¿Qué modelo de industria queremos para España?

El sector secundario pierde peso en toda Europa y afronta nuevos retos que hacen necesarias reformas

¿Qué modelo de industria queremos para España?

En los últimos tiempos se ha producido un renovado interés por la industria española que responde en mi opinión a tres factores: la pérdida de peso de la industria en la economía, la creciente conciencia de este problema dentro de la Unión Europea y la irrupción del concepto de la nueva industria, cuarta revolución industrial o lo que ya todos denominan industria 4.0. En estas líneas me gustaría proponer un marco para la reflexión del futuro que se nos presenta, en el que se ponen de relieve aspectos contextuales que no debieran ser olvidados.

Lo primero es preguntarse por qué la industria merece la atención que se propone, dentro de un mundo donde no faltan precisamente problemas para analizar y resolver. La respuesta es que la industria tiene un papel esencial en al menos tres cuestiones nucleares. Primero, en las innovaciones tecnológicas, ya que todavía hoy una mayoría de ellas se producen y utilizan en el seno de la actividad manufacturera. Segundo, en parte consecuencia de lo anterior, porque la productividad de las empresas industriales está por encima de la media de la economía. Y tercero, porque es en la industria donde el empleo es de mayor calidad y está mejor remunerado.

Si pensamos que la economía española tiene niveles de innovación relativamente bajos frente a los países más avanzados, que lo mismo le pasa con la productividad y que el empleo, singularmente el de mayor calidad, sigue siendo un problema agudo, entonces se entiende la importancia de reflexionar sobre la industria.

En Europa cada vez se habla más de un centro y de una periferia con claros signos de diferenciación en las dinámicas industriales

Antes de referirme directamente a la industria española, creo necesario hacer un par de reflexiones sobre dos cuestiones generales: la desigual evolución internacional de las actividades industriales y algunas características que muestran las revoluciones tecnológicas y que no debemos perder de vista.

Respecto a la primera, el hecho fundamental es que en una mayoría de países europeos, las actividades industriales han perdido peso dentro de las actividades económicas y que, como consecuencia, Europa en su conjunto ha visto reducida su posición en el conjunto de las actividades industriales mundiales, particularmente frente a países de Asia y América. La excepción dentro de los países europeos más desarrollados ha sido Alemania, que apenas ha experimentado retrocesos en su industria. Junto a ella, algunos países de lo que sería la influencia alemana, destacando el caso de Polonia, cuya producción industrial no ha dejado de crecer en las últimas décadas participando de un proceso de división del trabajo de muchas empresas alemanas que ha localizado en este país y en algún otro próximo partes notables de su actividad, aunque no las de mayor contenido en conocimiento.

Esta desigual evolución mundial y europea está conduciendo a la consolidación de un dualismo en cuanto al posicionamiento industrial; en Europa cada vez más se habla de un centro y una periferia con claros signos de diferenciación en las dinámicas industriales.

En paralelo, estamos asistiendo a un fenómeno similar con la productividad. La OCDE ha señalado recientemente cómo, mientras que la productividad de las empresas globalmente más productivas ha crecido de manera robusta en el transcurso del siglo XXI, el gap con respecto al resto de empresas ha aumentado de manera considerable. Esto remite a las dificultades para la difusión del conocimiento y las tecnologías entre las empresas.

La economía española sigue dependiendo de tecnología producida en el exterior y este problema se olvida al diseñar las políticas de innovación

Los factores que potencian dicha difusión tienen que ver con la conectividad global, experimentación con nuevas ideas, la inversión en capital basado en el conocimiento y la eficiencia en la asignación de recursos. Todos ellos son factores muy influidos por las políticas, por lo que la pregunta es por qué estas no han sido eficientes en la mejora y difusión de la productividad; un claro aviso de cara al tratamiento de la nueva oleada de cambio técnico.

Cuando se habla de la nueva revolución o de las tecnologías, se suele olvidar que todo ello pasa por distintas etapas que requieren tratamientos diferentes. Usando el concepto de ciclo de las tecnologías, se distinguen varias etapas, desde la inicial de fuerte efervescencia donde se hacen presentes muchos actores que compiten por los nuevos mercados, todavía en fase un tanto difusa, hasta la etapa de madurez, cuando se imponen los diseños dominantes y la competencia se fundamenta más en factores económicos, economías de escala, etc. Esto nos lleva a afirmar que las políticas que hoy puedan estarse diseñando no tienen por qué seguir siendo eficientes en las fases siguientes y hay tener previsto la adaptación de los instrumentos para la nueva competencia. Finalmente, hay que distinguir entre usar o crear las tecnologías. Es difícil sustraerse a la idea de que la difusión de muchas herramientas tecnológicas va a seguir produciéndose y en muchos casos a un ritmo acelerado, reforzando así la idea del potencial de las tecnologías a que me he referido.

Pero la cuestión central en mi opinión es ver cuál es la posición que queremos para la industria española, si la de consumidora/usuaria del caudal tecnológico o si se quiere buscar nichos de especialización inteligente para la creación de determinadas tecnologías, sabiendo que frente a la disyuntiva de hace años que enfrentaba hacer o comprar la tecnología, hoy se trata de hacer y comprar, buscando la mezcla más apropiada para cada caso. Así, las medidas de apoyo para los agentes que quieran crear tecnología difieren de las que se pongan en práctica para impulsar la adopción de tecnologías ya creadas. Las consecuencias económicas, tecnológicas y sociales son de muy diversa índole en cada caso.

