Trump sigue de órdago en órdago con la guerra comercial

Su intento de modificar el modelo tiene en China el hueso más duro de roer

Fruta de Estados Unidos a la venta en un supermercado de Pekín (China).
Fruta de Estados Unidos a la venta en un supermercado de Pekín (China).

La relación económica transatlántica es el mayor nexo del mundo. El stock de inversión de EE UU en la UE triplica su inversión en toda Asia, y la inversión acumulada de empresas europeas en EE UU es siete veces mayor a la que tienen en la China e India.

EE UU y la UE generan el 60% del PIB mundial, el 40% del comercio de bienes y el 33% de los intercambios de servicios. La magnitud de la relación económica transatlántica es una consecuencia del papel desempeñado por EE UU en la reconstrucción de Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

EE UU aportó 193.000 millones de dólares en ayuda entre 1945 y 1948, y condicionó la asistencia a que los 17 países europeos que se acogieron al plan liberalizaran e integraran sus economías. Las rondas de negociaciones auspiciadas por el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) entre 1948 y 1994 consiguieron reducciones sustanciales de los aranceles entre EE UU y la UE aplicados a los productos industriales y otras mercancías no agrícolas, cuyo promedio disminuyó hasta únicamente un 3%.

Los acuerdos de la Ronda de Uruguay del GATT (1986-1994) por parte de 123 países ampliaron la liberalización y regulación al sector agrícola, los servicios, el sector textil y la propiedad intelectual. El fracaso de la ronda de Doha lanzada en 2001 por la Organización Mundial del Comercio a nivel global ha provocado la proliferación de acuerdos comerciales regionales y bilaterales. En este contexto, líderes europeos propusieron la creación de un mercado común transatlántico que armonizara las regulaciones y estándares técnicos, medioambientales, sanitarios y fitosanitarios aplicados al conjunto de productos y servicios que intercambian EE UU y la UE. El objetivo sería replicar a nivel transatlántico el mercado común alcanzado por la UE en 1993, con la notable exclusión de la libertad de movimiento de trabajadores.

La Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (sus siglas en inglés, TTIP) sería el acuerdo que lograría dicho objetivo. Sin embargo, el TTIP despertó en Europa la oposición de ONG y sindicatos, que temen que la armonización de regulaciones en sectores como el agrícola, el farmacéutico, el químico y el energético se produzca a la baja y rechazan productos o servicios estadounidenses como los alimentos genéticamente modificados o el empleo del fracking.

Trump canceló la negociación del TTIP, y en junio inició una guerra comercial de baja intensidad al aplicar aranceles del 25% sobre la importación de acero y 10% sobre el aluminio procedentes de la UE. La respuesta de Bruselas consistió en aranceles por valor de 3200 millones de dólares sobre exportaciones estadounidenses de acero, aluminio, whisky, frambuesas, tejanos Levis y motocicletas Harley-Davidson.

Pero en julio Trump y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, declararon una tregua y se comprometieron a avanzar en la liberalización de sus intercambios.

En América del Norte, el equipo negociador estadounidense arrancó concesiones sustanciales a México en el acuerdo fraguado en agosto. El nuevo tratado incrementa del 62% al 75% el valor de las piezas que deben proceder de uno de los dos países para que los vehículos no paguen aranceles y obliga a que el 40% de la fabricación de vehículos la realicen trabajadores con remuneración mínima de 16 dólares por hora. Canadá se incorporará al acuerdo porque el 70% de sus exportaciones tiene como destino EE UU.

En su estrategia para reducir el déficit comercial, Trump emplea la táctica de amenazar y aplicar aranceles y calibrar la respuesta. El magnate neoyorquino sabe que no puede sostener una guerra comercial con todos sus socios a la vez. Por consiguiente, mantiene la incertidumbre y recompensa a los países que acceden a algunas de sus demandas. Rechaza el multilateralismo y pretende reconfigurar las relaciones comerciales de EE UU con acuerdos bilaterales. Así ha logrado la renegociación del acuerdo de libre comercio con Corea y con México.

Pero China es el hueso más duro de roer: el déficit comercial de EE UU con la segunda potencia económica mundial ascendió a 375.000 millones de dólares en 2017. A diferencia del stock de inversión directa mutua entre EE UU y la UE, de 4 billones de dólares, que genera 14 millones de empleos, los vínculos entre EE UU y China son más comerciales. Después de una primera ronda de aranceles sobre 50.000 millones de dólares en exportaciones en junio y las represalias chinas, Trump redobló la apuesta con aranceles del 10% sobre 200.000 millones de exportaciones chinas de electrodomésticos, muebles, ropa y productos de electrónica.

Asimismo, Trump ha seguido el consejo del Comité de Inversiones Extranjeras en EE UU y ha vetado la adquisición de empresas de tecnología punta por capital extranjero, desbaratando la opa de Broadcom sobre Qualcomm y la compra de Xcerra y MoneyGram por parte de empresas chinas.

Los efectos de los aranceles aplicados a exportaciones de EE UU aún no pasan demasiada factura a los agricultores, consumidores y empresas. Con un desempleo del 3,7% y un crecimiento del PIB superior al 3%, el índice de aprobación de Trump se mantiene por encima del 40%.

Trump amenaza con aplicar aranceles a los 257.000 millones de dólares exportaciones chinas aún no sujetas a dicho gravamen. El desplome de las Bolsas en octubre propicia rumores de posibles acuerdos entre Trump y Xi Jinping en la cumbre del G20 de finales de este mes. El presidente de EE UU está crecido después de lo que considera una victoria en las elecciones legislativas de mitad de mandato. Quiere concesiones sustanciales por parte de China, pero el gigante asiático no va a claudicar fácilmente.

Alexandre Muns es profesor de OBS Business School

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