Reino Unido: ni fuerte ni estable

Tras su experimento electoral, May tendrá que negociar el ‘brexit’ en minoría

La primera ministra británica, Theresa May, y su marido, en el número 10 de Downing Street .
La primera ministra británica, Theresa May, y su marido, en el número 10 de Downing Street .

La primera ministra británica, Theresa May, convocó las elecciones con un mandato claro: un liderazgo fuerte y estable. Sin embargo, los resultados de los comicios llevan a un Reino Unido débil hacia el naufragio cuando se enfrenta al mayor desafío desde la II Guerra Mundial.

La idea de May de un Gobierno estable y con una mayoría que le permitiera negociar de manera personal el brexit ha encallado tras una campaña electoral desastrosa. Su inconsistencia y cambios de opinión le han pasado factura. El impuesto a la demencia, del que tuvo que dar marcha atrás, es el anuncio que más daño le ha hecho. Una tasa que no estaba en sintonía con el conservadurismo protector que la líder conservadora propugnaba.

El líder laborista, Jeremy Corbyn, ha sido el vencedor moral de los comicios con 31 diputados más que en 2015, y no ha dudado en pedir la dimisión de May tras una buena campaña en la que ha movilizado a la clase trabajadora y al voto joven.

Quien no parece que vaya a dar quebraderos de cabeza, al menos a corto plazo, es el independentismo escocés, cuya líder Nicola Sturgeon ha visto como se le escapaban 21 escaños, muchos de ellos a manos de los conservadores. El Partido Liberal Demócrata ha ganado cuatro diputados, pero su mensaje antibrexit tampoco ha calado lo suficiente. El UKIP, que fue una de las sorpresas en las anteriores elecciones, ha desaparecido del mapa político.

Sin embargo, la líder conservadora Theresa May ha decidido gobernar con una mayoría escuálida, tras perder 12 diputados. “Si pierdo seis escaños, habré perdido las elecciones”, anunció en campaña. Ahora, tomará las riendas del nuevo Ejecutivo con ayuda de los 10 diputados del Partido Unionista Democrático (DUP) de Irlanda del Norte. El partido Conservador quiere guiar al país por las procelosas aguas del brexit. May se ofrece a capitanear la flota británica para afrontar esas “negociaciones cruciales” y proteger al Reino Unido del terrorismo.

La primera ministra ha reiterado su compromiso de “salir de la Unión Europea”. Su nuevo aliado, el DUP, es claramente probrexit y se cobrará el apoyo al nuevo Gobierno. Los unionistas han anunciado que no quieren una frontera “dura” con la República de Irlanda, pero no aceptarán una situación especial para Irlanda del Norte dentro de la Unión Europea tras la desconexión con Europa. Esto puede causar tensiones internas con los republicanos y perjudicar el proceso de paz, porque el 56% de los norirlandeses votaron a favor de permanecer en la UE. Londres ha admitido que podrían celebrar un referéndum de reunificación con Dublín y no tendría problema en reconocerla al no crearse un nuevo estado independiente.

La otra incógnita que May debe despejar es si seguirá apostando por un brexit duro o por uno más suave. La derrota electoral la deja a los pies de los más extremistas del partido Conservador y se pone más complicado el recambio de los tres brexiters (Boris Johnson, David Davies y Liam Fox). Si apuesta por una desconexión fuera del mercado único, el 30 de marzo de 2019 el Reino Unido pasaría a ser un tercer país para la UE de quien importa el 55% de sus productos. Londres estaría obligado a renegociar más de 750 tratados, lo que le supondrá un gran despliegue burocrático contradictorio con las aceradas críticas que reciben desde Londres los funcionarios de Bruselas.

El nuevo Gobierno debería poner sobre la mesa europea las prioridades y líneas rojas de los británicos a partir del próximo 19 de junio. La inestabilidad y debilidad del nuevo Ejecutivo no es lo que se esperaba desde Bruselas, donde preferían a un interlocutor fuerte en la negociación que pudiera defenderla bien de cara a su opinión pública. Los 27 esperan unidos la propuesta británica. El brexit les ha servido de federador interno, pero esto no implica que Londres no tenga la capacidad de abrir brechas, sobre todo, entre los países que, como Holanda o Austria, no quieren seguir pagando más cuando los británicos se vayan.

Si hay sorpresa y la premier británica se contradice, la negociación podría deslizarse por una pendiente más suave. En este caso, cuando se cumplieran los dos años de la invocación del artículo 50, se podría establecer un período transitorio en el que el Reino Unido se beneficiaría del mercado único a cambio de seguir bajo la jurisdicción del Tribunal de Justicia de la UE, contribuyendo con 10.000 millones de euros al año a Bruselas y permitiendo la libre circulación de personas. La economía británica vería con buenos ojos esta opción pues le permitiría, según un estudio de la LSE, reducir su PIB per cápita en un 1,3% en lugar del 2,8%, en el caso de producirse un brexit duro, en los próximos 10 años.

En cuanto a la promesa que ha hecho May de mantener el país seguro, tras anunciar que formará un nuevo Gobierno en minoría, será más complejo que lo consiga fuera de la Unión Europea. Londres perdería en la lucha contra el terrorismo al renunciar a la orden de detención europea. Las bases de datos de huellas y de ADN del sistema de Información Schengen no se aplicarían en Reino Unido, quien también podría salir de Europol. La colaboración con las policías y los servicios secretos europeos no sería tan fluida, pese a que cada vez es más necesario obtener información sobre los movimientos de los terroristas que han viajado a Siria o Irak y luego vuelven a Europa.

El innecesario experimento electoral de May ha fracasado. Veremos si la primera ministra ha aprendido y no convierte su próximo gran reto, el brexit, en un nuevo caos.

Miguel Ángel Benedicto es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea.

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