Pero para entender perfectamente esta situación en la que nos encontramos, debemos contextualizar los cambios de las nuevas tecnologías dentro del marco más amplio de la innovación tecnológica de la industria española y por lo tanto de factores histórico-estructurales que dejan como herencia ciertas características de nuestra industria, que siguen siendo relevantes para el proceso de innovación tecnológica.

En este sentido cabe mencionar el atraso histórico de nuestro proceso de industrialización respecto a los países líderes y ello supuso serias dificultades para disponer de la tecnología propia necesaria y una fuerte dependencia tecnológica del exterior. También es importante la consolidación de estructuras monopolísticas, fuertemente dependientes de los recursos y favores públicos.

Hay que decir que las secuelas de ambos aspectos no han sido eliminadas totalmente de nuestra realidad industrial. No son menos importantes la composición sectorial de la industria y la estructura de tamaño de sus empresas. Respecto a los sectores, el hecho más sobresaliente es el menor peso que tienen en España frente a otros países los sectores más intensivos en tecnología. El tamaño de las empresas está dominado por una dualidad donde conviven un excesivo porcentaje de empresas micro y pequeñas (más del 90%) con una escasa presencia de grandes empresas tractoras.

Un último factor de este apartado lo constituye la presencia muy notable de empresas multinacionales, en la mayoría de los sectores estratégicos, desde luego en los de mayor contenido tecnológico. Lo que importa no es esa presencia en sí, sino que su esfuerzo tecnológico, salvo honrosas excepciones, no es el adecuado para dar un fuerte impulso a los sectores donde actúan. Es cierto que sus filiales en España representan en torno al 40% de los gastos empresariales en investigación y desarrollo, pero ello se debe más al escaso esfuerzo de las empresas de capital nacional que al en general modesto nivel de recursos dedicados por ellas.

Las capacidades tecnológicas de la industria son centrales en el posicionamiento de cara al futuro. Entre los rasgos definitorios de la situación encontramos, por ejemplo, que el número de empresas innovadoras es reducido y su peso en total de empresas es menor que en los países que son líderes en el cambio tecnológico. A ello se añade que se han visto fuertemente reducidas en el periodo de crisis actual, particularmente las empresas de menor tamaño y/o de más reciente creación.

La Unión Europea, en su Innovation Scoreboard, sitúa a España en el grupo de países “moderadamente innovadores”, lejos de los “líderes” y “seguidores” y solo por delante del grupo de países “modestamente innovadores”,

Si se analiza la especialización tecnológica, se observa que las mayores ventajas se concretan en sectores maduros, algunas ramas de la química, parte del material de transporte y de la maquinaria. Por el contrario, las mayores desventajas se hacen patentes en la gran mayoría de actividades vinculadas a las tecnologías de la información y las comunicaciones, partes notables de la química avanzada, equipo científico e importantes ámbitos de la maquinaria especializada. El resultado es que España alcanza posiciones internacionales medianas. Junto con los aspectos directamente vinculados a la innovación tecnológica, encontramos también carencias significativas en actividades complementarias necesarias para la innovación como la educación y formación, el sistema financiero o el marco regulatorio.

El último aspecto que quiero comentar es el referido a las políticas llevadas a cabo y es que falta un convencimiento pleno de que la innovación en sustancial para competir en una economía moderna y crear un mayor bienestar. Esto se pone de manifiesto porque a lo largo de la crisis, las partidas vinculadas con la I+D+i han descendido incluso más que el promedio de los gastos del Estado. Los criterios de partida están anclados en la antigua concepción de los fallos del mercado, pero olvidando una visión más proactiva de la política en lo que se refiere a la constitución de escenarios futuros y alternativas de producción y competitividad.

Y a pesar del avance en la creación de tecnología propia, la economía española sigue siendo dependiente de tecnología producida en el exterior, siendo este un aspecto prácticamente olvidado en la actual configuración de la Política de Innovación Tecnológica, debido quizás a la falta coordinación entre los diversos ministerios relacionados con la innovación, por no mencionar la falta de sensibilidad manifestada por el Ministerio de Hacienda y la escasa sintonía con otros departamentos encargados de tareas como la educación o el mercado laboral. Además, sigue habiendo un déficit importante en la articulación de lo público y lo privado, manifestándose con particular intensidad en unas relaciones universidad-empresa, aún lejos de estándares internacionales avanzados y, sobre todo, falta una cultura de evaluación de los impactos reales de las políticas y programas establecidos.

Todo ello conduce a que el impacto sobre las decisiones de los agentes innovadores de las actuaciones de política sea menor del deseable. A manera de síntesis final, la idea que se extrae de las reflexiones anteriores es que el impulso de la nueva industria necesita insertarse en una política amplia de estímulos y reformas que combatan las deficiencias aquí brevemente comentadas. Debe ser así si se desea que el impacto de la nueva industria sea generalizado y no se reduzca a lo que una minoría de agentes, sin duda selecta, obtenga posiciones favorables.

José Molero es presidente del Foro de Empresas Innovadoras y catedrático de Economía Aplicada del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (UCM).

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