Ocho razones por las que es bueno trabajar en otro país

Es una oportunidad para la reinvención y ampliar círculos

Tras 15 mudanzas, la profesora de Esade, Mercedes Segura, publica '¡Me Voy!'

Expatriados
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Ha vivido en París, Luxemburgo, Madrid, Barcelona, Milán y Roma, ha realizado 15 mudanzas en total. La mayor parte de la vida adulta de Mercedes Segura, barcelonesa de 50 años, economista y actriz, ha transcurrido fuera de su ciudad natal. “Toda mi vida la he ido forjando fuera de España y lo sigo haciendo, ya que ahora vivo entre Roma y Barcelona”, asegura esta profesora asociada de Esade, que ha trabajado como directiva en multinacionales como Procter & Gamble, Reckitt Benckiser y PwC.

Su historia, asegura, puede servir de ejemplo para todos aquellos que se ven obligados a tener que marcharse de sus ciudades o del país para poder abrirse camino en el mundo laboral. Según el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE), publicado por el INE en 2016, había 2.305.030 de personas de nacionalidad española residiendo en el extranjero, un 5,6% más que en el año anterior. La mayoría de los que se van, afirma Segura, preferirían no hacerlo. “Muchas veces es por inconformismo, por no vivir rodeados de descontento o porque no tienen empleo. Hay gente que siente no que se va, sino que le echan”, explica Segura, que sabe lo que es estar en el paro o no trabajar en lo que le gusta. “Poca gente me felicita por haber vivido fuera, haber conseguido logros profesionales y personales en los distintos trabajos y distintos países”. Pero de toda esta experiencia, añade que ha ido surgiendo una percepción optimista, que ha plasmado en su libro ¡Me voy! (disponible en Amazon). “Mi visión ha cambiado, y ahora le encuentro numerosas cosas positivas, para los que se van y para los que se quedan”. Estas son algunas de ellas.

1. Capacidad de reinvención. Es el momento del cambio, no solo de lugar de residencia, sino también de modificar aquellas “cosas de tu personalidad que no te gustan”. Es el momento de dejarlas de lado. “Lo más importante es la intensidad del tiempo, tu curva de aprendizaje es empinada. La gente que nunca se cambia de barrio llega a confundir los años; en cambio, cuando te mueves a otro lugar cada año es diferente”.

2. Un año de adaptación. Para sentirse cómodo y adaptarse a un lugar nuevo se requiere de al menos 12 meses. Antes de ese periodo, afirma Segura, no se tienen incorporadas las rutinas cotidianas, “todo es nuevo y hay que probar muchas cosas que más tarde se abandonarán”. En ese primer año, aconseja esta experta, es aconsejable moverse poco, intentar no volver apenas a la ciudad de origen, ya que regresar desestabiliza.

3. Una correcta integración. El primer ejercicio es no intentar comparar nunca la cultura nativa con la del país de acogida. “Simplemente, hay que aceptar las diferencias, nunca hay que subestimarlas, por pequeñas que sean”, afirma la autora del libro, que aconseja antes de hacer la mudanza informarse del lugar y de sus gente, pasando por alto los estereotipos, que pueden ser útiles al principio, pero suelen dar una visión simplista. “Una diferente cultura lleva consigo una percepción de la realidad, que nos puede dar un punto de vista distinto sobre un mismo tema”. Conviene además coger lo bueno del país. Por ejemplo, a Mercedes Segura le gusta cenar pronto, a la europea, una costumbre que ha incorporado a su vida cotidiana.

4. Las amistades. Los amigos que se forjan fuera se hacen íntimos en menos tiempo. La rapidez es clave para establecer lazos. “Es algo que tiene mucha magia, y cuando se produce es único”, afirma la docente. Los amigos siempre llegan, pero hay que dedicarles tiempo. “Los primeros seis meses en Milán los pasé más pendiente de mis amistades de Barcelona que de conocer a la gente que tenía alrededor”.

5. Flexibilidad. Vivir fuera incrementa la capacidad de adaptación a diferentes situaciones. Los tiempos cambian, hay que adaptarse a una nueva cultura, “eso te da una riqueza que no tiene precio”.

6. Familia. Las relaciones se pueden fomentar en la distancia. “Nuestra relación con la familia es más de calidad que de cantidad, es siempre una fiesta porque no entramos en la rutina del día a día”. Para llevar mejor la distancia y mantener el apego familiar, recomienda ahorrar para poder hacer visitas de vez en cuando.

7. Síndrome del turista. Cuando se vive fuera todo es más intenso: por la temporalidad, por la novedad, por los cambios... Esto empuja a disfrutar de cada momento y de cada persona con gran intensidad, algo que no se hace en el país de origen.

8. Ser un poco de cada lugar. Muchos de los expatriados adquieren costumbres nuevas en otros países que sustituyen o complementan a las suyas de origen. Segura achaca a su experiencia internacional la conciencia ecológica y la preocupación por reciclar.

En contra está la morriña

No es oro todo lo que reluce. Y Mercedes Segura también pinta trazos oscuros en la bella experiencia internacional. “El primer año es muy duro, es una vuelta a empezar. Tienes que crear tu propia rutina, una nueva vida, y se puede llegar a desfallecer”.

En los primeros meses solo se piensa en el momento del regreso. “Existe un coste de oportunidad, pero no hay que sufrir por ello. Al principio, yo llamaba a mis amigos de España constantemente, tenía morriña, el mal del expatriado. Si se piensa constantemente en la vuelta no se disfruta de lo afortunado que se es por vivir esa experiencia”, afirma Segura, quien cree que la tecnología ayuda, como la gran oferta de billetes de avión en el mercado.

Idealizar el regreso es una gran fuente de decepciones. “Cuando vuelves no eres el mismo, tienes una riqueza, un bagaje diferente, y hay que encajar ese engranaje. Es una nueva mudanza, un cambio más”, señala la docente, que aconseja sobre todo a las familias de los que se van fuera, que los animen.

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