No seamos demagogos con la migración

Mientras la población europea envejece, la UE sigue sin solucionar la crisis de inmigrantes

Un grupo de los 100 migrantes que ayer saltaron la valla de Ceuta (España) a la espera de entrar en uno de los Centros de Internamiento de Extranjeros de la ciudad.
Un grupo de los 100 migrantes que ayer saltaron la valla de Ceuta (España) a la espera de entrar en uno de los Centros de Internamiento de Extranjeros de la ciudad. Getty Images

Fronteras desbordadas, inexistentes, pese a las tecnologías, las vallas, las concertinas. No pongáis puertas al campo de la miseria, de los sueños, de la esperanza. Miles de subsaharianos están entrando en España. Saltan la valla entre dos mundos, el que dejan atrás y el que anhelan desconociéndolo, ignorando casi todo, pero creyendo que es infinitamente mejor que lo que dejan atrás. Muchos se han dejado la vida, han sufrido todo tipo de vejaciones, humillaciones y violaciones. Pero es peor todo lo que queda atrás que alcanzar ese cielo ensoñado durante años. No hay otra cosa en qué pensar, solo soñar. Es libre. La libertad que nunca han tenido.

En España, esta España tan cainita como hipócrita, pronto los políticos se lanzan unos a otros al cuello. Sacuden unos y esconden otros su miseria y su demagogia, mientras algunos se sacan las fotos oportunistas al lado de las alambradas de Ceuta. Oportunismo electoral, o estulticia hipócrita a raudales. Fotos que ya no venden, porque el problema es descomunal. Y no se va a solucionar desde la vaciedad mental, la anorexia intelectual y el flirteo mediático.

De este lado, indiferencia, silencio, noticia de dos días en los medios, pero nada más. Falta conciencia. Falta sensibilidad, falta una dosis de realismo y valentía. Miles y miles de personas, hombres y mujeres, también niños que huyen, que buscan el futuro y el presente que nunca han tenido, que son refugiados, asilados a futuro, inmigrantes, han tratado y tratan de llegar a Europa, por todas sus fronteras, desde el este, por Turquía, al oeste del continente por Calais, desde el sur, ya sea a Italia, Grecia y ahora, con inusitada fuerza en las últimas semanas, por España. Ese mismo mar que nos une y que tanto nos diferencia, por el Mediterráneo. La vieja Europa se muere precisamente de vejez. Necesita trabajadores, estudiantes, personas que vivan, trabajen, emprendan, consuman y sostengan un sistema que convulsionará más pronto que tarde. La tasa de reposición es la que es. Invertirla es un mero deseo. Necesitamos trabajadores y mano de obra cualificada y no cualificada.

Porque la ensoberbecida Europa se ha paralizado pese a ser la región más dinámica y rica del mundo. Y a ella quieren llegar cientos de miles de refugiados e inmigrantes pobres, que huyen de la miseria, del horror, de las guerras, de la desesperanza e incluso de sí mismos. Cada vez son más y serán más en los próximos meses y años. Esto no ha hecho más que comenzar. Nada importan los muros y las exclusiones, las alambradas y la sordera. A la pobreza y la miseria no la detienen cortinas de hierro y alambre. Ni directivas ni medidas policiales extremas. Menos la respuesta aislada de uno o dos países ante lo que es una vez más el fracaso exterior de la Unión Europea.

Europa sigue empeñada en negar el problema y cegar la realidad. No será fácil encontrar una solución porque a corto plazo simplemente no existe. No la hay. Pueden decirlo más alto, más ufanadamente, pero no la hay. Esa es la realidad y el realismo político. Y desde luego la solución no es habilitar nuevos campos de concentración, retención de miles de migrantes sea en Europa, sea en África, sea en Oriente Medio. No es esa. El problema radica y está en el abuso, la explotación, el autoritarismo, la violencia, la guerra que existe y se fomentan todas estas circunstancias en la mayoría de los países de los que provienen. Los mismos donde Europa tiene su pecado capital y virginal.

Los mismos que hasta la década de los sesenta del pasado siglo solo fueron independizados sobre el papel y siguieron subyugados en lo ecónomico, manteniendo a tiranos dóciles a los intereses de Europa, de Estados Unidos, de China, etc., pero aplastando todo derecho y dignidad de las personas. Ellas son las que buscan, anhelan, escapan y sueñan.

España solo es país de paso. No de llegada final, aunque algunos sí se queden. Saben que aún siendo mejor que lo que dejan atrás, El Dorado está más allá de los Pirineos. Esos mismos que saben hoy de racismo, de xenofobia, de discursos nacionalistas cada vez más agresivos, más intolerantes, más raciales, más excluyentes. Sus políticos saben que este discurso cala. Empapa, acciona el bucle de los chivos expiatorios sobre todo cuando hay regresiones, recesiones, paro y desempleo masivo.

Claro que nadie tiene la llave de la solución. A unos pocos miles se pueden gestionar, a unas decenas de miles dificilmente, a cientos de miles, imposible si nada cambia. Que se lo digan a la canciller alemana y su política de estar contra las cuerdas perennemente en los dos últimos años.
Pero cuidado con las fotos gratuitas y lanzar dardos envenenados sin sentarse a proponer soluciones. Pensar cuesta; divagar, es gratis y demagógico.

Abel Veiga Copo es profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Comillas

Normas