft skills o el aprendizaje continuo.

“El objetivo de este nuevo contrato debe ser proteger más a las personas que a los propios empleos”, subrayó Ortega citando al presidente francés, Emmanuel Macron. Este también primará la seguridad económica por encima de la laboral, perseguirá una sociedad más inclusiva para paliar la desigualdad y antepondrá la predistribución a la redistribución de la riqueza, un punto en el que la educación tendrán un papel trascendental. El director del Observatorio de las Ideas y autor de La imparable marcha de los robots, señaló hacia la renta básica como una de las posibles herramientas para este proceso de transición.

Tenemos ejecutivos muy profesionales, pero a los que les faltan experiencias

Marcos de Quinto

Francisco Román, presidente de Vodafone.
Francisco Román, presidente de Vodafone.

Los sindicatos también desempeñarán un papel importante, pues según Ortega, pueden impulsar el reciclaje de los empleados. “En Alemania, donde los representantes de los trabajadores están dentro de las empresas, cada robot industrial ha supuesto la pérdida de entre uno y dos empleos, mientras que en Estados Unidos, esta cifra ha alcanzado los cuatro o cinco puestos”, justificó el experto. La era de los robots requerirá de una mayor colaboración público-privada, donde “el Estado no será el único garantizador y el sector privado tendrá también la responsabilidad de crear servicios públicos para la población”, concluyó. En este proceso de reciclaje, la educación es trascendental, pero “tenemos una asignatura pendiente que es sacarle partido a la formación universitaria”, señaló el presidente de los consejos sociales de las universidades, Antonio Abril. El gasto educativo en España, en porcentaje al PIB, es el quinto más bajo de la Unión Europea, por lo que el directivo criticó que no se esté apostando por las universidades como un factor competitivo.

Una cuestión de confianza

Los datos son una mina de oro en el mundo digital, lo que ha motivado que su almacenamiento esté fuertemente regulado, lo que produce grandes quebraderos de cabeza para las empresas, que se ven obligadas a solicitar el consentimiento explícito de sus clientes para trabajar con su información. “La base para conseguir su autorización es la confianza, y esta no se genera con una oferta concreta, sino que es algo que tiene que ser sostenido en el tiempo”, señaló el presidente de Vodafone, Francisco Román, durante el 5º Congreso Nacional de Directivos de la APD. En este sentido, los usuarios también demandan una mayor transparencia sobre el uso de sus datos personales y el funcionamiento de las nuevas herramientas. “Ni las empresas ni nuestros clientes van a usar tecnología en la que no pueden confiar”, sentenció el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri. Por su parte, el director general de la APD, Enrique Sánchez de León, hizo hincapié en que “la tecnología no es mala, solo puede ser perverso el uso que se haga de la misma”. Por ese motivo, trabajar la fe de la población es uno de los grandes retos que plantea la era digital. No obstante, “la empresa es la única institución con poder suficiente para compatibilizar el progreso tecnológico con el factor humano”, sentenció el directivo.

Y aunque considera que escuela y empresa no deben ser dos líneas paralelas, sino situarse una a continuación de la otra, el que también es secretario general y del consejo de Inditex aclaró que “tampoco hay que caer en la trampa de dar exactamente la formación que demandan las compañías, pues la universidad es un servicio público y su labor es formar ciudadanos. Si bien es importante aumentar su empleabilidad”. No obstante, Abril se declaró optimista e hizo hincapié en que “nunca había visto un clima tan favorable para el cambio como el que se presenta ahora”.

La formación más allá de lo estrictamente académico es un tema por el que también se mostró preocupado el asesor de Coca-Cola y expresidente de la firma, Marcos de Quinto: “Los ejecutivos tienen la labor de salir a la calle, tanto a la real como a la virtual [en referencia a las redes sociales], para saber qué es lo que ocurre en el mundo”. El que también fuera director general de la compañía en España criticó que los líderes actuales solo se relacionan con gente muy similar a ellos, lo que provoca que se pierda perspectiva. “Tenemos ejecutivos muy profesionales, pero a los que les faltan experiencias. Queremos directivos con pasiones y aficiones”, señaló en relación a lo que considera un sentido utilitarista de la vida: practicar el deporte que creen que les va a impulsar profesionalmente, leer lo que piensan que les va a ayudar en su carrera o reunirse con personas persiguiendo estos mismos objetivos.

En esta línea, De Quinto también insistió en que es el momento de que los ejecutivos opinen y muestren sus ideales. “Al fin y al cabo, las empresas no piensan, sino que son las personas las que lo hacen y las que tienen valores”, defendió el ejecutivo. Asimismo, afirmó que el escrutinio a niveles extremos será especialmente necesario para cargos con poder suficiente como para afectar a la economía de los países. Una cuestión que parecía privada, pero que va a dejar de serlo, especialmente a raíz de que varios de estos líderes hayan quebrantado los supuestos principios éticos de las corporaciones que lideraban. “La gente quiere conocer las ideas de los directivos como garantía de los valores que se asocian con la compañía”, defendió. Una corriente motivada, en parte, por la alta rotación de este tipo de puestos. “Cambian de trabajo unas 15 veces a lo largo de su vida profesional. ¿Alguien se piensa que van a alterar sus valores cada vez?”, puso en duda el portavoz de Coca-Cola.

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