¿Tienen demasiado poder los bancos centrales?

Crece en EE UU el debate sobre el papel que han tenido que jugar estas instituciones en la última crisis

¿Tienen demasiado poder los bancos centrales?

En agosto de 2007, Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos; Mervyn King, presidente del Banco de Inglaterra, y Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, se convirtieron en tres de las personas con más poder del planeta. No eran dictadores ni primeros ministros elegidos democráticamente en las urnas. Eran, simplemente, tres banqueros centrales. Sin embargo, como destacan Neil Irwin (The Alchemists), Lawrence Jacobs y Desmond King (Fed Power) y Rana Foroohar (Makers and Takers: The Rise of Finance and the Fall of American Business), estos hombres y quienes les sustituyeron pasaron a ocupar el papel protagonista en la tragedia que fue la Gran Recesión (2007-2009), cuyos orígenes fueron financieros y cuyas consecuencias negativas se extendieron por todos los ámbitos de la economía. Según Carmen Reinhart y Kennet Rogoff (This Time Is Different: Eight Centuries of Financial Folly), las recesiones económicas cuyas raíces son financieras son las peores crisis. Sucedió en 1929 en Estados Unidos y la recesión duró hasta 1944.

La lección aprendida por los banqueros centrales –especialmente la Fed y el Banco de Inglaterra con el crac de 1929, en que se dejó caer a 1.000 entidades financieras, provocando una sequía del crédito que ahogó la actividad económica en Estados Unidos– llevó a los tres personajes nombrados a tomar las riendas de la solución a la crisis. De ahí el título del libro arriba citado (The Achemists). La palabra alquimia significa “transmutación maravillosa e increíble” (una de las acepciones de la RAE). Los banqueros centrales se pusieron al frente de las economías occidentales para tomar decisiones de gran calado que, en otra definición de la RAE, tuvo “como fines principales la búsqueda de la piedra filosofal y de la panacea universal”. Aquí, la panacea universal era la salida de la crisis.

No todos estuvieron contentos con que “burócratas financieros” fueran responsables de la solución. Por dos motivos esenciales: la población general vio cómo los bancos centrales salvaban a las entidades financieras (too big to fail), cuyos directivos ganaban bonus espectaculares mientras contemplaban en televisión los desahucios de ancianos y pobres. La clase media bajó un nivel con la crisis: pérdida de poder adquisitivo, bajos salarios, alto desempleo.

Tan poderosos se volvieron los banqueros centrales, debido al desconcierto e inacción de los políticos, al menos en los inicios de la crisis, que se vieron obligados a explicar el porqué de ese asalto al poder. Del que no se libran ni ellos, ni Janet Yellen, ni Jerome Powell, ni Mark Carney (actual presidente del Banco de Inglaterra) ni Mario Draghi, quien pasará la historia por haber afirmado, ante la atónita mirada de los presidentes/as y primeros/as ministros/as de la Unión Europea: “El Banco Central Europeo hará todo lo que sea necesario para solucionar la crisis (…). Y les aseguro que será suficiente”.

Tanto poder han acumulado los banqueros centrales que, como publicamos este verano en estas páginas a propósito de la reunión en Jackson Hole, el presidente de la Fed americana, Jerome Powell, nombrado por Trump, está siguiendo una política monetaria continuista con la de la demócrata Janet Yellen y, para evitar el sobrecalentamiento de la economía, sube los tipos de interés: tres veces este año. El presidente Trump está tan insatisfecho que, al igual que con el fiscal general Jeff Sessions, hay unos cuantos de sus tuits presidenciales que apuntan la dirección de la puerta que habrá de abrir Powell cuando tenga que abandonar la sede de la Reserva Federal.

En general, casi nadie niega que, si la recesión iba a ser muy dura en 2007 (y lo ha sido: 11 años después, la tasa de paro en España sigue en el 16,67%) y los políticos estaban atónitos sin comprender y sin saber qué hacer…, alguien tenía que tomar las riendas y las decisiones. El presidente George Bush estaba tan alejado de la realidad que el contrincante republicano a Barack Obama en las elecciones presidenciales de 2008, John McCain, suspendió su campaña electoral en septiembre de ese año para ir a Washington y pedir a sus correligionarios republicanos un apoyo explícito para resolver la crisis. De ahí nació TARP, para salvar los cinco grandes bancos sistémicos norteamericanos, con 400.000 millones de dólares. Pero los conservadores se opusieron, cuenta el entonces secretario del Tesoro, Hank Paulson, en su obra On The Brink, “porque aquello era socialismo”. Tuvo que ganar las elecciones Barack Obama para, con mayoría en las dos Cámaras del Congreso, aprobar el Recovery Act (787.000 millones de dólares) que salvó bancos y aseguradoras.

No fue una forma de socialismo, pero los propios protagonistas reconocen que desde los bancos centrales se tomaron demasiadas y fuertes decisiones, que sin aprobación del poder legislativo y en circunstancias normales hubieran sido juzgadas como altamente peligrosas para la estabilidad democrática de Occidente (Mohamed A. El-Erian, ex-CEO de Pimco y asesor económico-financiero de Axa, en The only game in town: Central Banks, instability, and avoiding the next collapse).

Excusatio non petita, accusatio manifesta. Sin que se las pidieran, Bernanke y King han dado explicaciones del porqué de sus actuaciones. El primero, en dos obras (The Fed and the financial crisis y en The Courage to Act: A Memoir of a Crisis and Its Aftermath), explica que tuvo que tomar decisiones extraordinarias para evitar los errores cometidos en la Depresión de 1929, de la que es historiador. Mervyn King, en The end of alchemy: money, banking, and the future of the global economy, explica que el papel que Walter Bagehot otorgó a los bancos centrales en el siglo XIX como “prestamistas de último recurso” pasó a la historia con la Gran Recesión de 2007-2009. La conclusión ha sido lo que se ha dado en llamar la financialización de la economía. Veremos si la misma receta es aplicable con éxito en la próxima recesión.

Jorge Díaz Cardiel es Socio director de Advice Strategic Consultants. Autor de ‘Hillary vs. Trump’ y ‘Trump, año uno’

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