Quién pagará la guerra comercial

Todo apunta a que será la economía china y no la de EE UU la que sufra más daños en los próximos meses

Quién pagará la guerra comercial

El único día alegre de las guerras es el primero. Esperemos que lo tengan en cuenta quienes optan por el camino de seguir ahondando en este enfrentamiento internacional. Además, la historia nos enseña que el hombre –y las naciones– se comportan sabiamente cuando han agotado todas las alternativas. Sin embargo, observar a las partes del conflicto comercial presumiendo de que aún cuentan con numerosas alternativas hace que no se pueda evitar pensar que se está quedando un panorama internacional de una fealdad desorbitada.

Washington ha impuesto otro 10% de tarifas a importaciones chinas por valor de 200.000 millones de dólares. Tarifas que aumentarán al 25% en enero de 2019 si no hay un acuerdo comercial amplio. El argumento, según el secretario de Comercio, es que se trata de la respuesta a la política de Pekín, que fuerza la transferencia de tecnología de empresas norteamericanas que desean prestar servicios en China.

No albergo optimismo a corto plazo sobre una posible resolución por la vía de un acuerdo comercial. ¿Por qué? Hay tres fuerzas que operan dentro de la Casa Blanca. Por un lado está Trump, por otro lado está la coalición formada por el equipo de seguridad nacional y los nacionalistas económicos (trade warriors), y, por otro lado, está el lobby empresarial. Parece evidente, a estas alturas, que quien escribe el guion en la estrategia comercial es el segundo grupo. Este equipo persigue la retirada de toda inversión norteamericana en China, ya que tienen la convicción de que Washington y Pekín han entrado en un conflicto existencial sobre el dominio tecnológico, económico y geopolítico.

China también parece haber puesto de su parte para llegar a este punto. Los analistas políticos más respetados coinciden en la idea de que Pekín se equivocó a la hora de calibrar la seriedad de las amenazas, pensando que podrían calmar a Washington enviando misiones comerciales con varios miles de millones debajo del brazo, disponibles para firmar contratos sobre compra de productos americanos. Al parecer pensaron que podrían aislar a los miembros más beligerantes de la Administración Trump, negociando un acuerdo con miembros más dialogantes dentro de la Casa Blanca. Lo intentaron con el secretario Mnuchin. De hecho, este y el viceprimer ministro chino, Liu He, firmaron un acuerdo (que Trump vetó posteriormente). Parece que en Pekín también se equivocaron.

Una vez que se asume que este conflicto se va a extender en el tiempo, hay que empezar a pensar en el coste. A corto plazo, hay un cierto consenso en que la economía norteamericana no se va a ver muy afectada. La política de tarifas parece haberse elaborado con el fin de minimizar el impacto en precios al consumidor (ante las elecciones de noviembre), y parece más encaminada a perjudicar a aquellos productores que en su día trasladaron producción a China.

Hasta el momento no hay evidencias de un debilitamiento económico en EE UU fruto de la escalada de tarifas, lo que me hace pensar en nuevos argumentos de los halcones para mantener la política de presión a Pekín. En cambio, China sí parece que sufrirá más en los próximos meses. No solo porque las tarifas recortan su competitividad inmediata (que intentará compensar con un yuan más débil), sino que también por la menor disposición de empresas norteamericanas a implementar nuevas inversiones en China ante la coyuntura actual.

Los argumentos que minimizaban el riesgo de un conflicto comercial apuntaban que, en las últimas siete décadas, fue precisamente el compromiso de EE UU con el aperturismo económico el que fomentó un avance de las naciones asiáticas.

Según ellos, un retroceso en la globalización provocaría menos garantías en materia de seguridad y defensa de los intereses americanos. Por ello apostaban a que el conflicto comercial no escalaría. Ya ven. Hasta los expertos se equivocan. El problema es serio. La buena noticia es que ocurrirá muy lentamente. Y puede que hasta los inversores se acostumbren.

Álex Fusté es Economista jefe de Andbank

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