El día en que la música cesó

La reacción en Europa fue mucho más lenta que en EEUU y, en cierto sentido, equivocada

El día en que la música cesó
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El 15 de septiembre de 2008 cayó Lehman Brothers. El fin de semana previo a la caída se intentó que lo comprara Barclays, pero no cuajó y el domingo por la tarde solicitó la bancarrota. Lehman cayó porque no podía seguir aguantando las nefastas consecuencias de su apuesta por las hipotecas basuras. Pero lo que hace a Lehman distinto es que fue el único al que se dejó caer para dar la lección de que “cada palo aguante su vela”. 

Y entonces llegó el caos. Como dijo en su momento Ben Bernake, expresidente de la Reserva Federal norteamericana, y ha repetido esta semana en Washington: “Estuvimos extremadamente cerca de un colapso financiero global”. A partir de entonces no se dejó caer a nadie más. George W. Bush (hijo), presidente de EEUU lo dejó muy claro: “Si no se afloja la pasta, todo puede irse al infierno”. Y eso lo dijo uno de los más firmes defensores del libre mercado unos pocos días después de la quiebra de Lehman.

Otras entidades financieras tenían los mismos problemas, pero se les salvó. Por ejemplo, tres semanas después de la caída de Lehman se rescató AIG, otra entidad financiera, en este caso aseguradora en apuros que tenía que pagar lo que Lehman, con su quiebra, dejó de atender. En la mayoría de los casos el salvamento se hizo a través de la compra por otra entidad, compras engrasadas en la mayoría de los casos con dinero del contribuyente. Curiosamente, en el caso de los EEUU, el Tesoro terminó recuperando todo el dinero invertido en evitar males mayores.
Muchas razones explican qué desencadenó la crisis. Alan Blinder, profesor de la universidad de Princeton y exvicepresidente de la Reserva Federal, escribió Cuando se acabó la música listando a los villanos que contribuyeron al desastre.

  • Una burbuja inmobiliaria que disparó los precios de las viviendas desde el año 2000 hasta que explotó en 2007. 
  •  Otra burbuja financiera que afectó a los bonos por no valorar adecuadamente el precio del riesgo. Se cobraba casi lo mismo por prestarle al gobierno alemán que al griego; como si fueran igual de arriesgados.
  • Un excesivo endeudamiento de familias y empresas que les llevó a la quiebra inmediata en el momento en el que los inmuebles comenzaron a perder valor, y se perdió el empleo y la renta con la que atender los pagos.
  • Una desregulación financiera que dio por buena la autoregulación del mercado sin sopesar los riesgos de la innovación financiera. Al final se descubrió que lo que había dentro de algunos productos, como las hipotecas basura, era eso, basura. 
  •  Unas empresas de calificación de riesgos que no revisaron a tiempo la calidad de los activos y contribuyeron a confundir al mercado. Regalaban sobresalientes. 

Es muy probable que la próxima crisis, que seguro que vendrá, tenga también que ver de una forma u otra con el sector inmobiliario. Hay una tendencia generalizada en la gran mayoría de los gobiernos en los países desarrollados a fomentar la vivienda en propiedad. Así se ganan votos. España es uno de los países en que este fenómeno es más acusado. Muchas veces se oyen referencias a la Constitución. Pero lo que dice el Título I sobre Derechos y Deberes Fundamentales es que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Pero no dice que esta vivienda tenga que ser en propiedad, financiada con el dinero del contribuyente a través de las deducciones fiscales. El Título I también dice que regulará la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. España debe ser uno de los países en los que la especulación del suelo está peor regulada. No es sorprendente, pues, que fuera también uno de los países más afectados por el boom inmobiliario.

De las medidas que se tomaron no parece que hubiera otra alternativa que intentar salvar a los bancos, que en el fondo –aunque no se suele leer así– es salvar a los depositantes que tienen allí los ahorros, y no a los accionistas que han perdido casi todo. Pero se tomó la decisión equivocada al dejar caer a los que habían comprado las viviendas y no podían hacer frente al pago de la hipoteca. Los desahucios no deberían haberse producido, al menos no en el número y la forma en que se hicieron. Y todavía menos cuando al mismo tiempo se pagaban cifras astronómicas en forma de salarios e incentivos (los famosos bonus) a los directivos causantes del desaguisado.
La reacción en Europa fue mucho más lenta que en EEUU, y en cierta forma equivocada. El ejemplo más claro de lo que no se debía haber hecho fue la subida de los tipos de interés por parte del BCE en julio de 2008. El Gobierno de España de entonces tampoco vio venir la crisis, o no la quiso ver, o como reconoció Solbes recientemente, hablar de crisis cuando se aproximan elecciones no parecía buena idea.

En EEUU también hubo una reacción fiscal intensa e inmediata con un Obama recién investido presidente que introdujo un programa de expansión fiscal superior a los 700 billones de euros. El problema es que en Europa son los Estados miembros los que controlan el gasto público. Faltaba, y falta, una Unión fiscal y bancaria. Así que seguimos expuestos en una próxima crisis. Una de las consecuencias más importantes de lo ocurrido fue que los países meridionales de Europa, como España, echaran a perder un decenio. Esa producción no realizada ya no hay forma de recuperarla. Por otra parte, la desigualdad social ha aumentado considerablemente y el ascensor social se ha frenado. El malestar generado ha propiciado el auge del populismo en numerosos países, lo que tampoco es buena cosa.

Sin embargo, aun cuando se han cometido equivocaciones, la reacción de los responsables de la política monetaria y fiscal ha sido mucho mejor que en crisis anteriores. Se sabía lo que había que hacer y lo que no había que hacer y ahora se están poniendo en marcha nuevas regulaciones para reducir la probabilidad de incurrir en problemas parecidos en el futuro. Pero eso, se están poniendo en marcha, y seguramente no a la velocidad requerida.

Matilde Mas es Catedrática de Análisis Económico en la Universidad de Valencia y Directora de Proyectos Internacionales del Ivie.

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